No puede decirse que esto ocurrió hace mucho tiempo, pues ocurrió antes del tiempo. En el siglo XVI, Fiorella León, monja devota de San Remo, Italia, descubrió la historia y la divulgó; la Santa Iglesia dijo que se trataba de las herejías de una bruja y la quemó viva. En el siglo XVIII, Ignacia de Suárez, conocida como Nachita Bendita, desenterró la historia y, por miedo a correr la suerte de Fiorella, la disfrazó de cuento. A pesar de sus precauciones, lo más ortodoxo de la Iglesia vio en ello una amenaza y, luego de quemar todos sus pergaminos, la encarceló de por vida. La historia se enterró, sólo la descendencia de las brujas pudo recordarla.
Antes del tiempo, escribió Nachita, hubo un lugar inhóspito adornado por gigantes verdes, frutos de dragón, perros con alas, campos de tulipanes rosa, azul y lavanda, manantiales infinitos, pechos terrestres, volcanes de luciérnagas, caballos color rosa y cisnes luminosos en donde vivían los herederos del barro. La armonía y la paz reinaban en esta tierra, un suelo fértil que no tenía nombre, linderos o fronteras. Su tierra estaba dividida en dos: aquella que pisaban y aquella que se elevaba, que no podían tocar. Los habitantes de esta tierra, aunque andaban como los cuadrúpedos, podían pensar, vivían en un estado de calma permanente. Se agolpaban en el campo de tulipanes para mirar la tierra elevada, escuchar el canto de los colibríes, compartir la comida que las ardillas les servían, contar las liebres, limpiar sus casas hechas de pluma, hacer vasijas para almacenar el agua y, cuando esta endurecía, tallar figuras de agua dura. Nunca, bajo ninguna circunstancia, rompían esos rituales sagrados.
Un par de liebres después, tras ver una ardilla correr, una hija del barro se preguntó: "¿de dónde viene la comida que traen las ardillas?, ¿a dónde van ellas mientras nosotros permanecemos en el campo abierto?". Esperó a que nadie la viera y fue tras la ardilla. Y así fue que sucedió. Ingresó campo abajo corriendo, sin mirar atrás, como si al hacerlo fuera a convertirse en piedra; persiguió a la ardilla hasta que el canto de los colibríes desapareció, avanzó lo suficiente para alejarse de todo, por primera vez sintió una espera que la mortificaba, el presentimiento de que algo llegaría, sin saber qué, ni cómo o cuándo.
Estuvo así durante media liebre, luego analizó ese sentimiento y, al entenderlo, volvió a la quietud en la que vivía a diario. La toma de conciencia la llevó a querer seguir en la exploración. Entonces, se cuestionó la existencia de todas las cosas: de los gigantes verdes, los tulipanes de colores, las ardillas, la tierra elevada, los cisnes luminosos, los frutos de dragón, el agua dura, los pechos terrestres, los volcanes de luciérnagas y de todas aquellas cosas que había ignorado.
Decidió quedarse ahí, se sentó y en medio de esas reflexiones se dispuso a quedarse hasta que algo pasara. Esperó una liebre, nada; esperó dos liebres más, nada; esperó hasta cinco liebres y nada. Cansada por las largas liebres estaba a punto de irse, cuando notó que la tierra elevada empezaba a cambiar, el verde se hacía cada vez más tenue, unos visos rojos brotaban de este, se hicieron más gruesos, más fuertes y se tornaron cafés. El café se hizo más oscuro y fue degradándose hasta convertirse en negro.
El negro se extendió hasta hacerse ceguera espesa. Desesperada por no ver nada, se acercó al negro y lo rascó con las uñas, hizo un agujero que dejaba entrar un hilo de luz blanca, lo rascó un poco más y lo agrandó lo suficiente para que entrara la luz. Luego limpió con sus manos el negro de la tierra elevada hasta que este se tornó azul oscuro. La luz blanca que dejaba pasar el agujero alumbraba sobre todas las cosas que la rodeaban, la hermosura de ese momento la sustrajo… Cuando volvió en sí, se preguntó: "¿qué ha pasado?, ¿qué he hecho?, ¿cuántas liebres he estado aquí?".
De regreso en el campo abierto encontró a los habitantes corriendo de un lado a otro, hablando al tiempo sin escuchar, haciendo círculos sobre la tierra, cuestionando a las ardillas, mordiéndose los dedos, deshojando tulipanes y persiguiendo a los cisnes luminosos. No entendían por qué su mundo perfecto había cambiado. Ella les explicó lo que había pasado, les contó cómo la ardilla la llevó a descubrir lo que había más allá del campo abierto, y cómo la tierra elevada se había transformado. Les dijo que había decidido llamar a la tierra elevada Cielo y al agujero blanco Luna, y que en adelante no tendrían que perseguir liebres para saber el paso del tiempo, pues ahora ellos (el Cielo y la Luna) se los dirían.
Los hijos del barro empezaron a sentir algo extraño en su cuerpo. Una sensación que aceleraba sus movimientos, les obligaba a tensar el cuerpo y morder los dientes, un deseo brusco que enrojecía sus ojos. Todo eso quería salir, ¡salir y tomar cuerpo en la destrucción! ¿Cielo?, ¿Luna?, ¿tiempo nuevo?, ¿campo abajo? Esos conceptos les parecían incomprensibles e innecesarios, ellos estaban bien como antes, nunca habían querido que su tierra cambiara, ni mucho menos salir del campo abierto. Las hijas del barro también estaban confundidas, pero a diferencia de ellos, no sentían esa brusquedad ni esa tensión latente. Ellas sentían una necesidad imperiosa de entender lo nuevo, miraban extasiadas la nueva tierra elevada y repetían: cielo, cielo, cielo… luego sonreían al ver esa cosa que ella llamaba Luna. En ese momento, las hijas del barro dejaron de andar en cuatro patas y enderezaron su postura.
Los hijos del barro llevados por la tensión del cuerpo se volcaron sobre ellas, las tumbaron sobre el campo de tulipanes y les incrustaron las figuras de agua dura en el pecho, el filo cortó su piel y derramó su linaje, que presuroso se extendió sobre el campo abierto y tiñó la tierra de color púrpura. No quedó ninguna hija viva y tras un par de lunas los hijos del barro se extinguieron.
Con el pasar de los siglos una nueva generación surgió. Sin saberlo, continuaron su descendencia y adoraron al cielo y a la luna. Pero la luna, que nunca olvidó a sus hijas, les envió terrores y pesadillas cada noche.















