Durante el tiempo que he dedicado a mi emprendimiento, he tenido que aprender —a veces a la fuerza— a administrar mejor mi tiempo y a dar prioridad a aquello que realmente aporta a mi negocio y a mi bienestar.
Cuando trabajaba en oficina, mi vida estaba regida por horarios fijos: me levantaba a las 4:00 a. m., salía de casa a las 5:00 y tomaba dos transportes que me llevaban a la oficina para iniciar labores a las 7:00 a. m. Mis días transcurrían entre reuniones, solicitudes de apoyo de colaboradores y una lista interminable de pendientes que intentaba cumplir. Sin embargo, la procrastinación siempre estaba presente.
Postergaba aquellas tareas que me parecían imposibles o mentalmente desgastantes, sobre todo cuando no les encontraba una solución clara. Como consecuencia, terminaba haciéndolo todo a última hora y bajo presión, justo cuando ya había llegado la fecha límite. Más adelante supe que esto tiene nombre: la Ley de Parkinson, que afirma que el trabajo tiende a expandirse hasta ocupar todo el tiempo disponible para realizarse. En otras palabras, aunque una tarea pueda hacerse en menos tiempo, solemos alargarla hasta el límite que nos hemos impuesto.
Este concepto lo aprendí viendo videos y leyendo sobre manejo del tiempo. Porque cuando queremos mejorar algo de nuestra vida, buscamos información y más información con la idea de sentirnos completamente seguros antes de actuar, creyendo que debemos saberlo todo para hacerlo perfecto. Sin embargo, con el tiempo entendí que lo realmente importante es empezar, dar pasos propios y ajustar sobre la marcha.
¿Qué me ayudó a comenzar a optimizar mi tiempo? Rodearme de personas que ya habían pasado por ese proceso y escuchar qué les funcionaba. En el grupo al que pertenezco somos mujeres emprendedoras: algunas con años de experiencia y otras, como yo, iniciando su camino y buscando herramientas para avanzar. De allí aprendí algo fundamental: no podemos hacerlo todo al mismo tiempo; hay que “comerse al mamut, mordisco a mordisco”.
Empecé a visualizarme a largo plazo: cómo sería esa versión futura de mí y qué haría cada mes, cada semana y cada día para lograrlo. Así nació mi primer plan de 90 días: una proyección concreta de cómo quería ver mi emprendimiento en ese período.
Analicé mis ingresos y definí cuánto quería ganar. Comprendí que no bastaba con ofrecer talleres de tejido consciente; necesitaba crear nuevas fuentes de ingreso. Fue entonces cuando empecé a visualizar la creación de patrones para prendas de vestir, pero con un valor agregado: no solo vender un patrón, sino un e-book que acompañe a la persona en un proceso de conexión consigo misma mientras teje. Que ese momento de creación sea también un espacio de calma, escucha interior y disfrute. Una prenda tejida con amor propio.
Al principio, esta idea me generó tranquilidad. Pero cuando comencé a crear el primer e-book, apareció el agobio: el tiempo que implica desarrollarlos es considerable. No quiero replicar lo que abunda en el mercado: patrones generados por inteligencia artificial que, aunque rápidos, muchas veces contienen errores e incoherencias. Mis patrones son creados por mí, probados por mí y acompañados de videos tutoriales. Eso requiere más tiempo, sobre todo al inicio, aunque sé que luego la comercialización me dará mayor libertad.
Aún no termino mi primer patrón, pero tengo la certeza de que será hermoso y de que quienes lo adquieran sentirán la calidez y el amor que hay detrás de cada puntada. Eso es lo que hace diferente a La Hebra Interior: no solo se ofrece un producto, sino una experiencia de autocuidado y conexión emocional.
Muchas de mis clientas son mujeres trabajadoras, madres o amas de casa que viven pensando en las necesidades de los demás, organizando rutinas y cumpliendo responsabilidades, hasta olvidarse de sí mismas. Con La Hebra Interior busco que estas mujeres reconozcan su valor, dondequiera que estén, y se permitan una pausa en un mundo que insiste en que entre más hagas, más productiva eres, y que eso te hace “mejor persona”.
Hoy tengo claros mis no negociables diarios: el ejercicio, la oración y la meditación, además del tiempo que dedico a hablar con mi esposo al final del día. A partir de ahí organizo el resto de mi jornada en bloques: labores del hogar, cocina, jugar con mi perro, leer, avanzar en los patrones y, por supuesto, tejer.
No todos los días logro cumplir con todo lo planeado, pero siempre establezco una prioridad, y esa es a la que apunto. Si lo demás queda pendiente, está bien. Mi emprendimiento es mi prioridad porque es lo que hoy me aporta. A veces no alcanzo a cocinar y debo comprar mi almuerzo; aunque los lunes preparo comida para la semana, hay días en los que simplemente no me apetece lo que ya está listo. También eso es parte del proceso.
Me di cuenta, además, de que gastaba mucho tiempo viendo videos sobre cómo mejorar mi manejo del tiempo. Paradójicamente, en lugar de aplicar lo aprendido, seguía consumiendo más contenido sin pasar a la acción. Hasta que un día decidí dejar de buscar nuevas fórmulas y empezar a aplicar lo que ya tenía claro.
Sigo en este camino, aprendiendo a conocerme mejor: descubriendo en qué horas soy más productiva, cuándo prefiero tejer mientras veo una serie y cuándo necesito silencio para crear. Muchas veces buscamos herramientas afuera, pero no siempre deben aplicarse exactamente como otros las proponen. El verdadero truco está en conocernos a nosotros mismos para saber qué hacer, cuándo hacerlo y de qué manera nos funciona mejor. Y por supuesto, tomarnos nuestro tiempo de pausa y calma.
He aprendido que es en la pausa y en la quietud donde nacen las mejores ideas. Hoy te invito a regalarte ese momento de silencio en el que corazón y mente se encuentran, para escuchar tus emociones y permitirte, simplemente, ser.















