“Quiero un esposo, no un roomie”
Hace un par de días, en uno de esos grupos de mujeres en Facebook, leí una publicación que abría el debate. Una de las participantes preguntaba abiertamente si las demás considerábamos que estaba bien que nuestros esposos pagaran todo. Antes de la indignación, me ganó el morbo.
No pude evitar comerme la sección de comentarios. Devoré uno a uno. Muy pronto, la curiosidad se convirtió en franco disgusto. Algunas mujeres estaban convencidas de que ellas (y cito) “no querían un roomie, querían un marido”. Lo que implicaba que, a su modo de ver las cosas, si los gastos eran compartidos, su vida en pareja no seguía realmente un arreglo matrimonial. En lugar de tener una pareja que las viera como iguales, con responsabilidades compartidas a nivel económico, necesitaban a un hombre proveedor. “Y lo que gano yo, es para mí”.
Algunas participantes más razonables estaban de acuerdo en que lo lógico y sano era que los gastos se dividieran según el nivel de ingreso de cada parte, sin necesidad de partir de una cuestión de género. Las compañeras con el arreglo anterior rápidamente contestaban a estos comentarios diciendo que “respetaban muchísimo” ese punto de vista (no), pero que, desde su opinión personal, “ellas no tenían que ocuparse de las finanzas de la casa”. Asumo que el segundo embarazo las tendría más ocupadas en sí mismas que en la situación financiera de su economía familiar.
Y aunque todo lo anterior podría parecer una crítica ácida —casi indolente— a mis congéneres que decidieron casarse, tener una familia mamá-papá-hijos-perro y por alguna razón dejar atrás su profesión en aras de dedicarse al hogar, no lo es. He de admitir que no puedo evitar reírme un poco. Pero el comentario va más dirigido a quienes se convierten después en estas mujeres y a cómo se radicalizan en el pensamiento de sus antepasadas de los años 50. Se dicen a sí mismas trad wives: las esposas tradicionales que inundan las redes sociales en el esplendor del siglo XXI.
Encerradas en casa
Estoy en esa etapa de la vida en la que, en el torrente interminable de contenido en Instagram, Facebook y todas las plataformas similares, mis colegas y amistades están pasando por procesos parecidos. Aunque claro que, de cuando en cuando, hay noticias de quienes todavía no terminan la licenciatura, me es más común encontrarme con que mis compañeras de la universidad presumen sus anillos de compromiso para, un par de meses después, ¡sorpresa!, encontrarnos con que esperan su primer bebé.
En más de una ocasión, mi terapeuta me ha escuchado despotricar en contra de ellas. Y no de manera personal, sino casi de manera arquetípica: sobre cómo se convierten lentamente en sus madres. Desde su rol como profesional de la salud mental, ella me aconseja no constreñirlas a todas bajo la misma categoría. ¿Y qué si es la decisión que tomaron en libertad, conscientemente, desplegando su propia autonomía?, me pregunta con cierta razón. Respetuosamente, tengo que disentir.
Pensando nuevamente en términos de Jung, quien propuso el modelo de los arquetipos hacia finales de la década de los 50, al hablar de trad wives no puede dejarse de lado el inconsciente colectivo. En Arquetipos e inconsciente colectivo (1959), el psiquiatra escribió que “el contenido del inconsciente colectivo está compuesto esencialmente de arquetipos”, que define como patrones de pensamiento y comportamiento que generalmente provienen del contexto o entorno de las personas. Es decir, representaciones mentales de fenómenos sociales de los que no somos del todo conscientes, pero que sin duda sentimos y sobre los que actuamos inconscientemente.
¿Qué sentido tiene citar a un hombre más en un ensayo sobre arquetipos de feminidad en el siglo XXI?, se preguntará la lectoría. Y con cierta razón; me disculpo. Apelo a que tengan paciencia conmigo un momento.
Pensando en términos junguianos, no sería imposible pensar que estas mujeres que se casan con un hombre, deciden (entre comillas) formar una familia (bajo el modelo que vieron en sus madres), embarazarse y renunciar a su vida profesional, están siguiendo un arquetipo clarísimo. Quieren ser esposas tradicionales. O como lo defienden ahora, casi a manera de eufemismo: trad wives. En la blogosfera, como la define la fantástica Sophie Elmhirst para The New Yorker, este término empezó a aflorar hacia la primera década del nuevo milenio, cuando mujeres dedicadas a la labor doméstica romantizaban su vida en casa fungiendo justo como eso: esposas tradicionales.
¿Y quiénes son ellas, según Elmhirst? Esposas clasemedieras con un hombre proveedor, que dejaron de lado su desarrollo profesional en aras de tener una familia de película. El movimiento tomó un giro inesperado durante la emergencia sanitaria global por COVID-19, cuando los encierros nos obligaron a hacer lo que ellas llevaban haciendo ya unos años: estar encerradas en casa. A partir de entonces, dice la autora, el movimiento “se convirtió en un monstruo por sí mismo”.
Y tiene razón.
Yugo y mordaza
Aunque parece casi un oxímoron, las trad wives se radicalizaron después de la pandemia. Y de una manera casi natural para ellas, empezaron a articular la noción de que las mujeres no tenemos por qué votar. En contenido para TikTok, YouTube e Instagram, estas vloggers empezaron a diseminar la idea de que un “voto por hogar” sería más adecuado. El movimiento echó raíces en Estados Unidos, en el reconocidísimo Bible Belt. El mismo lugar donde el Ku Klux Klan linchaba personas por cuestiones de raza hace vergonzosamente poco tiempo. Sorprendentemente, este discurso contagió a las mujeres del norte de México. Y ahora alcanzó la capital: la contraola del feminismo, que viene a romper en nuestros feeds de redes sociales con una fuerza iracunda y desenfrenada.
