Me llamo V. Tengo 63 años, soy casado, ahora viudo, tengo tres hijos y viví hasta los 25 años en un país socialista de Europa del Este, que no viene a cuento mencionar ahora. Escribo en mi idioma natal, que es donde mejor me puedo expresar, pese a hablar varias lenguas (inglés, ruso, francés y español, más algunos rudimentos de griego clásico y latín). Todo esto se lo debo a mi muy pulida educación que recibí, siempre en el sistema público de mi patria natal.

Pasé mi infancia y adolescencia en un país socialista y también los primeros años de mi vida adulta. Luego, por largas décadas, viví en países capitalistas. Estuve cierto tiempo en Europa Occidental y luego en la meca del capitalismo: Estados Unidos de América. Dado mi paso por todas estas realidades, considero estar en condiciones de poder sacar conclusiones. Además, mi formación como ingeniero, rematada con dos maestrías, y, por tanto, mi paso por la instancia universitaria, me han dotado de instrumentos analíticos que me permiten tener criterios sólidos para ver una sociedad. Es por ello que hoy me permito hablar y hacer estas consideraciones.

Espero que lo mío no se tome solo como meras opiniones, puntos de vista hechos desde apreciaciones viscerales, sino como una lectura sopesada del mundo, de cómo vamos y de los problemas con los que nos encontramos como humanidad. Ahora me doy cuenta de que lo único que me sirve para hacer esas observaciones es mi formación en el pensamiento crítico que nos dio el marxismo, estudiado en mis años juveniles. Les aseguro, por otro lado, que aunque no era un ferviente defensor del mismo, lo estudié bien a fondo. En realidad, nos lo hacían estudiar con método, con rigor, cosa que ahora agradezco.

Tengo que reconocerlo: cuando leíamos sobre materialismo histórico y materialismo dialéctico en mi formación política, me aburría. Yo nunca fui especialmente afecto a temas sociales. En mi país, de hecho, no había pobres; por eso, el tema de la explotación no sentía que fuera algo mío. No se puede decir que yo fuera pobre ni que mi familia lo fuera. No, sin dudas que no. Nunca me faltó nada de lo esencial. Pero sí, al compararnos con sociedades capitalistas, se veía una opulencia, un acceso al consumo que, entre nosotros, no era común. Pero insisto: no me tocaban, no me sensibilizaban estos temas de la pobreza. En los países socialistas de aquella época podía haber algunas carencias, pero nunca pobreza.

Esa preocupación por los temas sociales, por las diferencias entre ricos y pobres, empezó a hacérseme evidente años después, ya pasados los 30, viviendo en países de libre mercado. Ahí, seguramente porque ya tenía familia —fueron viniendo los hijos—, se me empezó a hacer evidente la diferencia básica entre un sistema y otro.

En principio, cuando salí de mi patria nativa, recuerdo que me sentía muy feliz, dado que en ese entonces se me abría todo un mundo de consumo que, hasta ese momento, me era desconocido. O, en todo caso, lo conocíamos solo a través de las críticas que nos llegaban de nuestras autoridades, siempre con un tono moralizante, hasta casi autoritario, diría. El consumismo era un enemigo de la lógica en la que fui criado. Se entronizaba la austeridad. Y también se ensalzaba la solidaridad, cosa que parecía rarísima en el sistema capitalista. Allí cada quien debe ver por sí mismo, sin importarle en absoluto el vecino. “¡Hágase rico, sea usted un triunfador, olvídese de los demás!” pareciera ser la consigna en la que todo el mundo cree. Eso es lo que se fomenta, lo único que se fomenta. ¿Esa es su religión, se podría decir?

De todos modos, aunque en aquellos tiempos vivíamos un poco desconectados, la información siempre llega por algún medio: transmisiones de radio o televisión de otros países que se podían captar, algún viajero que trae información, extranjeros de paso en el país provenientes de algún sitio capitalista que cuentan historias….

Lo cierto es que, de una u otra forma, siempre había una idea, quizá deformada, de lo que sucedía en lo que llamábamos Occidente. Y la idea que nos llegaba era que ahí había de todo, sobraba la riqueza, era el reino absoluto de la libertad, nadie te controlaba en nada, el que quería “triunfar” económicamente podía hacerlo. Era todo, según se nos quería hacer creer, una cuestión de actitud, de forma de encarar la vida. Quien quería hacer dinero solo tenía que proponérselo y, trabajando duro, lo lograba.

¡Cuánta estupidez! Aunque peor aún: no es estupidez precisamente; es una muy bien estudiada estrategia ideológica, una perniciosa propaganda con la que nos bombardeaban, un arma política, en definitiva. Es cierto que en nuestros países, detrás de la “cortina de hierro”, como muy maliciosamente se les decía, no existía esa sobreabundancia de productos. Había —y esto es importantísimo dejarlo muy claro— todo lo necesario para vivir bien, con dignidad.

