A través del concepto de Calidad Cultural de la Vida, que he propuesto desde hace varios años, se comprende que: "La centralidad de la persona explica, per se, la centralidad de la cultura en el desarrollo humano. Esta es la razón por la cual el desarrollo no puede construirse de espaldas a la cultura, mucho menos en contra de ella".
La cultura se comparte, se construye, se reencuentra en cada generación.
(Jorge Rodríguez Vives, Ministro de Cultura y Juventud de Costa Rica, Fragmento de las palabras pronunciadas al presentar la Encuesta Nacional de Cultura, 2026)
No es la cultura un asunto baladí; todo lo contrario, se trata de una dimensión fundamental de la vida en sociedad. Tanto es así que, sin ella o de espaldas a ella, el desarrollo integral de las personas se transforma en una quimera y lo humano se degrada hasta un economicismo simplista.
La cultura es la raíz donde se revela el sentido de la existencia y en ella la sociedad construye su cohesión. Es por esto que "la cultura que vivimos" y la calidad cultural de la vida deben verse como un eje transversal de las políticas públicas.
En las líneas que siguen me concentro en tres temas: la interacción cultura-desarrollo, las políticas públicas en cultura y el análisis de algunos de los resultados cualitativos derivados de los datos arrojados por la Encuesta Nacional de Cultura 2026.
La cultura en la teoría del desarrollo social
A propósito de la relación entre cultura y desarrollo, mi hipótesis cardinal es la siguiente: la centralidad de la persona —esto es, su dignidad— explica la centralidad de la cultura en el desarrollo social. De esta hipótesis se derivan cuatro tesis principales:
Primera: La ausencia de un prolegómeno antropológico en la teoría social del desarrollo es la causa de que en economía, administración y política sea tan difícil incorporar variables culturales.
Segunda: El reduccionismo economicista convierte lo cultural en un elemento secundario, subordinado e instrumental, dependiente de las variables macroeconómicas y microeconómicas, cuando en realidad lo que debe prevalecer es una relación de complementariedad responsable entre las dinámicas culturales y las económicas.
Tercera: Insistir en el aporte de los sectores culturales al crecimiento de la economía es algo necesario y positivo, pero insuficiente; lo cultural es mucho más que sus contribuciones al Producto Interno Bruto. La presencia de la cultura es envolvente en el conjunto de los órdenes económico, jurídico-político, social y ético, y no debe reducirse a solo uno de ellos.
Cuarta: Desde la perspectiva cultural, la definición del desarrollo social incluye el crecimiento acelerado del PIB per cápita, pero no se limita a ello. En lo más profundo, implica la ampliación constante de las capacidades humanas y de la calidad cultural de la vida. Para una sociedad, desarrollarse es ampliar e intensificar las capacidades creativas del ser humano en todos los ámbitos en los que se desenvuelve. Crear una sociedad más creativa no se puede lograr sin invertir en cultura.
Un enfoque como el indicado en la hipótesis y en las tesis derivadas supera por completo el origen de la perspectiva instrumental y decorativa de la cultura. Autores como Adam Smith, David Ricardo, Sismondi, John Stuart Mill y Karl Marx no incorporaron lo cultural en sus teorías del valor de las mercancías; dividieron el trabajo humano en productivo e improductivo, y calificaron como improductivos todos aquellos modos de trabajar relacionados con lo cultural, tales como las actividades laborales en ámbitos religiosos, profesionales, literarios, musicales y escultóricos.
Esta desvalorización sistemática de la cultura en la teoría clásica del valor-trabajo no pudo ser evitada a pesar de las abundantes reflexiones éticas de Adam Smith en su Teoría de los sentimientos morales. De este modo, al invisibilizar la cultura, esta quedó al margen de la economía normativa y de la teoría del desarrollo social. Pasaron muchas décadas antes de poder superar semejante unilateralidad.
La crítica de Eugen von Böhm-Bawerk a la teoría clásica del valor incorporó algunas consideraciones sobre variables no económicas que intervienen en la formación del valor de las mercancías, pero no fue sino hasta Pareto y Marshall, en plena revolución marginalista, cuando se introdujeron en la teoría del desarrollo social motivaciones y sensibilidades culturales entre las personas que consumen bienes culturales, al tiempo que se reconocieron los efectos sociales positivos de su consumo.
En el siglo XX, el tema del impacto de los procesos culturales en la formación de gustos, motivaciones y preferencias, así como el estudio de la innovación y de la creatividad, llevaron a una ampliación muy relevante de los contenidos en la teoría del desarrollo, hasta el punto de que resultó inevitable encontrarse con la cultura, la educación y la psicología y, por esa vía, redescubrir el nexo antropológico referido al principio de este ensayo.