Es sonado el caso de cuando el médico británico Joseph Mortimer Granville, en 1880, inventó el llamado “consolador” para aliviar la histeria femenina de sus pacientes. Unas décadas más tarde, Freud apelaría a que esta llamada “histeria” tenía un origen sexual reprimido. Haciendo historicidad, la feminista Cecily Devereux tiene una lectura muy distinta a la de los hombres machos del siglo XIX. Ella piensa que, en lugar de ser ellas las culpables de vivir con histeria, son la sociedad y las normas culturales las que las llevan a perder la razón. Y claro, si tu esposo controla el dinero, las propiedades, la opinión y los medios de producción, ¿quién no perdería el juicio?
No puedo evitar pensar en las trad wives bajo los mismos términos. Particularmente ahora que se pronuncian en favor del “voto por casa”, apelando a la erradicación absoluta del sufragio femenino por el que tanto lucharon nuestras antepasadas. Siguiendo una nota terrorífica que publicó Grupo Animal hace unos días, este nuevo sistema de votación “elimina el derecho al voto individual y se lo otorga únicamente a una persona de la familia, en este caso, al hombre”. Además de que esto es absolutamente anticonstitucional en México, me parece aborrecible que mujeres que no han cruzado la línea de los 30 años se estén pronunciando a favor de esta propuesta antiemancipadora. Prefieren el yugo y la mordaza.
Emmeline Pankhurst, Susan B. Anthony, Millicent Fawcett, Elvia Carrillo Puerto, Hermila Galindo, María Salguero, Melissa Fernández Chagoya. ¿Quiénes son ellas?, se preguntarán las trad wives. Seguramente son feministas sucias que van a romper vidrios el 8 de marzo, concluirán, para seguir impulsando el voto por hogar en sus perfiles sociales. Y no se dan cuenta, desde la comodidad de la mordaza y el yugo, de que gracias a ellas, nuestras antepasadas, pudieron escoger una carrera profesional, aunque después la hayan abandonado.
Al publicar y festejar el contenido que comparten creadoras como Hannah Neeleman, una madre de ocho hijos en Utah, se les olvida que es por las feministas que pueden ir a una ginecóloga, ir a terapia, usar preservativos (si los usan) e incluso ejercer su derecho a la libertad de expresión en redes sociales. Sí, nuestras antepasadas, porque aunque las esposas contemporáneas no comulguen con sus valores radicales, las trad wives pueden decidir quedarse en casa por la sangre que las radicales de izquierda derramaron por nuestro derecho a votar.
Pero quizás, siquiera considerar todo esto es demasiado exigente: ya va siendo hora de cocinar.
Sobre el dolor de las trad wives
Al ver a mis congéneres publicar este tipo de contenido en Instagram y en plataformas sociodigitales, no puedo evitar pensar en Susan Sontag. Y naturalmente, no porque haya compartido sus días en pareja con la magnífica Annie Leibovitz bajo la lógica de las trad wives, sino por su ensayo Regarding the Pain of Others (2003) —infinitamente más empático que este, que Meer amablemente publica este mes.
Refiriéndose a la fotografía como un medio legitimador de la violencia, Sontag aborda nuestra capacidad de procesar los horrores presentados en la fotografía de guerra:
Durante mucho tiempo, la gente creyó que si el horror se hacía lo suficientemente vívido, la mayoría de la gente aceptaría lo escandaloso, la locura […]. Esa es la fotografía como terapia de choque (Sontag, 2003: 9).
Para Sontag, en los albores del siglo XXI, los medios y la sociedad nos entumecen ante el dolor ajeno. Y las fotografías de escenas tremendamente violentas, de pronto, se vuelven algo más que podemos ver casi de paso, antes de seguir con la vida de todos los días.
Considero que, en la era de las redes sociodigitales y la inmediatez, esto que la autora ya enunciaba en 2003 ha tomado un rostro monstruoso. Y no solo eso: además de que las redes sociales nos han entumecido más, sin que nos demos cuenta, también legitiman estos movimientos violentos que consumimos casi por inercia. Porque las trad wives, aunque muestren una vida perfecta de servicio y sumisión a sus maridos, son víctimas. Víctimas de decisiones inconscientes, de arquetipos impuestos, de una terrible falta de cuestionamiento a sus estructuras de pensamiento. Lo terrible, sin embargo, es que también son victimarias.
¿Qué pensaría Sontag sobre el dolor ajeno en la era de las redes sociodigitales? ¿Sería más piadosa con mis congéneres que yo, considerando su contexto y que están de manos atadas? O quizás, ¿sentiría igualmente rabia de que sigan la inercia de su rol asignado al nacer, como madres-productoras-de-descendencia, mujeres trofeo, individuas a todas luces sin autonomía financiera?
Quizás, además de mi tránsito iracundo ante sus contenidos, también siento miedo. Y cierta incredulidad. Me parece imposible que, en la misma era en que nuestras compañeras trans tienen espacio y representación en los medios, en la que hemos conseguido tipificar el feminicidio en el código penal, estas mujeres que “deciden” estar en casa estén infestando el discurso de mis congéneres. Aunque sea a nivel simbólico, ellas verdaderamente consideran que es mejor que las decisiones políticas y económicas las tomen sus maridos. Al final, ellas “no quieren un roomie, quieren un esposo”.















