Casi es la hora de salida del trabajo. Desde mi escritorio escucho pasos y alzo la mirada para observar, sin detener la vista en nada en especial. Son personas transitando por las escaleras que quedan justo a mis tres (hora militar).
Voy por mi tercer café. El segundo no me gustó tanto, pues me arriesgué a ponerle sirope de almendra, pero me excedí con la cantidad y el resultado en mi paladar fue nefasto.
Escucho el tecleo fuerte que proviene del escritorio de mi jefa, el murmullo de las llamadas de mi compañera de trabajo, los comentarios sobre el fútbol a las seis, la apertura de un sobre plástico de FedEx y mi pierna moverse a ratos de manera ansiosa, sin poder detener el movimiento debajo del escritorio.
Me cuestiono qué quieren transmitir los movimientos involuntarios de mi pierna. ¿Será el cansancio mental que escondo? Hace muchas noches me esfuerzo por crear un ambiente óptimo para poder descansar, pero mi mente, a cien kilómetros por hora, no para de pensar y pensar en todo lo que necesito lograr.
En mi cabeza hay muchos pendientes laborales ahora mismo, pero tengo esa sensación interna que me dice: falta algo más. Y es que vivo pensando y sintiendo que la vida corre, el tiempo no perdona y hay muchas cosas por cumplir, pero siento que voy tarde detrás del tren de las oportunidades, que lleva como pasajera principal a la juventud y como piloto a las fuerzas para llegar a la parada final.
Paradójicamente, hace minutos hablaba con un extraño que estoy conociendo al otro lado del mundo. Un tipo excéntrico y lindo, pero no de esos atractivos que impactan a primera vista; con un peinado rebelde, un tatuaje de colores fuertes y atípico que le recorre el brazo derecho, blanco como quien no conoce los rayos del sol, raro como él solo, pero con una forma de interactuar que refleja un buen corazón o, quizá, un tipo de sabiduría que solo da la vida.
Él me ha contado que lo había alcanzado todo o, al menos, lo que la sociedad te impone tener a cierta edad, pero que un día simplemente se sintió atrapado en su propia casa y decidió venderla y trasladarse a vivir al cuarto que le sobraba en la casa de su mejor amigo, quedándose con la libertad económica que debe representar el valor de una casa en Inglaterra y diciendo que se siente libre y que no necesita trabajar.
Yo me admiro, pero lo oculto. Tantos desearían lograr aquello de lo que él eligió despojarse, y lo analizo queriendo entenderlo y comprender su felicidad en la simpleza de tomar decisiones radicales que te hagan la maleta más ligera, porque en el camino aprendiste a dejar parte del equipaje.
Si él supiera que, mientras vende su casa y no tiene que trabajar, yo me levanto por las mañanas sin ganas, pero sin opción, y trabajo duro para pagar la mía. Mientras él disfruta de las caminatas a cualquier hora, yo tengo días en que no logro ver la luz hasta la hora de salida. Mientras él disfruta de la libertad financiera y del simple hecho de contemplar la vida, yo conduzco intentando tomar el camino más corto para no gastar más gasolina y pienso en cómo ser más productiva para poder cumplir con mis obligaciones económicas, esas que me representan como un adulto funcional y responsable.
Agreguémosle que tengo las crónicas de una mente ansiosa. Intento múltiples cosas, además del caótico mundo interno de carga que ya tengo sobre mis hombros.
Él no sabe que soy ese tipo de mujer que, aunque esté en el piso, se reinventa e intenta mantenerse aún más ocupada para distraerse y dejar de enfocar los pensamientos frustrantes en pasatiempos.
Él no sabe que ya leo cuatro libros en simultáneo; que, cuando conduzco, voy escuchando el quinto en audiolibro; que tomé clases de golf por primera vez y me duele la espalda porque no resultó fácil; que voy al gimnasio casi a diario con un tres por ciento de energía corporal; que intento llegar temprano a casa para acostar a mis hijos; que tengo un libro de crucigramas en el cajón de la oficina; que practico idiomas entre semáforos en rojo; que sirvo en la iglesia cada miércoles y domingo; y que escucho a cada amiga que necesita un café, un hombro o unos consejos que, curiosamente, se me dan muy bien para los demás.
Y que ya tengo planeadas clases de tenis para el próximo sábado, aunque todo eso no sea más que metodologías de distracción para no pensar en mis pequeñas agonías existenciales.
Mientras tanto, yo no recuerdo cuándo fue la última vez que logré dormir profundamente como un niño. Quizá el año pasado, cuando me dio una gripe terrible y tuve que medicarme con un cóctel de barbitúricos para poder combatirla. Junto con eso llegaron los efectos colaterales que me condujeron a un sueño profundo, de esos con los que algunos, después de los treinta, soñamos y no alcanzamos.
Pero ¿qué pasa conmigo? ¿Por qué tengo esta ansiedad?
Evidentemente, tengo muchas responsabilidades, deudas que me ahogan, aunque no permito que me corten la respiración del todo, y pendientes del día a día, como ser mejor madre, prepararles un mejor lunch a los niños para sentir esa satisfacción del deber cumplido que, al final, no sé a quién hace más feliz: a mis hijos, por un mejor cuidado, o a mi ego —o egoísmo— de sentir una mejor maternidad en una competencia conmigo misma.
Pero ¿quién no, a mi edad? ¿Quién no, siendo madre soltera? Siento que es algo que va más allá.
Hay una sensación extraña en querer correr hacia esos objetivos que no llegan en la planilla mensual, sino hacia esos objetivos del alma que aún no tienes completamente definidos, pero de los que tu espíritu te dice que allá afuera hay algo más.
Algo más allá de un horario laboral, de ser buena madre, de intentar ser una mujer que se respete y viva de acuerdo con lo que la sociedad espera.
Siento que hay una voz interna que quiere gritar y no tener que esperar; lanzarse por algo más grande; despertar viviendo en un país extraño, pero con los rayos del sol sobre el césped, una pequeña mesa para dos donde se tome su tiempo para leer y beber café amargo por las mañanas, o quizá una copa de vino en una tarde de sunset.
Quizá un escenario de teatro donde debería estar interpretando una escena dramática; que las lágrimas me salgan con tanta naturalidad porque me creo el papel y se me da.
Tal vez ser la voz en un escenario de mujeres ayudando a mujeres o, quizá, solo despertar de, al fin, un sueño deseado y profundo.
Solo sé que, por momentos, tengo unas ganas desesperadas de llorar sin razón, pero mantengo cautiva esa necesidad, revestida de una sólida armadura de mujer fuerte que lo tiene todo bajo control.
Mientras tanto, terminaré el mail, retiraré las copias, me tomaré el último sorbo de café, cerraré mi laptop y marcaré la salida.
Y, en secreto, me pregunto: ¿qué hay para mí allá afuera?















