El silencio que se articula detrás de cada partido cuando se trata de ataques basados en género, junto con el racismo y la xenofobia, es un elemento de la masculinidad tradicional que raramente es analizado por comentaristas o medios de comunicación en tiempos en que se compite por una copa y el reconocimiento global. El reciente campeonato, el más visto en su historia, reveló otra cara de un problema que ha sido catalogado como la pandemia del siglo 21 y que, convenientemente para muchos, es encubierto: el aumento de casos de violencia contra las mujeres en el contexto mundialista.
(R.H.M.)
Son las 22:47 de un domingo de julio de 2026. En bares, en plazas, en millones de hogares alrededor del mundo, la pantalla ilumina caras en éxtasis por el resultado de un partido del Mundial 2026. Camisetas, banderas, abrazos entre desconocidos que celebran un triunfo. Sin embargo, hay otra historia ocurriendo al mismo tiempo y que se desarrolla a puertas cerradas, en los espacios que este evento deportivo no alcanza a iluminar: la historia de las mujeres para quienes el pitazo final no significa el fin de la tensión, sino que, con frecuencia, es el comienzo de algo mucho más oscuro y de lo que poco se habla.
El Mundial de Fútbol 2026, disputado entre junio y julio en Estados Unidos, Canadá y México, se transformó en el más grande de la historia en términos de participación y audiencia global. Hasta ahí, festejos. Infelizmente, también dejó, en varias ciudades, el rastro de datos que ningún medio deportivo destacó en portada: un aumento sostenido y documentado de la violencia contra las mujeres. A esto se suma que fue un torneo marcado por una sucesión de incidentes racistas, xenófobos y discriminatorios que demostraron algo que el análisis de género lleva décadas señalando: que la violencia machista, el racismo y la xenofobia no son fenómenos separados. Son expresiones distintas de una misma estructura de dominación.
El marcador que nadie quiere divulgar
Kirby, Francis y O'Flaherty, investigadores de la Universidad de Lancaster, publicaron en 2014 en el Journal of Research in Crime and Delinquency uno de los estudios más citados sobre este fenómeno. Al analizar datos policiales reales de los Mundiales de 2002, 2006 y 2010, documentaron un patrón que se ha replicado desde entonces: las denuncias por violencia doméstica aumentan un 38% cuando el equipo local pierde, un 26% cuando gana o empata, y se mantienen un 11% más altas que el promedio al día siguiente del partido, independientemente del resultado. La euforia, la derrota, la frustración, la celebración desbordada: todas, en contextos donde ya existe violencia o control coercitivo, pueden actuar como detonantes. El partido no crea la violencia; la amplifica. Y eso señala exactamente dónde hay que mirar: no al fútbol como un elemento aislado, sino a la estructura que lo rodea y que, durante semanas, intensifica sus condiciones de riesgo.
El Mundial 2026 trajo datos nuevos. En el Reino Unido, la Unidad Policial de Fútbol reportó 384 incidentes de violencia doméstica vinculados al torneo, el nivel más alto registrado en un Mundial, y que representan un aumento del 223% respecto a Qatar 2022. El 93% de esos casos ocurrió en torno a partidos de la selección inglesa.
Algunos años antes, en Colombia, el Banco Interamericano de Desarrollo documentó un aumento del 25% en llamadas de emergencia por violencia intrafamiliar durante partidos del Mundial 2018, con un alza del 38% en 2014. En Brasil, una investigación del Instituto Natura y el Foro Brasileño de Seguridad Pública encontró que las denuncias de amenazas a mujeres aumentaban un 23,7% en días de partido. En los tres países anfitriones de 2026, las redes nacionales de refugios emitieron alertas conjuntas antes del inicio del torneo: en Canadá, tres cuartas partes de los refugios reportaron demanda creciente. En México, por su parte, los tres estados sede figuran entre los de mayor índice de violencia intrafamiliar del país.
Un deporte masculinizado: el fútbol como escenario del poder
Para comprender por qué el fútbol es un espacio donde estos patrones se intensifican, es necesario mirar lo que este deporte representa como institución cultural, y no apenas como competición deportiva. En su configuración histórica y en su dimensión masiva, se trata de un espacio profundamente masculinizado: un ámbito donde la masculinidad hegemónica, tal como la describió la socióloga Raewyn Connell, se performa, se valida y se transmite de forma colectiva y ritualizada.
En un partido de fútbol, especialmente en el contexto de un Mundial, convergen varias dimensiones que son centrales para entender la violencia que se produce en sus márgenes. En primer lugar, pensemos en esta especie de fusión entre identidad de género e identidad nacional: la derrota de un equipo no se vive sólo como un resultado deportivo, sino como una derrota personal, viril, casi existencial para quienes siguen a ese equipo y que, coincidentemente, en su gran mayoría son hombres. En este sentido, la selección nacional es una proyección colectiva de la identidad masculina del grupo que la sigue. Perder es, en esa lógica, perder algo de uno mismo. Y esa situación, en hombres que no disponen de herramientas emocionales para procesar ese nivel de frustración, fácilmente puede traducirse en violencia sobre quienes tienen más cerca. Basta ver los videos que circulan en redes sociales sobre hombres que rompen equipos de televisión o muebles, producto de la rabia cuando su equipo pierde.
