Mi familia y amigos más cercanos me conocen bien. Ellos saben que no soy amante de ir a la playa; no hay nada para mí peor que la arena “pegajosa”, difícil de quitártela de encima. … ¿Y el agua salada? Solo pensar que se me seca encima y estoy lejos del agua dulce, ya sea de un río o de una ducha, hace “que se me encoja la piel.” … Pero no todo frente al mar es negativo para mí; protegido de la arena y sin meterme al agua, no hay nada más relajante que el sonido de las olas. … y en las playas del trópico, especialmente, nada más extraordinario que sentir esa luz intensa, directa, vibrante, enceguecedora, que no te permite abrir los ojos completamente, permitiendo ver los objetos, cercanos y distantes, bañados en colores saturados de alta luminosidad, que se acercan más y más al blanco, casi fluorescente, como si fueran una alucinación. … ¿Un miraje quizás?

Desde niño, y con algo de uso de razón, recuerdo haber ido con mi madre al Museo de Bellas Artes, quedando impresionado por un par de obras (quizás había alguna más) de Armando Reverón (1889-1954) (en aquella época y hasta mucho tiempo después no sabía quién era este pintor). Estas tenían poca pintura, casi totalmente blanca. Las imágenes eran algo así como palmas, la bruma del mar, un rancho, objetos que no distinguía bien, pero me daban la impresión de haberlos visto antes.

Estando en algún lugar donde la luz del sol es intensa, como en cualquier playa tropical que no esté nublada y a pleno mediodía, los ojos se me cierran y me cuesta abrirlos (asumo que esto les sucede a todos, bajo esas mismas condiciones). Tratar de abrirlos y distinguir los objetos frente a mí, cercanos o distantes, es como mirar aquellas obras “blancas” de Reverón.

El arte en Venezuela está (¿o estuvo?) muy bien arraigado; destacados pintores y escultores, algunos mundialmente famosos, han sido parte de numerosas conversaciones, historias y recuerdos de los venezolanos. Sin embargo, para mí (¡y para muchos!) Reverón es nuestro más extraordinario pintor. Aunque algunos han tratado de compararlo con celebrados pintores de otras latitudes, tales comparaciones se quedan cortas. Reverón es incomparable y singular en la historia del arte venezolano e internacional. Su originalidad radica en la creación de un universo propio, desvinculado de las corrientes convencionales de su época.

La obra de Reverón desafía los cánones occidentales, convirtiéndolo en uno de los artistas más trascendentales de la historia del arte, especialmente en Latinoamérica. Es a menudo asociado al impresionismo y al posimpresionismo durante su madurez artística, así como al expresionismo al final de su carrera. Fue pionero del modernismo al abandonar las técnicas tradicionales, la perspectiva y el uso de modelos clásicos. Fue exponente del Pop art, del Arte Conceptual, del Arte Povera, del Happening, del Assemblage y hasta de la Intervención… ¡mucho antes de que dichos movimientos existieran!

Armando Julio Reverón Montilla nació en Caracas, en la parroquia Santa Rosalía, en cuyo templo, dedicado a Santa Rosalía de Palermo, sería bautizado. Único hijo del general Julio Reverón y Garmendia (1858-1907) y doña Dolores Travieso Montilla (1864-1964).

Realizó estudios de primaria en el Colegio de los Padres Salesianos en Caracas. A los ocho años, al fracasar el matrimonio, sus padres lo confían a sus amigos cercanos, Francisco Rodríguez Castro y Carmen Zocca de Rodríguez, en Valencia, quienes se ocupan de su educación. Continúa los estudios en el Colegio Cajigal. En Valencia comienza a pintar motivos diversos con creyones y acuarela: “casitas, barquitos, alrededores de ríos.” Su tío Ricardo Montilla (1873-¿?), recién llegado de Nueva York, de estudiar comercio, pero con estudios de arte y pintor aficionado, al detectar la pasión del niño por las artes, lo instruye en dibujo del natural y despierta su vocación artística. Le hizo conocer obras de célebres pintores de la época, incluyendo, entre otros, a don Juan Antonio Michelena (1832-1918) y su fallecido hijo Arturo Michelena (1863-1898). Ricardo le explicaba y le hacía ver a Armando las características más sobresalientes de dichas obras. Era común y natural que el joven Reverón acompañara a su tío cuando este iba a dibujar o pintar.

