En el marco de mi residencia de investigación en el Instituto ISLA de Antofagasta —espacio dedicado a las prácticas artísticas, territoriales y de investigación crítica en el norte de Chile— conocí a Angélica Cid Rubio, integrante de Mariposas Sin Fronteras, una organización comunitaria que acompaña a mujeres migrantes y trabajadoras sexuales en situaciones de vulnerabilidad social en el norte de Chile. A partir de distintos encuentros y conversaciones comenzamos a reflexionar sobre las experiencias de migración, trabajo, supervivencia y redes de cuidado construidas en un territorio profundamente atravesado por las dinámicas extractivistas, las fronteras y el desplazamiento humano.
Hablar con Angélica Cid Rubio es acercarse a una historia donde migración, trabajo y cuidado aparecen profundamente entrelazados.
Desde Mariposas Sin Fronteras, organización que acompaña a trabajadoras sexuales migrantes desde la asistencia cotidiana, la escucha y la defensa de derechos básicos, Angélica ha construido una práctica de cuidado sostenida por su propia experiencia de vida y por años de trabajo territorial junto a mujeres en contextos de exclusión.
Hija de Agustina Rubio, quien ayudaba a niñas explotadas como servidumbre en casas de familias acomodadas, creció viendo cómo la solidaridad podía convertirse en una forma de resistencia. Su madre, atravesada también por la violencia ejercida por un marido marcado por el alcohol, le dejó una enseñanza que acompañaría toda su vida: “Sé libre. Corre por lo que quieras hacer y ayuda siempre a otras mujeres, como otras me ayudaron a mí”.
Nacida el 25 de diciembre de 1961, Angélica recuerda haber sido “los ojitos caros” de su madre. Su historia también estuvo marcada por múltiples violencias, trabajos precarios y largos años de supervivencia. Bailó, hizo doblajes imitando a Yuri, trabajó como garzona, lavó copas y limpió baños de boliches mientras criaba y educaba a sus hijos.
Hoy, esa memoria personal se transforma en acción colectiva. En esta conversación Angélica Cid reflexiona sobre su propia trayectoria, las formas de comunidad que emergen en contextos de exclusión y el trabajo cotidiano de acompañar a mujeres migrantes y trabajadoras sexuales en el norte de Chile, allí donde muchas veces no hay quien sostenga y son las propias redes entre mujeres las que construyen refugio.
En tu historia aparece muy fuerte la idea de supervivencia. ¿En qué momento sentiste que esa experiencia personal podía transformarse también en una forma de organización colectiva?
Creo que sucede cuando una entiende que lo que le pasó no es individual. Aunque yo no soy migrante, crecí viendo distintas formas de precariedad, violencia y abandono, y con el tiempo entendí que muchas de esas experiencias se profundizan todavía más en mujeres migrantes y trabajadoras sexuales.
Al principio una intenta sobrevivir sola, resolviendo lo urgente, sosteniendo la vida cotidiana como puede. Pero después empiezas a ver que las otras mujeres están atravesadas por los mismos miedos, las mismas exclusiones y las mismas violencias estructurales.
En el caso de muchas trabajadoras sexuales migrantes, además aparecen el abuso policial, el racismo, la discriminación y la invisibilización institucional. Ahí comprendí que la supervivencia no podía ser solamente individual. Porque una mujer sola resiste, pero muchas mujeres juntas pueden construir otra realidad.
En Antofagasta, durante los años más duros de la pandemia, muchas mujeres migrantes y trabajadoras sexuales quedaron completamente desprotegidas. Ahí empezamos a organizarnos desde lo comunitario: ollas comunes, redes de alimentación, acompañamiento y espacios de cuidado mutuo. Mariposas Sin Fronteras fue creciendo desde esa experiencia concreta de supervivencia colectiva.
Mariposas Sin Fronteras nace justamente desde esa necesidad: transformar el miedo y la precariedad en una red colectiva de apoyo, dignidad y organización.
Muchas veces se habla de migración desde cifras o discursos. Desde tu experiencia, ¿qué significa realmente migrar para las mujeres que ustedes acompañan?
Acompañando a mujeres migrantes entendí que migrar no es solamente cambiar de país. Muchas veces significa dejar atrás hijos, vínculos, idioma, historias y formas enteras de pertenencia.
Muchas mujeres llegan atravesadas por experiencias de violencia, pobreza o abandono, y cuando cruzan la frontera no termina el sufrimiento: comienza otra lucha. La migración femenina está profundamente atravesada por el cuidado. Son mujeres que migran para sostener económicamente a sus familias, alimentar hijos que quedaron lejos o cuidar a otras personas en los países de destino.
Pero además, en el caso de muchas trabajadoras sexuales migrantes, migrar implica vivir bajo condiciones permanentes de vulnerabilidad. Muchas veces encuentran explotación laboral, violencia institucional, racismo y una enorme invisibilización social.