En segundo lugar, el estadio y el ambiente del partido funcionan como un espacio de impunidad simbólica temporal: un lugar y un tiempo donde ciertas conductas —gritos, insultos, agresiones verbales, el ejercicio del dominio del espacio, por nombrar algunas— están socialmente toleradas o incluso celebradas. Es en ese tipo de lugares en donde la masculinidad tradicional logra mostrarse a sus anchas, con muy pocas medidas de control. Y es esa lógica de impunidad la que acaba trasladándose rápidamente al espacio doméstico. Como señala la investigación de Card y Dahl de 2011 sobre la NFL, las derrotas inesperadas, aquellas que desafían la narrativa de poder del grupo, son las que mayor impacto tienen sobre los índices de violencia de pareja. No es el resultado en sí, sino la disrupción del guión esperado de dominio.
En tercer lugar, y esto es fundamental, el fútbol de alto nivel está estructuralmente atravesado por una cultura del aguante: soportar, no rendirse, demostrar resistencia sin expresar vulnerabilidad. Es una cultura profundamente genderizada que opera como marco justificador de la violencia. El hombre que aguanta es el hombre de verdad. Y ese mandato, aplicado al espacio doméstico, produce consecuencias devastadoras. En el otro lado de este espectro, incluso el surgimiento de otras formas de expresar emociones, como llorar o abrazarse eufóricamente con otros hombres después de un gol, raramente es puesto en una perspectiva de análisis. Simplemente se aceptan.
Racismo, xenofobia y una violencia que no se detiene
El Mundial 2026 no solo dejó datos sobre violencia doméstica. Dejó también una sucesión de incidentes racistas y xenófobos que, lejos de ser anecdóticos, revelan la misma lógica estructural: la necesidad de construir un "otro" inferior para afirmar la propia identidad de poder.
El caso más grave y de mayor repercusión internacional involucró al capitán de Francia, Kylian Mbappé. Tras la victoria francesa sobre Paraguay el 4 de julio, la senadora paraguaya Celeste Amarilla publicó comentarios abiertamente racistas sobre el origen de Mbappé, su apariencia y su educación. Las declaraciones fueron condenadas por el presidente Emmanuel Macron, otras organizaciones e incluso el propio Ministerio de Relaciones Exteriores de Paraguay. La Fiscalía francesa abrió una investigación, mientras que la FIFA también inició un proceso disciplinario. El hecho fue denunciado por Human Rights Watch como parte de un patrón más amplio de discriminación que la FIFA no está gestionando con la seriedad necesaria.
Pero los incidentes no se limitaron a declaraciones de funcionarios públicos. Durante los partidos de Argentina contra Cabo Verde y Egipto, aficionados argentinos fueron filmados haciendo gestos racistas y lanzando insultos hacia el streamer estadounidense iShowSpeed (Darren Watkins Jr.), frente a los cuales la FIFA abrió investigaciones formales. Los hinchas de Cabo Verde y Egipto reportaron haber recibido insultos raciales e incluso botellas arrojadas en los estadios. No fueron hechos aislados: en el contexto del 2026, representan el último capítulo de un patrón documentado que, lamentablemente, se ha repetido desde certámenes anteriores y no exclusivamente cuando hablamos de fútbol.
Por su parte, la federación holandesa presentó una denuncia oficial ante la FIFA tras una serie de insultos racistas en la red, dirigidos a sus jugadores después de la eliminación ante Marruecos. Y Euronews documentó una proliferación sin precedentes de contenido racista e islamófobo en redes sociales dirigido a los equipos africanos y de Asia Occidental que avanzaron en el torneo, amplificado en muchos casos por videos generados con inteligencia artificial.
La dimensión xenófoba del torneo trascendió también el terreno deportivo. Las políticas migratorias de la administración Trump convirtieron el acceso al Mundial en sí mismo en un ejercicio de discriminación estructural. El árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, seleccionado para oficiar partidos del torneo, fue detenido y se le denegó la entrada a Estados Unidos, a pesar de contar con una visa válida, mientras que un miembro del cuerpo técnico de Irak fue retenido en el aeropuerto. Decenas de aficionados de Marruecos, Senegal, Irán y otros países del Sur Global vieron que sus visas fueron rechazadas o revocadas en los días previos al torneo, pese a ser titulares de entradas ya pagadas. El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, llamó públicamente a una "revisión masiva" de las políticas migratorias de Estados Unidos, advirtiendo que el perfil racial y la vigilancia estaban afectando la seguridad y la dignidad de los equipos, aficionados y trabajadores del torneo. Más de 120 organizaciones de derechos de inmigrantes emitieron una alerta conjunta señalando que "jugadores, aficionados, periodistas y visitantes podrían estar en riesgo de graves violaciones de derechos" durante el torneo.