A nadie le faltaban comida ni vivienda ni ropa. Todo el mundo tenía un puesto de trabajo y desde ya estaban asegurados servicios indispensables como salud, educación, energía eléctrica, agua potable, calefacción, transporte público. Todo eso era de excelente calidad y gratuito. Nadie tenía que preocuparse por ver si llegaba a fin de mes con su salario. Nadie estaba endeudado con tarjetas de crédito ni con banco alguno.

Por supuesto que la vida no era un paraíso. No hay paraísos en ninguna parte del mundo. No hay ni puede haberlo. La vida de los seres humanos, no importa dónde se viva, siempre presenta problemas, conflictos, choques, desajustes. En cierto sentido, digamos que sobran los problemas, grandes o pequeños. Y ahí vamos solucionándolos, resolviéndolos como mejor se puede. La idea de un paraíso bucólico, casi celestial, absolutamente falto de desavenencias es un imposible.

Pero la vida tampoco puede ser un suplicio. En mi país, como en todos los de lo que se llamaba Europa del Este, había problemas. ¿Acaso en alguno no los hay? Es cierto que había cierto, o marcado, autoritarismo, cierto dogmatismo. No se promovía la discusión crítica. Había, debe reconocérselo, una rigidez en las ideas. No puedo decir que hubiera un catecismo religioso; no, no de ese modo. Había, es cierto, una enseñanza, una transmisión ideológica fuerte, profunda. Pero eso mismo pasaba del otro lado: aunque a la población no la hacen estudiar en manuales, el credo capitalista se difunde de otro modo, con sutileza, haciendo incluso que parezca bonito, agradable. Esa estupidización, la reconozco; me llegó. Y me estupidizó.

Que tras esa “cortina de hierro” había adoctrinamiento, es cierto; pero es una absoluta falacia, una mentira muy malintencionada que se vivía bajo regímenes despóticos, que quien no comulgaba con el partido era un enemigo político y se lo separaba, se lo excluía de la vida. Había, a no dudarlo, una necesidad de fomentar un pensamiento distinto al de Occidente, y eso se podía lograr solamente a través de una presión continua en lo ideológico. ¿No es eso, acaso, lo que hacen los medios propagandísticos del capitalismo? No lo pensamos, pero ¿cuántas veces por día nos llega, por ejemplo, la publicidad de la Coca-Cola? ¿No es eso también una forma —alegre si se quiere— de adoctrinamiento?

Es muy fácil decir que allí había “lavado de cerebro”, adoctrinamiento continuo y se imponían las ideas con violencia, con un trépano, mientras en las potencias capitalistas de Occidente se daba la más completa libertad. Eso no es así para nada. Como dijo alguien socarronamente: la única libertad que hay en Estados Unidos es una estatua, de origen francés, por cierto, que se levanta en el puerto de Nueva York. De ahí, solo la ilusión de la libertad. El que no consume a lo loco y no repite esos sacrosantos valores es un hippie o un comunista. O también se le puede decir terrorista o desadaptado. Allí la gente está más adoctrinada, manejada, manipulada y conducida que en ningún otro lugar, aunque no sea consciente de ello.

Habiendo conocido ambas experiencias ,puedo decir, sin el más mínimo temor a equivocarme, que en los países capitalistas el manejo, la manipulación ideológica, es similar, o incluso más profunda que en el “reino del mal”, como nos llamaban, esos lugares oscuros, tristes, apagados, según la prensa occidental. Sucede, sin embargo, que esa tremenda manipulación está hecha con más sutileza y existe desde hace siglos, por lo que sus valores son los normalizados. Nadie se detiene a discutirlos. Allí no se debe cambiar la forma de pensar porque desde hace muchísimos años la cultura capitalista —el consumismo desenfrenado, por ejemplo— está instalada. Sin embargo, el reforzamiento constante de esa forma de pensar es total, alevoso.

Esa ideología del consumo, de la felicidad garantizada con la adquisición de bienes materiales, esa cultura de la despreocupación por el otro y de centrarse en uno mismo, con un individualismo atroz que permite ver solo la punta de su propia nariz sin considerar que junto a mí hay un mundo de gente, probablemente con problemas y necesidades, todo eso ya está metido en las cabezas de la gente. Por eso pasa por tan natural, tan normal. Como, por ejemplo, el racismo, esa loca idea de superioridad que anida en todas las sociedades opulentas del Norte.

¿Sabían, por ejemplo, que durante la pandemia de Covid-19, un país ultracapitalista como Canadá acumuló seis veces más de vacunas necesarias para su población, mientras que en el Sur famélico y olvidado, en muchos países solo se recibió una dosis, en tanto que Cuba, pese al bloqueo que sufre, solidariamente entregó miles de vacunas de fabricación propia, muy eficientes, por cierto, a precios bajos o como donación?