Muchas mujeres sobreviven en condiciones muy precarias, viviendo en campamentos o sosteniéndose desde economías informales mientras intentan reconstruir sus vidas lejos de sus territorios de origen.
Migrar también significa cargar emocionalmente con muchas vidas al mismo tiempo mientras una intenta sobrevivir en territorios donde constantemente debe demostrar que merece existir.
Has dicho que “migrar también es sostener la vida de otras personas”. ¿Cómo aparece el cuidado dentro de las redes que construyen entre mujeres?
El cuidado aparece todos los días. Aparece cuando una mujer recién llegada necesita comida, un lugar donde dormir o alguien que la acompañe a hacer un trámite. Pero también aparece en dimensiones más profundas: escuchar a otra mujer llorar porque extraña a sus hijos, acompañarla después de una situación de violencia o ayudarla a recuperar confianza en sí misma.
Entre trabajadoras sexuales migrantes el cuidado también tiene que ver con la protección cotidiana. Nos avisamos sobre situaciones de riesgo, compartimos información, acompañamos a compañeras a hospitales o instituciones y tratamos de que ninguna quede completamente sola.
Durante la pandemia eso se volvió todavía más evidente. Muchas veces las propias organizaciones territoriales y las redes entre mujeres fueron las únicas que sostuvieron alimentación, medicamentos, contención emocional y ayuda cotidiana en campamentos y barrios populares.
Entendemos el cuidado no como algo asistencial, sino como una práctica política. Porque en contextos donde el Estado muchas veces no llega, son las propias mujeres quienes sostienen la vida cotidiana de otras mujeres.
Las redes comunitarias terminan convirtiéndose en una forma de familia construida desde la experiencia compartida.
¿Cómo trabaja Mariposas Sin Fronteras frente a situaciones de abandono institucional, violencia o vulneración de derechos?
Lo primero es no dejar sola a la persona. Muchas veces las mujeres llegan después de haber sido ignoradas, perseguidas o maltratadas institucionalmente, entonces lo primero es reconstruir confianza.
En muchos casos trabajamos con mujeres que además viven en condiciones habitacionales muy precarias, donde la vulnerabilidad se profundiza todavía más por la falta de acceso a servicios básicos, salud y protección institucional.
Trabajamos acompañando procesos concretos: acceso a salud, regularización migratoria, denuncias por violencia, alimentación, vivienda y contención emocional. También orientamos a las mujeres frente a situaciones de explotación, abuso o vulneración de derechos.
Además, desarrollamos espacios de cuidado integral porque muchas compañeras viven altos niveles de desgaste físico, emocional y psicológico. Entendemos que el bienestar también forma parte de la defensa de derechos.
Pero además de responder a las urgencias, buscamos generar herramientas para que las mujeres puedan recuperar autonomía y fortalecer su capacidad de organización colectiva.
¿Qué lugar ocupa la escucha en el trabajo comunitario que realizan cotidianamente?
La escucha es fundamental. Muchas mujeres migrantes y trabajadoras sexuales pasan años sin sentirse realmente escuchadas. Todo el tiempo alguien les dice cómo deben vivir, cómo deben comportarse o cómo deben sobrevivir, pero pocas veces alguien se detiene a escuchar lo que sienten o necesitan.
Escuchar también es reconocer humanidad. Es decirle a otra persona: “tu historia importa”. Y cuando una mujer siente que puede hablar sin miedo ni vergüenza, empieza a reconstruirse algo muy profundo.
La escucha crea comunidad porque rompe el aislamiento. Y muchas veces el aislamiento es una de las formas más fuertes de violencia.
En contextos de migración, precariedad y exclusión, ser escuchada también puede convertirse en una forma de recuperar dignidad y volver a sentirse parte de una comunidad.
¿Qué apoyos concretos necesitan hoy las organizaciones comunitarias que sostienen redes de cuidado entre mujeres migrantes?
Necesitamos apoyo real y sostenido, no solamente discursos. Las organizaciones comunitarias trabajan con un enorme desgaste emocional y material. Hace falta financiamiento, espacios físicos, apoyo psicológico, asesoramiento jurídico y políticas públicas construidas junto a las comunidades.
Muchas organizaciones nacieron o se fortalecieron durante la pandemia respondiendo a urgencias muy concretas: hambre, violencia, falta de vivienda, abandono sanitario y precarización extrema. Sin embargo, gran parte de ese trabajo sigue dependiendo de la autogestión y del esfuerzo emocional de las propias mujeres.
También necesitamos recursos para sostener espacios de cuidado integral para mujeres migrantes y trabajadoras sexuales: salud, descanso, contención emocional y acompañamiento físico.
Pero además necesitamos reconocimiento. Muchas veces las organizaciones territoriales hacen un trabajo fundamental que termina siendo invisibilizado.
Y algo muy importante: las mujeres migrantes deben ser vistas como personas con experiencia, conocimiento y capacidad de transformar los territorios donde viven.















