I
Aún no tengo la certeza del montaje final ni del número de obras. Además, me perderé la inauguración debido a un viaje planificado. Cada vez que discutimos las pinturas que Pablo me muestra, las imagino todas terminadas. Sin embargo, cada vez que visito su estudio, encuentro nuevas pinturas o las anteriores han sido modificadas. Pero siempre me gustan más. Por lo tanto, tampoco estoy seguro de cuáles serán. Estos detalles son más bien anecdóticos, una mera estadística.
Qué y cuántas son preguntas difíciles de sobrellevar si se les da importancia. Y eso lo charlamos. Fue natural decir que pintar en este o en aquel cuadro da igual, es la misma obra. Y eso lo dijo él.
Y veo que así es. De hecho, más que una pintura, hay un gesto de pintar. La manera en que Pablo pinta, y varios de nosotros lo hemos observado porque pinta delante de uno, es un gesto similar al de quien afila cuchillos. Es en este gesto donde debemos enfocar nuestra atención. También en las decisiones sobre el color y el barnizado. A mí me gusta el acabado mate, pero quizás termina siendo brillante, no lo sé. Debido a la superficie rasposa de la tela y a la saturación desvanecida de los colores pastel, prefiero el mate.
La plasticidad de cómo trabaja Pablo sus pinturas es adorable. Es un almohadón donde acomodarse. Son redondas y antibélicas. Con qué calma toma decisiones plásticas es relajante. No lo conozco mucho pero se ve como sus pinturas. En todas las facetas, pareciera haber una cierta serenidad. Por supuesto, detrás de cada entidad hay una sombra, y esa sombra se encuentra en un rincón de cada una de sus pinturas. Parece como si la luz, en lugar de proyectar sombras, las estuviera arrastrando.
Pero no estoy seguro de cuál es el verdadero tema. Solo sé que su pintura, bella sin ser superficial, no es naif ni vacía. Tiene las cargas de la vida gastada. Se percibe una obra gastada aunque sea nueva. Prevalece lo vivido sobre la economía de la técnica. Es fácil darse cuenta si observamos los elementos mínimos y sus encuadres que siempre están algo por fuera de la grilla estándar de una composición. Es en ese mínimo desplazamiento de la figura que incomoda donde reside el drama. Es en esos desplazamientos donde descansa su intención y denota su experiencia y oficio de artista visual.
II: Pan de Azúcar
El lugar donde trabaja Pablo es un lugar idealizado. No por ello menos efectivo y genial. Ahí no hay nada forzado, no es el soho de Palermo Soho o lo que se recicla para parecer suburbio cultural. Justamente es un espacio cultural porque no hay maquillaje en nada. El lugar es una galería comercial abandonada de los 80, de dos pisos y dos pasillos laterales en cada uno, donde desfilan cientos y miles de locales vacíos. Los locales en funcionamiento son pocos: arriba uno de fichines, abajo una unidad política con caducidad en octubre; dos locales más que tienen movimiento y al final del pasillo de la derecha, bajando los escalones de la entrada, se encuentra el estudio de Pablo Aloy.
Desde que nos conocemos empezamos a trabajar en llenar este lugar de artistas y transformarlo en una nave cultural que sume a las propuestas culturales de la ciudad. Utilizo el capítulo dos para promocionar este proyecto que venimos pensando… así debería llamarse el capítulo, ah se llama pan de azúcar porque, y acá viene lo mejor, así se llamaba originalmente la galería: Galería comercial Pan de Azúcar, my bro. ¡Cudadin lireng que esto se está poniendo dulce!
En fin, ahí trabaja él y trabaja bien. Y hay potencialidad en ese proyecto. Ahora hay otro lugar donde ir que se suma a la propuesta cultural de Maldonado. El estudio de Pablo está ahí y los espera.
III
Cada vez que visité el estudio de Pablo las cosas no estaban como la vez anterior. El piso está húmedo y parece una piedra de afilar gigante en donde todo lo soportado, que se mueve cada vez que voy, pareciera pulirse en su desplazamiento. La piedra es noble y serena. Comprende que el tiempo es el responsable de las texturas, y que el tiempo sólo transcurre cuando transcurre mucho tiempo. Sabe, la piedra, que el tiempo, entonces, es calmo.
La voz de Pablo también lo es y tiene esa textura en el eco final que la vuelve hospitalaria, incluso atractivamente cinematográfica. No tiene puntas, resuena fenomenológicamente como cuando la piedra afila el cuchillo. Hablar de la voz de Pablo es como hablar de sus pinturas. No están ahí para apuñalar, no son ese instrumento inútil. Tampoco son la piedra. Son el fenómeno que sucede, son el eco de la fricción de un vínculo. Emiten ese sonido similar al de la piedra que pule o al susurro de la voz tranquila. Cuando nos acercamos a la tela o nos alejamos, da igual, podemos escuchar algo, sin poder distinguir. Es el eco de una conversación entre dos personas, una que se desarrolla en este cuadro, otra en ese, y otra en aquel de más allá.















