A los 14 o 15 años, me preguntaban qué pensaba yo estudiar y qué profesión elegir. Respondía "profesor de castellano". Las circunstancias y malas decisiones personales me llevaron a otros rumbos, lejos de las palabras y cerca de los números. En el 73, casado y con tres hijos, ingresé al vespertino de Literatura, en el viejo Pedagógico de la Chile. Enriquecedora, aunque breve, experiencia: los militares, en estado de ocupación de la Universidad de Chile, cerraron, en el 74, todas las carreras humanistas del vespertino, descartando el sistema de "alumno libre" (era que no...).

En junio del 99 inauguramos en la USACH el Programa de Estudios Gallegos, merced a un convenio que gestioné con la Xunta de Galicia; ese mismo año asistí a un curso intensivo de Lingua e Cultura Galega, en la Universidad de Santiago de Compostela. Entonces, me inicié como "mestre de galego" e impartí clases en la incomparable lengua de Rosalía, durante nueve años consecutivos; asimismo, talleres y cursos de corta duración en Lar Gallego de Chile y Estadio Español (esquiva demanda y bajo interés).

Hasta que llegó a las academias chilenas el proceso de acreditación, es decir, para mí, la obligatoriedad de contar con una licencia universitaria en alguna lengua romance. Yo no la poseía, no la poseo; todo lo que sé de esta materia y de la literatura es fruto de mi formación autodidacta. Y eso sirve muy poco para efectos de cualquier docencia acreditada. Aduje mi condición de contador general, rango especializado no apto para postular a las letras.

Sin embargo, la enseñanza y el interminable aprendizaje ofrecen otros derroteros, como los talleres, las tertulias, las charlas y conferencias, los buenos y sesudos escritos, aunque no tengan rótulo de "paper" académico.

Llevo impartidos seis cursos-talleres sobre El Quijote y la vida de Miguel de Cervantes, y varios talleres literarios de poesía, crónica y narrativa; ahora imparto el curso de El Quijote en la Casa Escrita, Simpson 7, sede de la SECH, bajo la tutela de la Academia Libre que dirige el maestro académico, David Hevia.

Desde hace dos décadas, sobre todo durante abril —mes del libro—, he proferido charlas en diversos colegios y escuelas de la Región Metropolitana, para alumnos entre Sexto Básico y Cuarto Medio. Ha sido mi mejor experiencia como "profe": constatar que siempre hay interés entre los jóvenes por la poesía, por la palabra creadora, en sus variados géneros, a pesar del feroz distractivo de los aparatos cibernéticos.

El esfuerzo por generar empatía, no obstante la extensa brecha generacional entre alumnos de 12 a 17 años y un octogenario del siglo pasado, no se me hace tan difícil como lo pensé al iniciar estas jornadas matutinas. El "júbilo de comprender", del que nos hablaba Sócrates, late en la mayoría de los seres humanos; es cosa de provocar la chispa para que el fuego nos regale su cálida convocatoria.

Por ello, elijo iniciar el encuentro pidiéndoles que definan la palabra "hogar", según la experiencia y visión que de ella tengan, para explicarles su etimología latina "fogar", que significa "lugar donde se guarda el fuego". Entonces, ellos y ellas pronuncian las palabras "familia", "cobijo", "memoria", "acogida", "seguridad"...

Y entonces les hablo del remoto descubrimiento del fuego benéfico y de sus primeras formas o espacios de conservación, desde el primitivo círculo de piedras, rústico fogón en la entrada de la caverna, que solía ser alimentado a diario, extendiendo el empleo de sus brasas, entre solsticios, lo que siglos después se transformaría en un rito del imaginario popular. En el mismo sentido, podemos imaginar que, junto al fuego restaurador, el grupo humano se reunía, mientras las mujeres contaban historias, especialmente acerca de los hombres que cazaban en el ancho mundo infestado de fieras, murmuraban conjuros y enseñaban a los infantes y jóvenes las primeras normas de comportamiento, sentando las bases de la oralidad, que constituye —para mí— la primera expresión de la Cultura, como la entendemos hoy. Sin embargo, se nos enseña que este concepto, el de cultura, nace con los primeros asentamientos humanos, cuando el nómada trashumante se establece en un espacio donde cultiva la tierra y sepulta a sus muertos.

Les pido su opinión al respecto a los cuarenta jóvenes que me escuchan, se inquietan y dialogan. Se inclinan por la Cultura que nace del Fuego y de la Palabra que la primera mujer hablante hizo brotar entre las llamas para inaugurar la oralidad, miles de años antes de que fuese fijada por la escritura.

Han transcurrido más de dos horas. Hay que cerrar el encuentro. Reparto una treintena de libros que he traído de mi biblioteca. Se hacen pocos para las ávidas manos que los requieren, y a quienes no recibieron el regalo encuadernado les pido sus correos electrónicos para enviarles los ebooks pertinentes. Y les muestro mi biblioteca virtual en el móvil.

A los 86 años hay que manejarse con la cibernética. Claro, porque ya no es problema encender el fuego.