Hemos vuelto a asistir a la inauguración de una nueva guerra de intereses geopolíticos occidentales en Oriente Medio con crimen de guerra infanticida. El día en que EE.UU. e Israel decidieron, contra la legislación internacional, agredir a Irán el pasado 28 de febrero, un misil Tomahawk lanzado por las fuerzas armadas norteamericanas impactó en la escuela primaria Shajareh Tayyebeh, en Minab, al sur de Irán. Murieron 175 personas, la inmensa mayoría niñas menores de edad. Un error táctico y de cálculo, dicen los perpetradores. Un crimen de guerra, dicen los observadores.
Cuando se miran desde la ciencia los datos de lo que se denomina infanticidio, las escalofriantes cifras arrojadas por organismos internacionales y observatorios especializados permiten deducir que la situación en nuestro Mediterráneo común es aterradora. Tanto por los elevados niveles de violencia en la tanatocracia neoliberal de las potencias neocoloniales sobre la cuenca mediterránea, como por el impacto de la necropolítica practicada.
La tanatocracia neoliberal articulada en el sistema neocolonial en la cuenca parte de una islamofobia radical en un imaginario político extremo que se viene produciendo como narrativa del neofascismo con alta difusión en redes. Sin pilares científicos, pero arraigada en atavismos coloniales históricos, de la misma naturaleza que en el medievo alimentaron el imaginario de San Jorge y el dragón, desembarcados en la orilla occidental por los cruzados. Hoy, el dragón es un fantasma terrorífico para mentes infantilizadas, con escasa capacidad crítica sobre su propia sociedad y estilo de vida, inmersas en un parque temático tecnológicamente sobrestimulado que la hipermodernidad cibernética procura. Distribuyendo a través de las prótesis cognitivas de los ciborg-ciudadanos, la dosis oportuna para mantener la autocomplacencia dependiente, dentro de burbujas de fanatismo alienante. En ese tipo de poder, la sobreexposición a la guerra y la violencia forma parte del culto a la muerte, como forma de reproducir y mantener el orden imperante. La diplomacia tanatocrática impera en el orden internacional, donde las sociedades que resisten y confrontan son amenazadas recurrentemente con ser retornadas a la Edad de Piedra, con el simple hecho de ejercer el terrorismo armamentístico por medio de la industria de guerra, pilar sustancial de una supremacía tecnológica dirigida a la gobernanza tanatopolítica global.
El fantasma islamófobo ronda las mentes castradas atormentadas en su débil raciocinio con una serie de mensajes absurdos, pero de una efectividad inimaginable en los cibertecnológicos procedimientos de la actual doctrina del shock que a nivel ideológico impacta en las sociedades europeas. Este tratamiento de choque masivo describe una invasión silenciosa por migraciones que, como si se tratase de la peste infecciosa del tercer milenio, puede exterminar, alterar y cambiar el propio código genético, la herencia racial y patrimonial cultural europea, transformar el estilo de vida y los valores, y conducir al fanatismo extremo islamista, encarcelando a toda la sociedad bajo harapos de burka.
En este imaginario irracional, ajeno radicalmente a todas las evidencias del patrimonio material e inmaterial, historia y saberes ecológicamente situados de todos y cada uno de los pueblos de nuestro Mediterráneo común, todos los exterminios quedan justificados y legitimados. Encantados por los cuentos del terror, los ensimismados se atrincheran en la propia fosa común de derechos, donde aplauden los gritos de la Estrige, ignorantes del peligro que encierra acercarse tanto al borde del abismo exterminador, donde cada homo puede acabar instrumentalmente transformado en homo sacer. Un umbral anímicamente destructor de la humanidad donde Agamben situó el límite de la (in-)humanidad, y donde Fanon descubrió que irremediablemente cohabitan, coafectados, tanto los colonos como los colonizados.
El infanticidio que arrojan los datos oficiales muestra nuestra cuenca vecinal como la trampa mortal más sangrienta del planeta. El lugar donde se ahoga el futuro de los pueblos desechables para el neocolonialismo imperante. En la frialdad matemática de este corazón cibernético, el conteo necropolítico suena como reflujo hemático activo en un catéter: el catéter del vampirismo colonial. Un goteo implacable donde desaparece el futuro común de los pueblos mediterráneos.
