La toccata y fuga en re menor
Añadiría, supongo, que una mayoría de melómanos diría que la Tocata y fuga en re menor, pues figura entre las obras más famosas de cualquier autor y de todos los tiempos. Compite en popularidad global incluso con la Quinta Sinfonía de Beethoven.
Es probable que la versión que guardamos en la memoria sea —como ocurrió con frecuencia tras la llegada de figuras como Ray Conniff, Walter Carlos o Waldo de los Ríos— un arreglo. Una adaptación, muchas veces muy bien lograda, que difundió por todas partes una obra que, de otro modo, habría alcanzado a audiencias más reducidas. El principal responsable de esto fue Walt Disney con Fantasía, cuyas chispeantes escenas avanzan al compás de bellas piezas del repertorio clásico que la taquillera película popularizó. Otro responsable no menor fue el director de orquesta Leopold Stokowski. De cualquier forma, a los amantes de la música en su forma original, por muy expertos que hayan sido los arreglistas, no solía convencerles del todo el resultado.
Además, existe en muchos la convicción de que la pieza ¡no es de Bach! Lo afirman analistas que conocen muy bien el estilo característico del autor, del cual la tocata carece. Bach es complejo y la tocata es simple. A esta creencia contribuye la escasez de evidencia documental firme en torno a su obra, una carencia que la atraviesa por completo.
¡Vaya vicisitudes para una de las piezas creativas más conocidas de la historia!
Aria para la cuerda de sol
A los 15 años me aficioné profundamente al Aria para la cuerda de sol. Apenas terminaba de escucharla, ya quería ponerla de nuevo: un caso claro de fascinación musical. Hoy en día, bastantes años después de aquellos 15, me sigue pareciendo tan apacible, tan dulce y tan grata que la sigo escuchando con devoción, pues se ha vuelto, además, testigo de mi vida.
Como prueba de que me interesó la música por sí misma y no por los datos a su alrededor, 50 años después me acabo de enterar de esto: lo que suele aparecer cuando buscamos el aria no es lo que salió directamente de las manos de Bach, sino un arreglo —con bastantes cambios— del violinista alemán Auguste Wilhelmj. Al grado de que hay que indagar con detenimiento para llegar a la versión original del Padre de la Música. No ha sido la única adaptación de la pieza, pero sí, con diferencia, la más reproducida.
Nos detenemos en las sombras de su vida
Bach perdió a sus padres a temprana edad y quedó desde niño al cuidado de uno de sus hermanos. Su primera esposa y varios de sus 20 hijos (procreados en dos matrimonios) murieron; otros, en cambio, siguieron la profesión de su padre con méritos propios.
En la vejez, se le desencadenaron graves problemas de la vista y un médico de dudosa reputación, que prometió curarlo, empeoró su estado. Según algunas versiones, la pérdida de la visión que sufrió lo llevó finalmente a la muerte.
La vida de nuestro autor no solo estuvo entregada a la música, sino a Dios: así como otros compusieron para la mujer, la naturaleza, las emociones o la música misma, él compuso para lo divino.
Podría pensarse que esto respondió a su oficio como músico de templo, pero las palabras en latín que encabezaban o cerraban sus partituras nos remiten a una vivencia personal, a una fe profunda que, además, permite entender la fortaleza con la que enfrentó las terribles pruebas que le impuso la vida.
No creyentes opinan sobre él
Diversas figuras de la cultura que trascendieron su patria y su época tuvieron palabras para Johann Sebastian. Resulta fascinante cómo aquellas mentes lograron expresarse al respecto. Tal es el caso de Friedrich Nietzsche, quien, conmovido tras asistir a tres interpretaciones de la Pasión según San Mateo, llamaba “divino” a su autor y concluía: “Una persona que, como yo, ha olvidado por completo el cristianismo, no puede evitar escucharla como si se tratara de uno de los evangelios”.
Por su parte, Émile Cioran afirmó con convicción: “La música de Bach es la única razón para pensar que el universo no es un desastre total.”















