Almudena Grandes, quien nos dejó hace ya cinco años, publicó una gran cantidad de obras maravillosas que harán que siga viviendo por siempre entre sus lectores. De entre todas ellas, que bien merecerían importantes menciones, Los aires difíciles es la que en esta ocasión despierta el interés por dar vida a un personaje con un pasado singular.

Sara Gómez ha vivido en el seno de una familia acomodada del barrio de Salamanca: una buena educación, relaciones con la flor y nata, los caprichos de un nivel adquisitivo alto y elevadas expectativas de futuro.

Pero los domingos debe ir a ver a su verdadera familia: un matrimonio con varios hijos, residentes en un barrio obrero de la capital, que llegan justos a fin de mes, con quienes no comparte intereses ni afectos. La una los mira con superioridad y los otros con recelo.

La madre había vuelto a quedarse embarazada y al padre lo habían cogido preso; en casa, otras tantas bocas a las que alimentar. Movida por la compasión y el deseo frustrado de no haber sido madre, la señora para la que sirve se ofrece a cuidar de la nueva criatura hasta que se haga una mujer.

De modo que el espejismo que era la realidad de Sara se desvanece cuando, al cumplir los 18, es expulsada de su vida y arrojada a la fuerza a los brazos de quienes son desconocidos absolutos.

Hace poco, se emitió por televisión una entrevista a Fernando Tejero y no pude por más que recordar este libro. Y es que lo que el actor cuenta es la misma historia: con nueve meses su madre enfermó, motivo por el que fue a pasar una temporada a casa de su tía abuela. Una temporada que se fue alargando con eso de «déjame al niño unos días más», hasta que cumplió los 14 años. La tía muere y ha de regresar al hogar del que nunca había formado parte.

La trama de Almudena Grandes causa cierta extrañeza por lo anómalo y complejo de asimilar. Escuchar ahora a Fernando Tejero me reconforta, porque yo viví una historia igual.

He llevado conmigo a lo largo de toda mi existencia una rareza que me ha definido por encima de todo, sabiéndome un caso extraño como el que no había oído antes; hoy sé que, pese a lo peculiar, no soy la única, que ha habido otros que han pasado por lo mismo, que se habrán sentido como yo. Y es que no se trata de los padres que dejan al hijo al cuidado de un familiar mientras van a trabajar; son los padres que, simplemente, dejan al hijo al cuidado de un familiar.

Los argumentos que conducen a tomar una decisión así serán diversos y justificados desde el lugar del adulto que se ve abocado a ello. No obstante, en el niño causa una gran confusión, sentimiento de abandono y trauma, que arrastrará con él a lo largo de su vida, pudiendo superarlo o no. Porque al principio se experimenta como algo normal, dado que no has conocido otra cosa. Pero en algún momento, a la vez que vas creciendo, comienzas a cuestionar tus circunstancias y a llenar el pecho con un gran vacío provocado por las preguntas sin respuesta.

Tejero hablaba de las amenazas de su tía cuando, a sus ojos, no hacía lo correcto: «te vas con tus padres». Como si alguna vez hubiese estado en su mano esa elección. Y enseñaba una foto con una ristra de chiquillos hermanos suyos, en la que todos vestían igual, excepto él.

No encajar en ningún sitio.

Sin embargo, esos tíos serían la única familia que él conocería (al igual que me sucediera a mí), mientras que los parientes, a los que biológicamente estaba unido, eran auténticos desconocidos. Se trata de unos parientes que hacen las veces de padres, sin serlo y sin faltarte estos, que te cuidan y quieren como si fueras suyo. Para ellos, eres como su hijo, aunque sin serlo; para ti, son como tus padres, a sabiendas de que los auténticos son otros, con los que no has perdido el contacto.

Es como estar en tierra de nadie. Vivir una vida que no se ha elegido. Vagar en un limbo permanente. Habitar en mundos paralelos.

Al igual que le pasara a Sara Gómez, y quizás también a Fernando Tejero, un día despiertas para ser consciente de que hay una familia, que es la tuya, de la que no sabes absolutamente nada: no hay anécdotas que rememorar ni tiempo para recuperar lo que no se tuvo. No hay fotos ni recuerdos de un pasado común.

Se transita por una constante dicotomía: el amor y el odio indiscriminados, según el momento. La gratitud y el anhelo.

Opinan los psicólogos acerca del mensaje inconsciente que el niño recibe: falta de valía e incapacidad para despertar suficiente afecto en el otro. Habrá sido el hermano que queda fuera del círculo familiar, el no elegido.

Cuando se ha estado en ese lugar, con frecuencia, se te suele recordar lo afortunado que eres por tener dos familias: en una eres un extraño; en la otra, el hijo prestado. ¿Sientes acaso que perteneces a alguna?

La infancia y la adolescencia son las épocas en las que se experimenta mayor estrés. Comienza a conformarse la personalidad y aún no se dispone de las estrategias para enfrentarse al mundo y salir indemne. De ahí que las experiencias traumáticas le van afectando, considerablemente, generando una herida narcisista que a duras penas podrá afrontar.

La repercusión directa será una baja autoestima y grandes dificultades en las relaciones sociales y afectivas, en las que permanecerá siempre latente el miedo a no ser querido.

Muchas veces, como humanos que somos, tomamos decisiones sin calibrar las consecuencias. Probablemente, un padre al uso nunca quiera dañar a su hijo, pero, inevitablemente, se darán situaciones de las que pueda salir maltrecho, muy a su pesar.

Ya convertidos en adultos, cargamos con nuestros errores y con los errores heredados, y puede resultar difícil desprendernos del dolor y la incomprensión padecidos, hasta el punto de que siguen haciendo mella en lo nuevo que nos falta por vivir.

Por ello, el trabajo de reparación pasa por reconocer al niño herido que ha tenido que pasar gran parte de su vida respondiendo a la pregunta «¿Y tú por qué no vives con tus padres?». Cuando él tampoco tenía la respuesta.

E integrar ese episodio, dentro de su línea vital, asumiendo que los adultos de su vida no supieron encontrar el modo de protegerle, o que hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían.

Y, por encima de todo, no perder de vista las acertadas palabras de Séneca:

Para ser felices se necesita eliminar dos cosas, el temor de un mal futuro y el recuerdo de un mal pasado.