Significado histórico de la Encuesta Nacional de Cultura 2026
En el itinerario de la teoría del desarrollo social se avanza desde una situación en la que el nexo antropológico entre cultura y desarrollo se encuentra por completo ausente, hacia otra donde ese nexo aparece de un modo cada vez más relevante y decisivo. Esta evolución histórica evidencia el acierto cardinal del Ministerio de Cultura y Juventud al haber realizado en Costa Rica la Encuesta Nacional de Cultura 2026.
Esta encuesta recupera para los costarricenses el nexo antropológico olvidado en la teoría tradicional del desarrollo social, brinda un fundamento estadístico y técnico a las políticas públicas en cultura y enfatiza el hecho de que lo cultural es un eje transversal del desarrollo. Ahora sí, tras la Encuesta Nacional de Cultura 2026, puede decirse con toda claridad que no invertir en cultura es un grave error tanto de la macroeconomía como de la microeconomía.
Calidad Cultural de la Vida: las políticas culturales como eje transversal de la cohesión social
Cuando repasamos la historia de las políticas culturales en Costa Rica, se puede hablar de cuatro etapas bien definidas:
Primera etapa: Coincide con el período histórico liberal (1870-1930) y se construyó en torno a la consolidación del Estado-nación.
Segunda etapa: Inicia en los años cuarenta del siglo XX y finaliza en la década de los ochenta, siendo su rasgo principal el estatismo cultural.
Tercera etapa: Comienza en 1990 y se extiende hasta el año 2026; en ella surgen nuevos énfasis teóricos y de acción que complementan la presencia estatal con la globalización y las acciones privadas en cultura.
Cuarta etapa (actual): Inicia en 2026, intensifica algunos contenidos de la fase previa e introduce otros asociados al cambio de época que experimenta la sociedad costarricense y el mundo, sobre todo en el ámbito científico-tecnológico, en la descentralización del potencial cultural, la incorporación decisiva de actores culturales privados y en el objetivo de asegurar la universalidad en el desarrollo de la creatividad y el acceso de la población a los bienes de la cultura.
Nada de esto implica perder calidad, eficacia y excelencia; todo lo contrario: conduce a lo que denomino la calidad cultural de la vida como un factor esencial e irrenunciable del desarrollo nacional.
A través de las etapas indicadas (lo que cubre casi 160 años), los logros principales del desarrollo cultural costarricense son los siguientes:
Contribuir a la consolidación y profundización del Estado-nación y de la sociedad nacional como una «identidad de identidades».
Crear y consolidar el sector institucional de la cultura.
Cultivar el análisis de lo cultural a través de indicadores estadísticos.
Profundizar en el concepto antropológico de cultura.
Propiciar, consolidar y desarrollar la complementariedad entre lo privado y lo público.
Impulsar el crecimiento e impactos positivos de las industrias culturales, de la economía creativa y de la revolución científico-tecnológica.
Superar el reduccionismo economicista y avanzar hacia la universalidad de la creatividad y del acceso social a la producción y disfrute de lo cultural.
Tomando como raíz histórica las realidades alcanzadas, se comprende que ahora, en el actual momento de la historia patria, sea por completo factible y meritorio que desde el Ministerio de Cultura y Juventud se busque, entre otros objetivos:
Potenciar los impactos tecnológicos y cerrar las brechas entre lo rural y lo urbano.
Internacionalizar la creatividad cultural a través de la presencia diplomática global de Costa Rica.
Impulsar la descentralización cultural y el reconocimiento de las identidades regionales mediante las rutas culturales.
Transformar la economía creativa en un eje cardinal de las políticas económicas, al tiempo que se impulsan cambios jurídico-sociales y de infraestructura que unifiquen la gestión cultural, desburocraticen los modelos de gestión y eleven su eficiencia y excelencia.
Manteniéndose en estos y otros cursos de acción, y heredando con creatividad e innovación el legado cultural nacional e internacional, cabe abrigar la convicción de que en pocos años la calidad cultural de la vida en Costa Rica será el eje transversal del conjunto de las políticas públicas y alcanzará un dinamismo inédito, envolvente, descentralizado, eficiente, excelente y con mayores inversiones económicas responsables; todo esto a través de diseños institucionales renovados, reinventados y actualizados en sintonía con las realidades contemporáneas.
Para finalizar esta breve reflexión, y a propósito del concepto de Calidad Cultural de la Vida como parte de la teoría del desarrollo social y de las dinámicas culturales, es importante cultivar sin descanso la descentralización, la autogestión y la desconcentración de las acciones culturales para aumentar la presencia nacional e internacional de las expresiones creativas locales, provinciales y regionales. En esta misma dirección, resulta fundamental coordinar entre sí las políticas sociales, económicas, hacendarias y culturales para invertir más en cultura y contribuir a erradicar la pobreza extrema, reducir la pobreza y la desigualdad, y crear una sociedad cada vez más libre y creativa.








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