Dejar tu país y atreverte a vivir una nueva experiencia en un lugar completamente diferente suena emocionante. Y lo es. Todo es nuevo: los paisajes, los sonidos, las costumbres… incluso tu alma parece vibrar de una manera distinta. Sin embargo, cuando ese sueño es echar raíces en ese nuevo lugar y un día descubres que debes volver atrás, comienzan las preguntas. Te cuestionas si tal vez Dios tenía otros planes para ti, o si simplemente no tomaste las mejores decisiones.

Estos pensamientos han llegado a mí en estos días, en los que me pregunto si hice lo correcto al regresar. A veces imagino qué sería de mi vida si aún estuviera viviendo en Nueva Zelanda. Veo en redes sociales las fotos de las personas que conocí allá, quienes continúan construyendo su vida en esas hermosas tierras, y mi corazón no puede evitar palpitar con nostalgia al recordar la vida que tuve, la gente que conocí y las experiencias que permanecerán para siempre en mi memoria.

Es en esos momentos de nostalgia profunda cuando comprendo algo que antes no había visto con claridad: nunca hice el duelo de dejar Nueva Zelanda. Nunca cerré realmente ese capítulo para poder enfocarme por completo en mi vida aquí, en Colombia.

Cuando tomé la decisión de regresar, lo hice para salvar mi matrimonio. No tenía sentido seguir separados, viviendo cada uno su vida con la incertidumbre de cuánto tiempo más podríamos sostener esa distancia.

Muchas veces pensé que había cometido un error. Que mi vida pertenecía a Nueva Zelanda. Y es que sí… ese país es maravilloso. No solo por sus paisajes imponentes o su diversidad cultural, sino por su gente. Allí, como en pocos lugares, nadie parece preocuparse demasiado por cómo te vistes, de dónde vienes o dónde naciste. Simplemente se permiten ver quién eres en esencia. Y eso es lo que realmente importa.

Nunca me sentí rechazada por no hablar perfectamente el idioma, por ser latinoamericana o por ser colombiana. Porque sí, en muchos lugares del mundo te tratan distinto por el simple hecho de haber nacido en este país.

Además, vivir en Nueva Zelanda no era solo mi sueño. Era un sueño compartido con mi esposo. Durante y después de la pandemia, él atravesó momentos de mucho estrés en su trabajo. Recuerdo que muchas veces me decía que daría lo que fuera por tener una vida más tranquila, como la que había experimentado años atrás cuando trabajó como administrador de hotel en Australia.

Yo también soñaba con eso: con vivir en un lugar tranquilo, seguro, donde simplemente pudiéramos ser.

Mientras yo seguía estudiando y preparando el camino para cambiar mi estatus de visa, las cosas en la empresa donde trabaja mi esposo empezaron a mejorar. Hubo cambios internos que hicieron más llevaderos los procesos y poco a poco todo comenzó a organizarse. A esto se sumó que él estaba atravesando momentos de ansiedad y otros malestares asociados a la soledad.

Porque si para mí todo era nuevo —nuevos lugares, nuevas personas, nuevos retos— para él la realidad era distinta. Cada día llegaba al hogar que habíamos construido juntos, rodeado de recuerdos, enfrentándose a una casa silenciosa y a la ausencia de hobbies o actividades que le ayudaran a transitar esa soledad.

Mi refugio fue el crochet. En el tejido encontré una forma de habitar mis tiempos libres, de encontrarme conmigo misma y de sostenerme emocionalmente. Pero sé que para muchos hombres gestionar sus emociones y expresarlas puede ser mucho más difícil.

Con el tiempo comprendí que mi decisión de regresar fue, en gran medida, por él. Aunque también es cierto que estando allá extrañaba profundamente a mi familia, a mi esposo y a mis gatas. Porque así es la vida del migrante: una vida atravesada por la distancia. Siempre con la angustia silenciosa de ver a tus padres envejecer mientras tú estás lejos, con la impotencia de saber que, ante cualquier emergencia, no siempre podrás estar.

Cuando finalmente decidí regresar, faltaba poco para el cumpleaños de mi mamá. Entonces tomamos la decisión de llegar de sorpresa para celebrarlo con ella. Todo sucedió muy rápido. Entre entregar el apartamento donde vivía, vender o regalar las cosas que había comprado y organizar el viaje, no tuve realmente el tiempo para despedirme del país como hubiera querido.

Afortunadamente, en ese momento contaba con una amiga argentina que fue un gran apoyo. Gracias a ella pude organizar muchas cosas, y también fue ella quien propuso que hiciéramos un viaje juntas a Whangarei para despedirnos.

Nuestra amistad se había vuelto muy cercana. Nos conocimos en la escuela y, poco a poco, empezamos a compartir cada vez más tiempo juntas. En los últimos meses, los fines de semana solían ser nuestros: algunas veces tejiendo, otras haciendo picnic en alguna playa, o simplemente preparando empanadas en el apartamento donde yo vivía.

Tuvimos nuestra despedida, pero tanto ella como yo sentimos la ausencia que dejó esa separación. Ella aún no encuentra una amiga con quien compartir como lo hacía conmigo, y yo tampoco encuentro aquí a alguien que me escuche y me hable con tanto amor como ella.

Sé que con el tiempo llegará a su vida una persona con quien pueda compartir incluso más de lo que compartimos nosotras. Mientras tanto, seguimos hablando con frecuencia. Me cuenta sobre sus viajes de fin de semana, sobre su proceso como migrante, y a veces simplemente recordamos aquellos momentos que vivimos juntas. Momentos simples, pero profundamente significativos. Momentos que, sin importar en qué lugar del mundo estemos, siempre seguirán viviendo en nosotras.

Todo esto me recuerda que Dios pone personas maravillosas en tu vida para recordarte su gran amor y reconocer que, a pesar de la distancia, siempre nos tendremos la una a la otra.

De hecho, fue justamente en una de nuestras conversaciones que me di cuenta de que no hice mi duelo. Hablamos de mis emociones, de nuestros recuerdos y nuevamente le agradecí por sus palabras y por escucharme —porque normalmente soy yo quien más habla—. Después de hablar con ella oré. Le di gracias a Dios por haberme permitido vivir esa experiencia y por todo lo bueno y bello que llegó a mi vida gracias a ese viaje.

Porque al final comprendí algo que quizás solo se entiende después de migrar: Hay lugares que nunca dejamos del todo. Se quedan viviendo en nuestra memoria, en nuestras amistades, en nuestras historias… y en esa parte del corazón que aprende, con el tiempo, a habitar más de un país a la vez.