Ana Valenciano (Madrid, 1951) se erige como una figura que ha sabido maridar la tradición artesanal con una expresividad profundamente moderna en el panorama del arte contemporáneo español. Su obra, que transita desde la bidimensionalidad del grabado hasta la rotundidad del bronce, es un testimonio de la vulnerabilidad humana y la persistencia de la memoria.

Una trayectoria de oficio y reconocimiento

La carrera de Valenciano está marcada por una curiosidad técnica inagotable.

Formada en la Universidad Complutense de Madrid, su sensibilidad por el material nació en disciplinas de precisión como la encuadernación artística y el grabado calcográfico.

Su prestigio ha sido avalado por hitos significativos:

  • Reconocimientos: Ganadora del Premio Donostia de Libros de Artista y finalista en certámenes como la Calcografía Nacional y el Premio Internacional de Arte Gráfico Jesús Núñez.

  • Exposiciones: Desde la majestuosidad de la UNED Escuelas Pías en Lavapiés hasta espacios de agitación cultural como la librería Tipos Infames o la galería Flecha NB7.

La crítica frente a su obra

Expertos y curadores vinculados al circuito de FLECHA han destacado la capacidad de Ana Valenciano para "humanizar" los espacios. La crítica suele coincidir en un punto clave: la resistencia al lenguaje racional.

El arte de Ana Valenciano trata básicamente de aquello que no se puede expresar con palabras; surge de las profundidades del ser, de esa parte que piensa y contempla más allá de la lógica."

(Reseña del comité curatorial de FLECHA)

Hay una pieza de bronce muy representativa que suele exponerse en FLECHA, que consiste en una cabeza ligeramente inclinada.

De la mancha al relieve: en sus pinturas de rostros, Ana utiliza sombras profundas en los ojos para dar introspección. En la escultura, sustituye la pintura oscura por huecos reales o superficies muy rugosas que atrapan la luz y la devuelven como una sombra natural.

La huella del proceso: en esta obra se aprecia perfectamente cómo el material parece "derretirse" o estar en formación, igual que el óleo parece resbalar por sus lienzos.

Profundización en la pintura

Para Ana, pintar es un acto de inmersión psicológica. En sus lienzos, que a menudo alcanzan los 150 x 150 cm, la figura humana no es un retrato estático, sino una presencia en formación.

Utiliza una superposición de capas donde el dibujo académico es "atacado" por manchas gestuales. Esta "figuración rota" recuerda la crudeza de Lucian Freud, donde la luz no es solo un reflejo, sino materia que otorga peso a la soledad de sus personajes.

Profundización en la escultura

Si la pintura es gesto, su escultura es huella. Como antigua responsable del Taller Municipal de Fundición en Bronce de Rivas, Ana domina el proceso alquímico del metal de principio a fin.

Sus bronces, de formato íntimo (20 a 70 cm), conservan la rugosidad del modelado original. No busca la pulcritud industrial; prefiere que la pieza conserve la vibración de sus manos sobre la cera.

Para ilustrar ese "salto" de la superficie plana del lienzo al volumen físico del bronce, hay una serie en particular que es el ejemplo perfecto del lenguaje de Ana Valenciano: sus Torsos y Bustos fragmentados.

Aunque muchas de sus obras no llevan títulos narrativos complejos (precisamente para no condicionar al espectador), hay piezas que condensan magistralmente esta transición.

La serie "Torsos en Vacío" (Escultura)

Si observas sus esculturas de torsos masculinos o femeninos, verás que son el reflejo exacto de sus manchas de pintura.

En sus cuadros, Ana suele dejar que los hombros o la parte inferior del cuerpo se desvanezcan en la mancha de óleo. En escultura, traslada esto dejando el bronce "inacabado" o cortado de forma abrupta.

No es una escultura clásica que busca la anatomía completa; es una pincelada de metal. Si pudieras proyectar la sombra de uno de sus bronces sobre una pared blanca, verías exactamente uno de sus dibujos a carboncillo.

¿Cómo reconocer este paso de la pintura a la escultura?

Si ponemos un cuadro suyo al lado de una de sus esculturas, el punto de unión es la vibración de la superficie.

En su pintura, la pincelada es gruesa y con relieve. El claroscuro es luces y sombras dramáticas. El sujeto está aislado sobre un fondo neutro. Su obra tiene la sensación de algo que está por terminar.

En su escultura, la huella del dedo se visualiza en la cera original. La pátina oscura se ha oxidado y brilla. La figura se apoya en una peana de hierro o madera. Podemos observar el bronce roto o poroso en los bordes.

Una de las piezas que mejor refleja esto es cuando esculpe solo media cara o un torso que parece surgir de una roca de metal bruto.

Es el ejemplo definitivo porque:

  • En pintura, ella "borra" partes del cuerpo con color para centrar la atención en la emoción.

  • En escultura, ella "no construye" esas partes, dejando que el espectador imagine el resto en el espacio vacío.

Es como si Ana hubiera encontrado la forma de hacer que sus cuadros de gran formato se "enrollaran" sobre sí mismos hasta convertirse en objetos pesados y eternos de bronce.

Influencias: ¿De dónde viene su estilo?

La obra de Ana es un puente entre el pasado clásico y la angustia existencial moderna. Sus influencias pueden dividirse en tres grandes pilares.

El expresionismo figurativo

Bebe directamente de artistas que deforman la realidad para mostrar una verdad interna.

Lucian Freud: se nota en la crudeza de sus figuras y en cómo trata la piel y la carne, no como algo bello, sino como algo real y pesado.

Francis Bacon: de él toma esa capacidad de "desfigurar" el rostro para encontrar el grito o la emoción que hay debajo.

La tradición de la escultura rodiniana

En sus bronces, la influencia de Auguste Rodin es innegable.

Al igual que Rodin, Ana deja las huellas de sus manos en la obra. No busca la superficie lisa y perfecta del mármol neoclásico, sino la vibración de la luz sobre una superficie irregular y llena de vida.

El concepto del "Non Finito" (Inacabado)

Esta es una influencia que viene de Miguel Ángel. Ana utiliza la falta de definición —partes del cuerpo que se desvanecen en la mancha o en el metal bruto— para sugerir que el ser humano es un proyecto siempre en construcción, nunca terminado.

Conclusión: la belleza de lo inacabado

Ya sea hiriendo una plancha de grabado o vertiendo bronce fundido, el hilo conductor de Ana Valenciano es la honestidad matérica. En un mundo saturado de filtros digitales, su obra nos devuelve a lo tangible, recordándonos que la verdadera belleza reside en nuestra capacidad de ser vulnerables y, sobre todo, humanos.

Nota

Para apreciar la verdadera fuerza de esta "figuración rota", recomiendo visitar sus exposiciones en Madrid, donde la escala y la textura de sus bronces alcanzan su verdadera dimensión.