Un fantasma recorre mi familia. Un asesino silencioso, invisible y omnipresente del que no hay escape. Vive en nuestra sangre, venas y genética. Un espectro que ya ha cobrado la vida de abuelos, tíos y antecesores; que siempre camina junto a nosotros aun cuando no lo pensemos o percibamos. Un fantasma que vive adentro de cada uno, dormido como en su casa de R'lyeh: el muerto Cthulhu espera soñando, aguardando el momento indicado para despertar y destruirnos por dentro. Se le menciona poco, apenas una palabra que abría la puerta a la intranquilidad.

Un monstruo que mata poco a poco

Desde niños se nos contaba cómo el fantasma arrancó las piernas y la vista a la abuela, antes de devorarla por completo. Y como este fantasma carga con ambos apellidos, el abuelo del otro lado tenía que vivir con su asesino en una lucha que terminó décadas después. En ese ambiente recuerdo que mi padre tenía un mecanismo para detectar al espectro; ante la duda (nunca supe qué la desataba) pedía un poco de orina a la cual le hacía una “prueba” al colocarle una sustancia que me es desconocida. Dependiendo de la reacción, uno estaba a salvo o debía ir al médico. Fue así como aprendí lo que es la angustia y como vi, con los ojos inocentes de la infancia, a la muerte cara a cara.

Ese fantasma se llama diabetes, un error en nuestro cuerpo, la entropía rompiendo el orden de la vida. Existen dos fuerzas en el universo, distintivamente una mucho más fuerte que la otra. La primera de ellas es la entropía, la tendencia cósmica al caos, desorden y desintegración. La entropía es una magnitud física que mide el grado de desorden o la dispersión de la energía en un sistema. Poco a poco la energía se pierde, corroyendo la realidad misma, hasta que no queda otra opción que la muerte térmica de la creación.

Frente a este monstruo cósmico, indiferente, omnipresente, imparable, se levantan pequeñas fuerzas de resistencia locales. Estructuras que buscan mantenerse, conservarse, expandirse y reproducirse. Llamamos vida a esas estructuras: una célula, una reacción de química orgánica, una bacteria, un hongo, un ave, un ecosistema, una comunidad, sociedad u organización humana. Así, esos esfuerzos vivos intentan frenar los terrores de la entropía.

En lo grande y en lo absolutamente pequeño encontramos ejemplos de la pulsión cósmica de la vida luchando y resistiendo a Tánatos o a la pulsión de muerte universal. Así como una niña en fase terminal se resiste a morir, como los pueblos que luchan en contra de sus injustos invasores o como una de las tantas ballenas que describió Herman Melville agonizar al tiempo que desesperadamente intentaba respirar mientras su cazador la seguía arponeando, así la vida se enfrenta a cada uno de los intentos de la entropía por destruirla.

Los diarios, los canales de noticias, los reels y las pláticas cotidianas (acompañadas de una soda, un café o alcohol) están llenos de este tipo de historias donde pequeñas estructuras de vida orgánicas y sociales intentan defenderse de la destrucción. Pareciera que este tipo de historias que narran las luchas de otros nos dan fuerza y luz. Como si desde fuera se filtrara la fuerza vital de los demás en esos momentos donde nosotros desfallecemos.

Pero que nadie se engañe: ningún esfuerzo es suficiente. Al final la entropía lo destruye todo, el desorden lo consume y no queda más que el frío absoluto.

De una manera u otra, más allá de la razón, nuestras luchas son sabiendo que no hay salida final; que en esos últimos momentos los esfuerzos de la vida, por más valerosos y fuertes que sean, terminarán sucumbiendo ante el poder de esa fuerza cósmica que busca llevar todo al desorden y a la destrucción. Lo único que podemos esperar es una victoria temporal y momentánea que alargue la vida y retrase el inevitable final.

Es por eso que el miedo es la emoción más cercana a la vida, porque es la reacción de esta a la violencia de la entropía. El miedo recorre los laberintos más primitivos de nuestra mente, en ese espacio entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte. Tememos al agresor externo, al interno, al que entendemos y al desconocido; tememos a lo que vemos y a lo invisible, a lo mundano y a lo divino. Tal es nuestra fragilidad que tememos al miedo mismo e intentamos controlarlo o domesticarlo con historias ficticias y monstruos fantásticos que nos permiten nombrar, alegóricamente, aquello que no nos atrevemos a contar.

Tres grandes de las historias de terror nos han dejado citas que nos recuerdan la naturaleza del miedo:

The boundaries which divide Life from Death are at best shadowy and vague.

(Edgar Allan Poe, The Premature Burial (1844))

El terror ante la incertidumbre y la imposibilidad de distinguir con seguridad entre la vida y la muerte.

The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown.

(H. P. Lovecraft, Supernatural Horror in Literature (1927))

No tememos simplemente a un monstruo, sino a aquello que no podemos comprender.

We make up horrors to help us cope with the real ones.

(Stephen King, Danse Macabre (1981))

Así, la diabetes y el cáncer son la última y más sofisticada herramienta de la entropía. Una entropía que no viene de afuera, sino que proviene de adentro: de un defecto interno, de un fallo en la información básica que nos hace ser quienes somos. De la fuerza y tensión por vivir, del esfuerzo mismo por mantenernos, está encarnada nuestra propia destrucción. Son esos los fantasmas que nos persiguen; hoy, los fantasmas que no vienen de fuera del cosmos, sino que viven en nosotros, que nos acechan desde quiénes somos. La diabetes no solo les ocurre a los cuerpos humanos, sino también a los sociales, que en sus mismas estructuras, relaciones de poder y dinámicas encarnan su propia destrucción.

Y son estos fantasmas de los cuales no podemos librarnos nunca más.

Happy Halloween.