Entre sus 10 y 12 años, en Valencia, ya pintaba obras por encargo; varias eran copias de obras reconocidas; otras eran bodegones, naturalezas muertas.

En el hogar de los Rodríguez Zocca, establece especial amistad y camaradería con la hija del matrimonio, Josefina, considerándola su hermana. La familia lo definirá ante su madre como “triste, irascible y melancólico.” Armando fue un niño enfermizo y, desafortunadamente, a los doce o trece años contrajo fiebre tifoidea. Esto motivaría a la familia a llevarlo de nuevo a Caracas. La larga convalecencia le permitió dedicarse por completo a la pintura, a manera de distracción, convirtiéndose en una obsesión que ocupaba casi todas las horas del día.

En el año 1908, se matricula en la Academia de Bellas Artes de Caracas, donde aprenderá bajo la tutela de Antonio Herrera Toro (1857-1914), Emilio Jacinto Mauri (1855-1908) y Pedro Zerpa (1868-1948). Entre sus compañeros estarán Manuel Cabré (1890-1984), Rafael Monasterios (1884-1961) y Antonio Edmundo Monsanto (1890-1948), entre otros. Al terminar sus estudios, tres años después, gracias a su desempeño “excepcional”, será recomendado para recibir una beca de estudios en Barcelona, España. Una vez allá, entra a la Escuela de Artes y Oficios o Escuela de la Lonja (establecida en el Palacio de la Lonja del Mar). Se encontrará nuevamente con Monasterios. En 1912, regresa brevemente a Caracas para volver a España. Esta vez a Madrid, uniéndose a la Academia de San Fernando.

La capital española lo marcó significativamente. Allí se fascinó con el universo artístico de Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) y le impresionó el realismo barroco de Diego Velázquez (1599-1660). Uno enigmático, el otro radiante. Estudia a Francisco de Zurbarán (1598-1664), disfruta de Tiziano (1488/90-1576) y El Bosco (c. 1450-1516). Experimenta en el taller del peculiar José Moreno Carbonero (1860-1942), eventual maestro de Salvador Dalí (1904-1989). Visita el estudio de Antonio Muñoz Degrain (1840-1924), conociendo a Louis Édouard Fournier (1857-1917), quien lo invita a su taller en Chantilly, en Francia. Viaja a Segovia, cruzándose con Ignacio Zuloaga (1870-1945), cuya obra parece combinar Goya y Velázquez.

En 1914 viaja a París, donde se queda algunos meses. Allí se encuentra con Tito Salas (1887-1974) y otros artistas venezolanos. Visita los museos del Louvre y del Luxemburgo, exposiciones y galerías, estudia a Edgar Degas (1834-1917), Henri Martin (1860-1943), Alfred Sisley (1839-1899) y Paul Cézanne (1839-1906), entre otros. Pinta en las Tullerías y en otros parques, hace retratos a los turistas y se sostiene gracias a los encargos que recibe. Viajará entonces a Chantilly, reencontrándose con Fournier. Vuelve a Barcelona. De regreso en España, se fascina con la obra de El Greco (1541-1614), quien combina el misterio con un realismo agresivo y angustiante. La Primera Guerra Mundial está cerca; solicita apoyo a la familia para regresar a Venezuela, cosa que logra en 1915.

Sus estudios y estadía en Europa consolidan su formación artística académica, pero le permiten también asimilar las vanguardias, bases de su posterior y original estudio de la luz del Caribe.

En Venezuela, se une al Círculo de Bellas Artes, colectivo formado por exalumnos de la Academia de Bellas Artes. Este grupo, establecido en 1912, está compuesto por antiguos amigos y profesores: Manuel Cabre, Rafael Monasterios, César Prieto (1882-1976). Se han unido con el objeto de desafiar el academicismo y fomentar una nueva libertad artística en Venezuela. Armando dejará de lado el rigor del arte académico, atraído por el entusiasmo que le generó el impresionismo. A su llegada a Venezuela, conoce la obra y al artista rumano Samys Mützner (1884-1959), quien pasará tres años entre Margarita y La Guayra, enfocándose en un estilo impresionista y luminista. Descarta la “luz europea” para centrarse en el uso vibrante y saturado del color de la “luz caribeña.” Su estilo ejercerá cierta influencia en Reverón.