Los niños muertos en Gaza desde el 7 de octubre de 2023 hasta el 3 de febrero de 2026 son 21.289. A esa brutalidad hay que sumar 44.500 niños heridos, de ellos, más de 11.000 mutilados graves, física y psicológicamente marcados de por vida. Desde el inicio de la paz quimérica en octubre de 2025, más de 120 niños se suman en Gaza al goteo necropolítico. Pero si se considera la tanatopolítica israelí en toda Palestina, hay que sumar 1.200 niños afectados de malnutrición y 8.400 en situación de vulnerabilidad sanitaria extrema en Cisjordania.
En Libia, después de la macroofensiva de las potencias de la OTAN en la tanatopolítica global del poscolonialismo de la Françafrique y su entramado de dependencia, la situación de la infancia es alarmantemente opaca. En este agujero negro de las estadísticas, las bajas infantiles acumuladas en 15 años de guerra y violencia son desconocidas. Apenas sirve de referente el dato de UNICEF de 378.000 niños asistidos con ayuda humanitaria urgente. Los miles de niños arrastrados al desplazamiento forzoso, sumados a los millones afectados por la falta de infraestructuras sanitarias, luz eléctrica y agua corriente, han debido disparar el fallecimiento neonatal y las muertes por enfermedades infecciosas.
En Siria, 30.000 niños fueron asesinados en la guerra iniciada en 2011, y la ONU ha verificado la muerte o mutilación de más de 14.000 menores, mencionando que las cifras totales son mucho mayores, pero sin constatación por la dificultad de acceso a las zonas de conflicto. Además, UNICEF considera que, en las zonas de guerra contaminadas por explosivos sin detonar, 5 millones de niños están en riesgo físico o mortal.
En Irán, que forma parte directa de la geopolítica mediterránea a través del denominado “eje de resistencia”, organizado en Oriente Medio como resultado de la torpe política durante el gobierno de Bush en 2002, los datos de esta nueva guerra israelí también son escalofriantes. A 28 de febrero de 2026 alcanzan 216 menores muertos en ataques bélicos y 1.767 menores heridos, según datos de UNICEF. Las escuelas fueron, como parece costumbre, blanco de las ofensivas en los ataques israelíes y estadounidenses. Debido al colapso producido por la estrategia de guerra total contra la población civil, 2,2 millones de niños iraníes se encuentran en riesgo sanitario.
En el Líbano, solo contabilizando la nueva ofensiva e invasión israelíes, han muerto 200 niños. Además, se contabilizan 806 niños heridos, con un promedio de 14 menores asesinados o lesionados cada día. Más de 390.000 niños se han visto forzados a abandonar sus hogares, y se valora que 770.000 menores libaneses sufren crisis severas de salud mental.
Los datos muestran que el infanticidio es parte importante de la necropolítica bélica, en un tiempo donde la guerra ha perdido todo marco de valores de honor y dignidad; si es que en el pasado alguna vez los tuvo.
Este dantesco panorama se ensombrece todavía al observar los datos de infanticidio en la necropolítica migratoria. El sórdido panorama estadístico en el Mediterráneo cuestiona seriamente los objetivos de desarrollo sostenible explícitos en los programas de la geopolítica europea para la región. El impacto diacrónico de lo que se dio en llamar Programa MEDA fue un instrumento de geoeconomía dura neocolonial, que ha desestabilizado profundamente los países de la cuenca y polarizado y desestructurado aún más la sociedad en estos países. Las migraciones familiares como salida de la situación, arriesgando todo para sortear el foso marítimo, arrastran a millares de menores a una travesía traumática o mortal.
En una comparativa de datos necropolíticos en las rutas globales, el Mediterráneo se desvela como la fosa que ha construido la UE. Las rutas mediterráneas central, oriental y occidental arrojan un promedio de más de 2.400 niños y niñas desaparecidos o muertos en la travesía. La ruta de África occidental atlántica por Canarias acumula más de 1.200 menores muertos. La ruta del este de África hacia la Península Arábiga cuenta con más de 900 niños muertos en las inclemencias del desierto y los tiroteos fronterizos. La frontera sur, entre EE.UU. y México, da cuenta de alrededor de 700 niños muertos en el sufrimiento del desierto y por las violencias de los cárteles. En el Tapón del Darién, de bajo rigor estadístico, se recogen alrededor de 100 niños muertos en la selva, víctimas de violencia sexual y ahogados en el paso de ríos.