Los españoles, por ejemplo, que hoy constituyen uno de los países capitalistas más pobres de Europa, miembros de los llamados PIGS, cerdos (véase qué asquerosidad racista y supremacista la de los anglosajones), siguen sintiéndose dueños honorarios de Latinoamérica, donde fueron a llevar “progreso”. ¡Qué dislate tremendo! Pues bien: así se sigue pensando en el norte del mundo. ¿Civilizados? ¡Por favor!

En los países socialistas, por el contrario, el proyecto era construir una nueva manera de relacionarnos, de concebir las cosas y concebir al otro, de hacer sociedad, de establecer algo más popular, comunitario. La vez pasada leí por ahí declaraciones de la que fuera primera ministra del Reino Unido, la inglesa Margaret Thatcher, y me parecieron espantosas. Decía que no hay sociedad, que solo existen hombres y mujeres independientes, que se relacionan para buscar cada quien su mejor pasar. ¡Lo sentí terrible! Una invocación al individualismo más feroz. En otros términos: para lograr algo solo vale el esfuerzo personal, y si para ello hay que pisarle la cabeza al otro, pues hagámoslo.

Ya que mencioné a este país, vale hacer una consideración sobre esa tan cacareada democracia de la que allí se habla. En realidad, eso es un disparate, una imbecilidad total. Esa democracia es solo ir a votar cada cierto tiempo y nada más. La población solo elige al administrador de turno; las decisiones importantes se toman de espaldas al público; las toma un pequeño puñado de ultrarricos que deciden todo. ¿Quién decide las guerras o el precio del petróleo? ¿Quién decide qué país puede tener armas nucleares y quién no? La gente con su voto, seguro que no. Y algo tragicómico: ¿de qué democracia puede hablar un país como Inglaterra, siendo una monarquía hereditaria, con una casa real parásita que vive con lujos increíbles, sufragados por sus súbditos? Y además de eso, con ultrajantes colonias en todos los continentes. ¡Qué espanto!

Después de vivir varios años en algunos de estos países que llamamos “prósperos”, veo la mentira en juego. Hay unas pocas naciones realmente prósperas, mientras la inmensa mayoría de países del mundo, también capitalistas, viven en la mayor pobreza. En las que se llaman potencias, o también metrópolis, hay abundancia, sin dudas. Aunque nunca hay que olvidar que a partir del saqueo de otros. ¿Sabían que en Francia, por ejemplo, buena parte de la electricidad que se consume, como un 70%, proviene de centrales nucleares que funcionan con uranio, que saca de Nigeria a precio de regalo, mientras que en el país africano solo el 15% de su población dispone de energía eléctrica?

Pero también en ese llamado Primer Mundo se dan innumerables problemas: hay pobres, siempre recluidos en barriadas marginalizadas, hay mucho consumo de drogas, habitantes del Tercer Mundo trabajando como irregulares haciendo los peores trabajos, siempre mal pagados y despreciados por el repugnante racismo. Y lo peor: hay un monstruoso bombardeo de publicidad, muy bien hecha, que lleva a que la gente solo piense en consumir, midiendo su éxito por la cantidad de bienes materiales que tiene. No debemos olvidar nunca que para que en algunos países, unos pocos, la gente sufra de obesidad, en muchísimos otros, la gente pasa hambre. Esa es la desigual balanza del mundo tal como está ahora. ¿Será ese el pregonado triunfo del capitalismo?

Luego de haber conocido ambos sistemas, me doy cuenta de que el capitalismo tiene infinitamente más problemas e injusticias que el socialismo. Tengo que reconocerlo: hipnotizado por los cantos de sirena del consumismo, por las luminarias y oropeles que nos cautivaron durante un tiempo, salí huyendo de mi país de origen. No me siento un desertor porque, en realidad, no lo soy, pero sí alguien que quedó embelesado por un espejismo. Ese espejismo se mantiene a base de explotación, de la sangre de muchos habitantes del Sur, de un supremacismo aberrante.

Estuve solo ocasionalmente en países capitalistas pobres, como turista. De esa forma, no se conoce mucho. Pero sí lo suficiente para ver que allí las cosas son muchísimo peores que en los llamados desarrollados. Me dejaron impresionado esas interminables barriadas pobres, con casitas precarias, sin servicios mínimos, con población harapienta, niños descalzos pidiendo en los semáforos, basura por todos lados, y también policías y soldados custodiando. Sinceramente, me espantó. En países socialistas jamás se vio una cosa así.

El socialismo que yo conocí tenía problemas; no se puede negar. Pero definitivamente: muchísimos menos que la porquería de países capitalistas ricos donde viví por años, hasta que me fui dando cuenta de que eso de la democracia, la libertad, los derechos humanos y la prosperidad son solo palabras para la publicidad.