En 1917 se muda a La Guaira y vive en el local del colegio “Santos Michelena.” Da clases particulares de pintura. Durante los carnavales de 1918 conocerá a quien se convertirá en su musa, modelo y pareja, Juanita Ríos (1900-1972). Este año también conoce a Nicolás Ferdinandov (1886-1925), pintor de marcada influencia simbolista y del Art Nouveau. Ambas figuras serán cruciales para la trayectoria de Reverón, quien, a partir de esas fechas, establecerá sus etapas más creativas, caracterizadas por tres tiempos. Para 1919, está viviendo en El Valle, en Caracas; exhibe junto a Ferdinandov; comienza su periodo azul. Sus obras de estos tiempos, están envueltas en un ambiente sensual y enigmático; su paleta es de un profundo azul y una técnica densa. Crea paisajes, retratos de Juanita y diversas majas.

Destacan Fiesta en Caraballeda (1920; escena local, celebración religiosa con pinceladas en manchones y puntos; como en el impresionismo, el dibujo desaparece, para ceder espacio al color y la luminosidad), Figura bajo un uvero (1920; de aura misteriosa, atmósfera azul, vemos una mujer con un atuendo ligero, transparente, sentada al pie de un árbol de uva de playa - Coccoloba uvifera, Polygonaceae -, con una mascota en su regazo; paisaje marino de corte impresionista), Juanita (1919; en un aura de misterio vemos a una odalisca, reclinada, semidesnuda, sugerente, colorida, con un fondo oscuro,”… sobre un cubrecama rosa y unas flores en el cabello y en las manos…;” un aire posimpresionista europeo) y las Mujeres en la cueva (1920; quizás la más notoria del periodo, posimpresionista. Dos odaliscas, sugerentes, recostadas sobre un fondo apenas sugerido, en una cueva, en un tono de misterio).

Estas dos obras nos recuerdan a las majas de Goya; sin embargo, Reverón está buscando la belleza más allá de la simple imagen que represente la figura humana, “…como en Las Meninas (de Velázquez) que son figuras mágicas, más allá de lo que en realidad son.”

Regresarán al litoral, residenciándose en un rancho de Macuto, para construir El Castillete en Las Quince Letras. El Castillete es taller, es hogar, es obra de arte. Construido con materiales naturales (piedras, palmas, troncos), es un refugio creativo y simbólico que refleja la naturaleza tropical y la independencia creadora de Reveron. El arquitecto italiano Gio Ponti (1891-1979) lo describe como una obra con valores universales. Hoy solo queda el recuerdo; el deslave de Vargas se lo llevó en 1999. Una amiga, vecina del lugar, me comentó alguna vez que instalaron “… una réplica con visos de lo que fue, pero que evidentemente no lo es … con jardineras que nunca existieron … un caney irreal … un espacio ganado al olvido, mayormente de puertas cerradas, negado al público …”

Llegará Reverón a su periodo blanco (aprox. 1924-1934), etapa cúspide de su investigación sobre la luz tropical, en la que usa predominantemente el blanco, se desintegra la forma y la luminosidad extrema reduce el paisaje a una esencia vibrante y matérica. La luz enceguecedora e intensa del trópico es el tema central; es la protagonista, difumina contornos y hace que el paisaje se desvanezca.

De este periodo mencionaremos a Luz tras mi enramada (1926; obra cumbre del periodo, desmaterializa la forma en su uso monocromático del blanco), El Caney (cr. 1930; desintegra el espacio, enfoca apenas algunos detalles, es una imagen casi etérea que nos presenta la alta intensidad lumínica tropical), Cocoteros en la playa (1926; como las anteriores, captura la intensa luz caribeña de Macuto), Rancho (1933; despojado de detalles, pero con fuerte presencia del marrón en una atmosfera luminosa; anuncia cambios por venir)

A partir de 1935, aunque aún incluye algunos paisajes luminosos similares a su periodo blanco, explora otras ideas y comienza el periodo sepia. Este representa una involución dramática y tectónica, cambiando la desintegración lumínica por una visión expresionista, táctil y más terrenal. Mientras el periodo blanco buscaba “enceguecer” al espectador con luz, el sepia busca “tocar” la realidad a través de la materia. Introduce tonos ocres, sepias y marrones. Usa intensivamente el yute (arpillera) sin preparar, permitiendo que la trama de la tela forme parte de la textura de la obra.