La misma estructura, distintas expresiones
¿Qué tiene en común la violencia que un hombre ejerce sobre su pareja después de ver perder a su equipo con los insultos racistas que otro lanza desde las gradas? A primera vista, podrían parecer fenómenos distintos. Pero el análisis de género ofrece una respuesta clara: son expresiones distintas de una misma lógica de dominación. La masculinidad hegemónica no solo construye una jerarquía entre hombres y mujeres. Construye también jerarquías raciales, nacionales y de clase, en las que el grupo dominante – históricamente blanco, occidental, heterosexual y masculino – necesita de un "otro" subordinado para afirmar su propia superioridad.
El racismo en el fútbol no es una patología individual de algunos aficionados: es la expresión deportiva de un sistema que ha construido históricamente la raza como categoría de poder. Cuando aficionados argentinos insultan a jugadores negros, cuando una senadora paraguaya deshumaniza a Mbappé con referencias a su origen africano, cuando las políticas migratorias de un país sede impiden a hinchas de países del Sur Global asistir al torneo mientras facilitan la entrada a otros, no estamos ante incidentes aislados. Estamos ante la misma lógica que permite que un hombre golpee a su pareja después de ver perder a su equipo: la convicción, consciente o no, de que existe una jerarquía de cuerpos y de vidas, y de que esa jerarquía legitima el ejercicio de la violencia para mantenerla.
Maïssa Hubert, directora ejecutiva de EQUIS: Justicia para las Mujeres, lo señaló con claridad al ser consultada por Newsweek durante el torneo: "El Mundial no crea formas de violencia que antes no existían. Lo que puede hacer es exacerbar condiciones e inequidades ya existentes". Y agregó: "La llegada masiva de visitantes – muchos de ellos hombres reunidos en entornos deportivos altamente masculinizados – puede crear condiciones que faciliten otras formas de violencia de género". Su análisis apunta a algo estructural: el problema no es el partido, sino el sistema de valores que cada partido pone en escena.
El silencio que hace posible la violencia
Hay algo perverso en la temporalidad del Mundial: ocurre en un tiempo festivo, colectivo, de emoción compartida. Y esa intensidad funciona como ruido de fondo que acaba por invisibilizar lo que sucede en paralelo. Las denuncias de violencia doméstica durante los torneos están sistemáticamente subrepresentadas y muchas víctimas no identifican la agresión como vinculada al partido. Los agentes de policía no siempre registran esa conexión. Los medios que cubren el torneo no la reportan. Y la sociedad, en general, está mirando hacia otro lado.
Rebecca Goshawk, directora de Solace Women's Aid en el Reino Unido, lo explicó a Newsweek con una frase que debería repetirse más: "Siempre estamos pensando en las supervivientes que ya están en relaciones donde temen una mayor agresión, o en nuevas víctimas durante estos momentos de mayor tensión. Siempre estamos preparándonos para picos de violencia doméstica por distintas razones a lo largo del año. El Mundial siempre es uno de esos momentos". Ese "siempre" no es resignación. Es el reconocimiento de un patrón. Y los patrones, a diferencia de los accidentes, se pueden anticipar, prevenir y desmantelar.
Joanna Otero-Cruz, de Women Against Abuse en Filadelfia, fue también contundente: "Los grandes eventos deportivos no causan la violencia doméstica. Pero el consumo excesivo de alcohol, el estrés emocional y la cultura deportiva que los acompaña pueden poner a las víctimas en mayor riesgo". Y añadió algo que resume el problema de fondo: "Los agresores son siempre los únicos responsables de la violencia que ejercen". Esa frase importa porque señala lo que los datos no siempre dejan claro: el partido es el contexto, no la causa. La causa es la estructura que hace que ciertos hombres crean tener derecho a ejercer violencia cuando sienten que pierden el control.
Después del pitazo final
El Mundial 2026 fue también, en este sentido, un espejo. Reflejó, con una nitidez incómoda, hasta qué punto la violencia machista, el racismo y la xenofobia no son aberraciones individuales sino expresiones de una misma estructura. Un sistema que el fútbol, con su capacidad de convocar pasiones masivas, de encarnar identidades colectivas y con la cantidad de dinero que mueve, pone en escena con una intensidad difícil de ignorar, si es que se está dispuesto a mirar.
Cambiar eso no es una tarea solamente del reglamento de la FIFA, aunque también tiene responsabilidades. Es una tarea cultural, educativa, política y personal. Implica construir una relación diferente de los hombres con sus emociones, con la derrota, con la frustración y con acabar con esta creencia de poder sobre otros cuerpos. Implica que las organizaciones que trabajan con víctimas de violencia tengan recursos permanentes, no solo refuerzos durante los torneos. Se traduce en que los medios que cubren los grandes eventos deportivos dejen de mirar únicamente el marcador o las jugadas magistrales que realizan los deportistas. E implica que el racismo y la xenofobia que se expresan en los estadios sean tratados con la misma urgencia que cualquier otra forma de violencia, porque lo son y se ven en cada partido.
Porque mientras las tribunas gritan, hay puertas cerradas detrás de las cuales se silencia una realidad que deberíamos estar atendiendo con muchos más recursos. Y esas puertas también son parte de la historia. Es imperativo abordar esta dramática relación entre fútbol y violencia contra las mujeres.















