No sé los millennials, pero en la generación de nuestros padres para atrás era muy frecuente la amenaza con el viejo de la bolsa. Recuerdo a mi abuela materna asustando con la policía a mi primo más chico, a quien cuidaba cuando mi tía trabajaba. Tanto era así que, cuando él veía un patrullero, se escondía rápidamente para que no lo vieran. Mi tía siempre la retaba por motivos obvios para nuestra forma de ver el mundo.

En Temperley, al fondo, al lado del barrio de mi familia, hay una gran comunidad gitana y a mi tía la asustaban con ellos: si se portaba mal, una gitana se la iba a llevar y no iba a volver nunca más. ¿O por qué se pensaba que las mujeres llevaban esas polleras grandes y hasta el piso? De adolescente se dio cuenta de que era mentira, después de haberse pasado una infancia tratando de ver dentro de las polleras acampanadas si había algún niño robado.

Me fascina cómo se va deformando una historia, la manera en que algo se convierte en una leyenda urbana, cómo se alimenta la imaginación y termina en imágenes tan poco coherentes como una mujer con su pollera-cárcel tomándose un bondi en la estación. La forma en que se trata de manipular a un niño y, en este caso, cómo se contribuye a la discriminación de una comunidad.

Pero nunca había relacionado este cuento con robos de niños reales, secuestros, pedofilia y cosas tan aberrantes y normalizadas.

Estados Unidos

Albert Fish fue un asesino serial de niños de principios de siglo. En 1936 fue condenado a la silla eléctrica después de ser encontrado culpable de asesinar y comer a Grace Budd, de diez años, en 1928. Se le adjudican alrededor de cien secuestros, torturas, asesinatos y actos de canibalismo. Tres esposas, un par de hijos, orfanatos y una carta enviada a la madre de Grace contándole lo deliciosa que estaba su hija, a la cual —según él— no violó.

En cuanto al viejo, hay de todo menos una bolsa. Su modo de operar era convencer a los niños de que lo acompañaran a hacer alguna cosa relacionada con donde vivían: por ejemplo, recolectar flores o hierbas, para llevarlos engañados a una casa abandonada que ya había divisado y comenzar allí la tortura.

España

En 1911, en Gádor, Andalucía, Francisco Ortega tenía tuberculosis y por eso le pide ayuda a Agustina Rodríguez y a Francisco Leona: la primera, curandera; el segundo, barbero. Este le indica a Ortega que, para curarse, debe tomar sangre de niño. Secuestran y torturan a Bernardo Gómez Parra, de siete años. No solo toman la sangre, sino que también le sacan grasa —no puedo imaginarme cómo hacerlo— para ponerse en el pecho.

Hay un cuarto implicado: Julio Hernández, a quien apodaban “el Tonto”. Él los delató por no haber recibido el pago prometido. Fue quien secuestró al niño.

Tampoco hay rastros de bolsas.

Argentina

Hay un caso anterior a los ya mencionados, y acontece en nuestra gran tierra a finales del siglo XIX.

En 1896, en un basural, se encuentra una bolsa que contenía una parte del cuerpo de un recién nacido. Investigan y encuentran más partes, una de ellas el cráneo fracturado. Dos años después, ocurre lo mismo. Esta vez, dentro de la bolsa, también encuentran semillas de anís. Es por eso que empiezan a investigar a migrantes —era muy común entre genoveses y españoles llevar dichas semillas encima, aunque no encontré la causa, así que puede ser puro prejuicio— y a personas pobres, porque la bolsa estaba llena de parches. También interrogan a los carreros, quienes continuamente estaban en contacto con los basurales.

Es entonces cuando la policía recibe la noticia de una familia que vive con ropas de luto en el barrio de Retiro. Que las hijas un día estaban embarazadas y al siguiente ya no.

Cayetano Grossi era italiano y carrero. Casado en segundas nupcias con Rosa Ponce de Nicola, tenía tres hijas y con ella tuvo tres hijos más. En Italia había dejado otros dos.

La policía irrumpió en la casa y encontró el cuerpo de un bebé sin vida. Cayetano dice que era de su hijo varón, que uno de los encontrados en el basural había nacido muerto. Esa noche, su esposa y una de sus hijas confiesan que el hombre abusaba de ellas. Nunca admitió haber violado ni matado a todos. Sin embargo, reconoció haber tenido un hijo y otros cuatro con otra hijastra.

La esposa y sus hijas fueron condenadas a tres años de cárcel por encubrimiento. Cayetano fue fusilado en el año 1900.

Alemania

Existen registros de un juego infantil de 1796 donde todos los niños se enfilan de un lado y uno solo, con una bolsa, del otro. El desafío es pasar de un lado al otro sin que “el hombre de la bolsa” te agarre. Caso contrario, le das la mano y lo ayudas a atrapar a otros niños. Gana quién no fue atrapado.

De más está decir que los casos de asesinos de niños son infinitos, como así también las diferentes versiones del hombre de la bolsa: el viejo, el coco, el cuco, el sacamantecas. Cada época parece inventar el suyo propio. Incluso Damas Gratis tiene su propia versión.