No es una exageración, a la luz de esta farola, considerar la frontera sur mediterránea como una fosa común marítima en la literatura especializada. Las estadísticas nutridas por los observatorios migratorios demuestran que la ruta mediterránea es la más letal del planeta, donde el índice de barcos invisibles que desaparecen sin rastro es el más alto del mundo.
Una profunda desesperanza, por el colapso absoluto del futuro para millones de vidas de nueva generación, se instala cuando se constata la relación estrecha entre el infanticidio migratorio y el infanticidio de guerra, pues la mortalidad migratoria es resultado de la huida de conflictos armados y las guerras del Norte global en la región.
Como en El grito, de Munch, el horror toma forma en el paisaje al contemplar el censo de los desaparecidos sin dejar rastro tras alcanzar suelo europeo. Supervivientes de la travesía, ¿qué les pasó en el paraíso de los derechos?
51.433 menores no acompañados desaparecieron en un período de tres años tras pisar suelo europeo. Un promedio de 47 niños diarios se desvanecen cada 24 horas del radar de los Estados supuestamente democráticos, guardianes de los derechos de la infancia. Lost in Europe y el Parlamento Europeo advierten que el número es bastante mayor que el que se admite oficialmente. La gran mayoría de estos menores eran supervivientes de Siria, Afganistán, Marruecos y Argelia, engullidos en los agujeros negros de la galaxia estadística de Italia, Austria y Alemania.
La paradoja que muestran los datos en 2025/2026 de la OIM evidencia una preocupante tendencia: aunque la militarización fronteriza y las políticas de control han reducido el número total de personas que logran salir o llegar a Europa, el porcentaje de mortalidad ha aumentado. Ello se debe a la alta peligrosidad en las rutas alternativas que toman los traficantes. No queda sino deducir la relación directa entre la tanatopolítica europea y la necropolítica migratoria infanticida.
La nada sospechosa ni tendenciosa agencia Europol y los propios servicios de inteligencia valoran que el crimen internacional organizado de explotación sexual, tráfico de drogas y trata es el agujero de gusano social donde quedan atrapados en la clandestinidad y soterrados en el submundo de la trata, la explotación laboral y el desecho humano. A través de este túnel de invisibilidad, los menores son eyectados fuera del derecho y depositados en el reverso del bienestar europeo, donde el capital ilegal los consume en el más absoluto anonimato.
La hipótesis que se dibuja en la penumbra de este vacío es sombría: este agujero de gusano conecta y puentea con las dinámicas más atroces del vampirismo que se nos ha mostrado en la trama Epstein global. Las tramas que succionan la infancia migrante operan en la arquitectura criminal de oscuros poderes, donde los menores son reducidos a organismos primarios en un mercado sumergido de cuerpos y de órganos. El paraíso de los derechos revela su brutal verdad: en la estructura tanatopolítica la carne del desposeído se fragmenta y mercantiliza. ¿La desaparición estadística es, en realidad, el acta de nacimiento de una mercancía humana?
Voces corales de destacadas personalidades en las ideologías ecofascistas pregonan en resonantes foros como los de la Fundación Gates, el Foro Económico Mundial, The Optimum Population Trust, Informes del Pentágono y el almirantazgo de la OTAN, que es necesario reducir drásticamente la demografía global para alcanzar las metas de “emisiones cero”. Que el cambio climático y la presión demográfica son “vectores de inestabilidad", justificando el uso de tecnología de contención letal en el control de flujos. Los ideólogos del “gran reemplazo” aplauden la mortalidad masiva en las fronteras, como mal necesario. La sostenibilidad del planeta depende de la reducción drástica de la población, en absoluto del consumismo masivo e irracional del Norte global.
Mientras, la Estrigue sigue pregonando a los ensimismados: “Europa es un jardín. Hemos construido un jardín: todo funciona, es la mejor combinación de libertad política, prosperidad económica y cohesión social que la humanidad ha logrado edificar…El resto del mundo no es exactamente un jardín. La mayor parte del resto del mundo es una jungla, y la jungla podría invadir el jardín”1 ¿Podemos dormir tranquilos en este paraíso democrático?
Nota
1 Extracto de un discurso pronunciado por Josep Borrell, Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, durante la inauguración de la Academia Diplomática Europea en Brujas, en octubre de 2022.















