El espacio, ¿pertenece a esos fenómenos primarios que, al ser descubiertos, despiertan en el hombre, según las palabras de Goethe, una suerte de espanto que llega a convertirse en angustia?

(Martin Heidegger, trad. Jesús Adrián Escudero)

Cada uno carga siempre con su propio infierno. En cualquier espacio, interno o externo, los suplicios del infierno interior arrastran sin razón a alguien hacia el prostíbulo, a cualquier cama, al hogar, a la tierra de origen o, en este caso, a una exposición de pintura. Pero todo es igual: en ese infierno solo pasamos sucesivamente de uno a otro círculo.

Una vez en la galería, el visitante decide deambular entre los cuadros de autores desconocidos. Las lámparas encima de los marcos son un vertedero preciso de una luz apenas justa y que convierte cada cuadro en una prenda solemne e intangible. Él atraviesa sin voltear la sección de las creaciones contemporáneas, que ofenden el ánimo aun vistas de reojo. En la sala del fondo siempre está lo tolerable: es suficiente con que los colores de los óleos no sean los mismos que los de carteles publicitarios y, en efecto, el visitante, rodeado de tonalidades más neutras, ahora tiene la sensación de estar un poco más cerca del amparo, en tanto que enfila al último cuadro.

“¡Qué sorpresa, algo para aguzar la vista!”, piensa el espectador como si hubiera sido llamado por alguna voz familiar oculta en el espacio fundamental anterior al nacimiento, primario, fetal e interno del que no se espera surgir alguna presencia. Está al fondo de la galería, en la última pared de la exposición. Las líneas brotan del fondo de la pintura, ascienden, descienden y se ensanchan conforme caen hacia la base del marco. Un par de líneas paralelas, imaginarias, establecen una consabida estructura triangular.

Frente al espectador está ahora la escena: en primer plano, un hombre encabeza una fila interminable de figuras humanas. El hombre ha sido trazado con el cuerpo agarrotado, viste una gabardina que le cubre el traje y un sombrero gris. El hombre mira hacia abajo como si se le hubiera caído algo al suelo y se dedicara a contemplar el objeto sin animarse a levantarlo. Lo único que el pintor ha dejado ver de su rostro es apenas una barbilla insinuada.

Si el observador se mueve un poco a la derecha o a la izquierda, los colores adquieren un matiz distinto, más sombrío por el efecto de la iluminación. Las líneas son claras y los colores apenas alcanzan a insinuarse, pero sin llegar a ser difusos, como si la gabardina y el sombrero del hombre del primer plano hubieran sido desgastados por la intemperie. Es posible.

Detrás de esa primera figura se puede ver una larga hilera de hombres. Todos han sido dibujados meticulosamente en la misma posición, y sus siluetas se han dispuesto ordenadamente, una tras otra, como si fueran el primer hombre multiplicado; sin embargo, por los tonos de las vestimentas se puede saber que el pintor no ha deseado expresar esa idea, aunque toda la escena no deja de ser monótona: una estúpida fila de hombres en la misma posición, uno tras otro. Esto último es verificado por el espectador cuando se acerca un poco más al óleo (aunque no tanto como para traspasar la línea blanca de la duela que le ordena guardar la distancia mínima entre él y la obra).

El observador, inclinándose ligeramente, puede apreciar que cada figura es distinta, y entonces piensa un poco aburrido: “...pero, si la idea era hablar de la monotonía y la absurda concurrencia de los hombres o de la imposibilidad de lo comunitario, ¿no hubiera sido mejor pintar, en lugar de una hilera cuyo punto de fuga está en el centro del horizonte (como lo dicta la tradición), más bien un círculo donde no se llega sino al mismo lugar?, o tal vez el círculo es omitido justo para crear un suspenso que se hermana con la incertidumbre de no saber cuál es el objetivo de esa formación inverosímil. Como una representación del agobio que nos produce todo lo que sabemos que ha quedado incompleto en nuestra existencia”.

Con esa crítica, en efecto, el espectador está a punto de sentenciar el fracaso total del cuadro. A pesar de ello, el que mira debe reconocer que la fila de hombres proyectada hacia la profundidad está suficientemente lograda.

Si el espectador se concentra en el área central de la pintura, esto es, donde han sido dispuestas las gabardinas, los trajes y sombreros, él se encuentra con las tonalidades frías, grisáceas, mientras que los colores ocres, dorados y rojizos se dispersan y se difuminan hacia las orillas, para ser absorbidos por un azul intenso que hacia el final del paisaje se disuelve en la semioscuridad del cuadro: “es el último minuto del día”.

Entonces el visitante regresa la vista a la sección central de la pintura para ascender siguiendo la hilera de hombres formados uno tras otro. Hay en todo una sensación de saturación, de ansiedad y de fastidio que le comunica la imagen de hombres de pie dispuestos en fila, como obligados a permanecer con la cabeza hacia abajo. Ni siquiera leen el periódico: “todo lo que se repite o se presenta en serie termina produciendo hartazgo… o resignación (aunque para esto último hay que inventar a Dios)”. Pero el espectador vuelve a repasar las figuras, inclinándose todavía más a la superficie coloreada de la tela.

Algo llama la atención del observador: todos los hombres agachan la cabeza, excepto el último de la fila, que voltea hacia el frente, directamente a él. El artista alcanzó a perfilar en esa última figura un rostro burlón y acusador. La intención del pintor le intriga: entonces parece que las miradas se reconocen y que, paradójicamente, la última figura examina al escrutador; con ese efecto estético, quien ahora cierra el círculo es justamente el espectador mismo.

Inevitablemente el visitante es arrojado otra vez hacia el espacio exterior, y en ese momento su observación se convierte propiamente en contemplación, la cual se transfigura a su vez en iluminación: la alegoría queda expuesta con apenas una figura que le denuncia con la mirada, interrogándolo: “¿qué trágica e irremediable confraternidad se establece con los demás, con cualquier otro, con los rostros invisibles y anónimos del resto de la humanidad?, ¿qué traición o infamia pudo haber arrojado a todo espectador a este espacio asfixiante que llamamos mundo?, ¿acaso se ha dictado alguna ley metafísica que nos obliga a vivir con seres pesadamente temporales e inoportunos?”.

El dibujo del último hombre que le acusa con la mirada también descubre el infierno cíclico del que vanamente pretendemos escapar. El asistente y el título del cuadro se revelan el uno al otro. Tú, lector, tampoco debiste levantar la vista.