Pinta autorretratos con frecuencia, desnudos, algunos con cierto erotismo, escenas de su vida cotidiana en El Castillete y sus famosas muñecas de trapo de tamaño natural, las cuales había comenzado a crear y utilizar aproximadamente en 1940. Según el propio Reveron, desde que tuvo fiebre tifoidea, siendo un preadolescente, le gustaba el mundo de lo fantástico … “las muñecas son como personajes vivos, pero no hablan”. Solamente miran. Soy yo quien les habla. Ellas me ven y me escuchan. Yo les cuento muchas cosas de Pancho, de Juanita Mota, de Madrid y de Barcelona y ellas me oyen …” El tono de sus obras es más sombrío; se nota su angustia existencial; retorna a la “terralidad” y al primitivismo.

En 1945, ingresa al sanatorio San Jorge de Catia tras sufrir una crisis esquizofrénica. A partir de estos tiempos, sus “sombras” y “angustias” adquieren una connotación más cruda y expresiva que en la etapa inicial del periodo. Este expresionismo reveroniano es la cúspide emocional, no una fase separada sino una profundización del estilo. A partir de 1950 va dejando la pintura a un lado para concentrarse en el dibujo.

Su esquizofrenia se agudiza; alucina, su conducta es más excéntrica y sus rituales obsesivos. Hacia 1952-1953, su estado mental es preocupante; su salud física se deteriora. En 1953, es trasladado de urgencia a la Clínica San Jorge, donde pasará sus últimos meses dibujando pacientes y enfermeras en los jardines del sanatorio. Una embolia cerebral se lo llevaría el 18 de septiembre de 1954.

La obra de Reverón, marcada por su particular uso de la luz, sería valorada más ampliamente tras su muerte, consolidándose como uno de los creadores más importantes de Latinoamérica. Artistas e intelectuales como Pablo Picasso (1881-1973), Alfredo Boulton (1908-1995), Juan Liscano (1915-2001), Alejandro Otero (1921-1990), Jesús Soto (1923-2005), Carlos Cruz-Diez (1923-2019), Sofía Ímber (1924-2017), Margot Benacerraf (1926-2024), Gabriel García Márquez (1927-2014), Juan Calzadilla (1930-2025), Fernando Botero (1932-2023) y Antonio Saura (1930-1998) le admiraban.

A orillas del mar, cuando la violenta luz del sol envuelve los objetos en un enceguecedor manto, alcanza Reveron su madurez artística, independizándose de los convencionalismos que nos envuelven a todos. Emanciparía su arte embebiéndolo en autenticidad y misterio.

Referencias

Boulton A. 1966. La obra de Armando Reverón. Caracas: Fundación Naumann. 190 pp.
González J.M. 2017. Adiós al Castillete, sin respeto al gran Armando Reverón. También somos americanos, 5 (noviembre): 10 Lowri G. 2007. Armando Reverón. New York: Museum of Modern Art. 208 pp.
Liscano J. 1994. El erotismo creador de Armando Reverón. Caracas: Fundación Galería de Arte Nacional. 38 pp.
Morantes C. 1953. Visto por sí mismo. Entrevista hecha la semana pasada en el sanatorio San Jorque[sic] del Dr. J.M. Báez Finol. El Nacional (Caracas). 16 Marzo 1953
Ponti G. 1954. Reveron, o la vita allo stato di sogno. Domus, 296: 33-39.
Reverón A. 1979. Datos sobre el pintor Armando Reverón [1950] (pp. 187-190). En: Boulton A., Reverón. Caracas, Venezuela: Ediciones Macanao & Alfredo Boulton.
Saura A. 1992. Armando Reverón (1889-1954) Exposición Antológica Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Palacio de Velázquez - 3 de marzo, 19 de abril de 1992. Caracas: Galería de Arte Nacional. 190 pp.