Las derrotas electorales y los problemas de gobernabilidad de estos años no son coyunturales: obedecen a profundas transformaciones económicas, sociales, culturales y tecnológicas que están modificando la manera en que los ciudadanos se relacionan con la política. El desafío es entonces más complejo.
Para contribuir a esta reflexión me propongo destacar dos ideas centrales. Primero, cuáles son las acciones estratégicas para fortalecer la democracia y renovar los partidos políticos. Segundo, cuáles son las insuficiencias del progresismo democrático que explican buena parte de sus dificultades para construir mayorías sociales y electorales, y qué cambios resultan indispensables para recuperar su capacidad de conducir el desarrollo de nuestras sociedades.
Cuatro prioridades para fortalecer la democracia y reconstruir el progresismo
La democracia latinoamericana enfrenta hoy una prueba histórica. Ya no basta con ganar elecciones; es necesario recuperar la confianza ciudadana, fortalecer las instituciones y demostrar capacidad para gobernar sociedades cada vez más complejas. En esa tarea destaco cuatro prioridades.
Primera prioridad: reafirmar la democracia como la identidad esencial del progresismo
La primera obligación del progresismo es reafirmar, sin ambigüedades, su compromiso con la democracia. La defensa de los derechos humanos, la libertad con igualdad, la independencia de los poderes del Estado, la libertad de expresión, la transparencia y el respeto irrestricto al Estado de Derecho no son instrumentos; constituyen su identidad política.
Ello supone rechazar cualquier forma de autoritarismo, cualquiera sea el signo ideológico desde el cual se presente. Ningún proyecto de justicia social puede consolidarse debilitando la democracia. Por el contrario, sólo instituciones legítimas y respetadas permiten avanzar hacia sociedades más justas, cohesionadas y libres.
Pero la democracia también exige una ciudadanía activa. El progresismo debe volver a ser una fuerza que convoque, organice y eduque; que fortalezca la acción colectiva, el diálogo social, la solidaridad, la protección del medio ambiente y la dignidad de las personas. Su misión no consiste únicamente en administrar el Estado, sino también en fortalecer la cultura democrática de la sociedad.
Segunda prioridad: reconstruir los partidos políticos
La crisis de la democracia es, en gran medida, una crisis de los partidos. Muchos dejaron de representar a la sociedad para convertirse en maquinarias electorales de corta duración. Recuperar la democracia exige reconstruir los partidos. Ello supone devolverles cuatro funciones esenciales.
Primero, formar dirigentes preparados para gobernar, especialmente entre las nuevas generaciones.
Segundo, volver al territorio, estableciendo una presencia permanente en las comunidades y una relación cotidiana con organizaciones sociales, sindicatos, municipios, universidades y movimientos ciudadanos.
Tercero, fortalecer su capacidad programática. Los partidos deben transformarse nuevamente en espacios donde se elaboren propuestas de desarrollo, se diseñen políticas públicas viables y se formen equipos competentes para ejercer el gobierno.
Cuarto, construir acuerdos y coaliciones capaces de otorgar estabilidad política. En democracias fragmentadas, gobernar exige mayorías estables y capacidad de diálogo. Esa es una responsabilidad irrenunciable de los partidos democráticos.
Tercera prioridad: gobernar mejor para recuperar la confianza ciudadana
La legitimidad democrática depende cada vez más de la capacidad de producir resultados concretos.
La ciudadanía espera gobiernos eficaces que respondan a sus principales preocupaciones: seguridad, crecimiento económico, empleo, educación, salud y vivienda. Por ello el progresismo debe combinar sus principios históricos con una gestión moderna, profesional y transparente.
Ello requiere fortalecer el Estado, modernizar su funcionamiento, mejorar la coordinación entre instituciones, evaluar permanentemente los resultados de las políticas públicas y desarrollar estrategias nacionales de largo plazo que movilicen a la sociedad en torno a objetivos compartidos.
Gobernar bien es hoy una condición indispensable para defender la democracia.
Cuarta prioridad: incorporar plenamente la revolución tecnológica al proyecto progresista
La inteligencia artificial, la digitalización y las nuevas tecnologías modificarán profundamente el empleo, la educación, la economía y la política. El progresismo no puede limitarse a regular estos procesos; debe convertirse en protagonista de la transformación tecnológica.
Eso exige impulsar el crecimiento económico basado en el conocimiento, promover la innovación, fortalecer la educación científica y digital, apoyar la reconversión laboral de los trabajadores y desarrollar capacidades nacionales para utilizar la inteligencia artificial al servicio del bienestar colectivo.
La tecnología debe ampliar las oportunidades de las personas y fortalecer la democracia, nunca reemplazarla ni concentrar aún más el poder económico y político.
¿Por qué el progresismo ha perdido terreno?
Si queremos volver a construir mayorías democráticas debemos comenzar por una autocrítica seria. No basta atribuir el avance de la derecha o del populismo a factores externos. También debemos reconocer nuestras propias limitaciones.
A mi juicio, el progresismo enfrenta cinco grandes déficits.
El primero es un déficit de comprensión de las nuevas prioridades ciudadanas. Durante demasiado tiempo interpretamos las demandas sociales principalmente desde la desigualdad económica, mientras la inseguridad, el crimen organizado, la violencia y la incertidumbre pasaban a ocupar el primer lugar en las preocupaciones de millones de familias. Hoy la seguridad constituye un derecho social fundamental y debe ser incorporada plenamente al proyecto progresista.
El segundo es un déficit tecnológico. La revolución provocada por la inteligencia artificial transformará el empleo, la productividad, la educación, la información y la democracia. Sin embargo, el progresismo aún no ha incorporado plenamente esta nueva realidad a sus diagnósticos ni a sus propuestas. Debe liderar la regulación democrática de estas tecnologías y, al mismo tiempo, convertirlas en herramientas para acelerar el desarrollo, mejorar los servicios públicos y ampliar las oportunidades.
El tercer déficit consiste en no haber comprendido suficientemente la profunda transformación de la estructura social. América Latina ya no está formada únicamente por trabajadores asalariados. Han crecido las clases medias, los trabajadores independientes, los emprendedores, los profesionales, las pequeñas empresas y las nuevas formas de trabajo digital. Sus aspiraciones combinan protección social con mayores oportunidades de progreso personal. El progresismo debe representar ambas dimensiones.
El cuarto déficit es haber subestimado la importancia del crecimiento económico y de la innovación productiva. Sin crecimiento sostenido no es posible financiar derechos sociales, reducir desigualdades ni sostener un Estado de bienestar moderno. La centroizquierda debe volver a ser una fuerza que combine responsabilidad macroeconómica, desarrollo tecnológico, política industrial y colaboración estratégica entre el sector público y el sector privado.
Finalmente, enfrentamos un déficit estratégico frente al nuevo escenario internacional. La competencia entre Estados Unidos y China obliga a América Latina a fortalecer su autonomía política, económica, tecnológica y científica. El progresismo debe impulsar una inserción internacional basada en la cooperación regional, el multilateralismo y la defensa de la soberanía democrática frente a la creciente concentración del poder económico y tecnológico global.
Estos cinco desafíos no representan una renuncia a los principios históricos del progresismo. Constituyen, por el contrario, la condición necesaria para proyectarlos hacia el futuro. Sólo comprendiendo la nueva realidad podremos volver a construir mayorías ciudadanas estables, gobernar con eficacia y fortalecer la democracia en América Latina.















