Hace unos días fui al consulado chileno en Milán. Una ciudad que dista unas dos horas en tren de donde vivo. Salí temprano de casa y mi idea inicial era caminar desde la estación central al consulado. La distancia es de unos 3 kilómetros en dirección sudoeste, atravesando el centro de la ciudad. El tiempo necesario para el paseo: alrededor de una hora a paso lento. Subí al tren de las 7:31 y me senté mirando en dirección de marcha que seguía el tren.
Delante de mí, se sentó una señora de unos 50 años que hablaba por teléfono. Su rostro era triste y me daba la sensación de preocupación. La miraba sin insistir, intentando que ella no percibiera mi interés y cuando me di cuenta de que se preparaba para bajar en la próxima estación, le dije que “todo va a ir bien” y que la gente se preocupa demasiado por el futuro, algo que no podemos controlar completamente. Ella me sonrió y charlamos por unos pocos minutos y cuando se levantó para bajarse, me saludó, diciendo las mismas palabras que yo le había dicho: “todo va a ir bien”.
Cuando llegué a la estación de Milán, decidí que sería mejor tomar el metro. La línea verde y bajarme en la estación de Cadorna. El riesgo era llegar con anticipación y tener que esperar, lo que para mí no era un problema. La ventaja sería reducir los tiempos y adelantar un poco los trámites. Tenía un libro y quizás habría otras personas con quienes conversar u observar discretamente en el consulado. El recorrido en el metro fue de 5 estaciones y de unos 15 minutos en total. Al salir del metro, hacía sol y la temperatura era agradable. Encontré el lugar sin mayores problemas y con más de una hora de tiempo. Mi cita era para las 12:00. Entré en el consulado y había 4 personas haciendo trámites. Dos hermanas, una de las cuales había perdido su pasaporte, una señora de unos 40 años, que tenía que legalizar un documento, y una señora anciana, nunca descubrí que la llevaba al consulado.
Me presenté, tomaron mis datos y me preguntaron por los documentos que tenía que firmar. Después, sólo tenía que esperar. Los funcionarios del consulado que pude ver eran cinco. Un joven italiano, que hablaba español y que hacía de secretario. Una joven con la cual hablé, la señora con quien había tomado la cita, otro funcionario más y el cónsul. Crucé algunas palabras con las dos hermanas y escuché, más que hablar a la señora anciana, que mezclaba arbitrariamente el español con el italiano. Ella me contó que vivía en Milán desde 1975. Tenía problemas para caminar y usaba un bastón.
La señora, antes de comenzar a hablar conmigo, leía una revista y tomaba notas de las palabras. Después escuché que pedía permiso para llevarse la revista y este, el permiso, le fue concedido. Por la conversación misma pude entender que la señora era conocida por el personal del consulado y que seguramente pasaba por allí con cierta frecuencia. Pensé que probablemente vivía sola y sus visitas eran motivadas por un intento de socializar y pasar algunas horas en compañía. La soledad para algunos es una realidad que hay que afrontar. La señora me hablaba de sí misma y sus cosas. Después tomó otra revista sobre el significado de los colores y me mencionó el verde, que predominaba en mis atuendos.
Antes del mediodía llegó una pareja con un bebé de pocos días, que los padres querían registrar como ciudadano chileno en el consulado. Ellos, con el recién nacido, tenían 4 hijos. 3 varones y una niña. El padre era hijo de madre italiana y vivían a unos 100 kilómetros de Milán, donde, según me dijeron, había pocos chilenos. A las 12:20, los documentos que había presentado estaban firmados y timbrados. La joven funcionaria me explicó cómo mandarlos y me deseó fortuna en mis trámites y abandoné el consulado, saludando a las tres personas adultas que poblaban la sala de espera.
Salí a la calle, rumbo hacia la estación del metro para volver a la estación de trenes y tomar el tren de las 13:20. En el metro pensé en las personas del consulado, en sus trámites, en la persona de 40 años, en las hermanas y en la señora anciana. Mis cálculos fueron que podría llegar a casa unos minutos pasados las 4 de la tarde. Una vez en la estación central, me encaminé hacia el lugar de donde parten los trenes. La ciudad estaba llena de turistas, siendo este el primer martes después del cierre de las olimpiadas invernales.
El tren partía a horario y busqué el andén 22, que está un poco apartado. Me subí al tren y delante de mí encontré a un señor de unos 65 años que me interpeló, diciendo que había tenido que correr para llegar al tren. Por su acento supe inmediatamente que vivíamos en la misma ciudad. Después siguieron varias llamadas telefónicas y no pude dejar de escuchar las conversaciones. No por curiosidad, sino por la voz alta y la cercanía.
Él había ido a Milán para visitar un centro de oncología especializado en sarcomas y comunicaba a sus oyentes que todo había salido bien y que iba a seguir el tratamiento del mejor modo posible. Antes de llegar a la estación, donde nos bajábamos, le dije que no había podido dejar de escuchar sus conversaciones y le repetí la misma frase que le había dicho a la señora en el viaje de ida: “todo va a ir bien”. Él me saludó y me dijo que era optimista de naturaleza y que la vida es más frágil de lo que a menudo pensamos , y estas fueron las frases que me acompañaron de camino a casa.















