Tiempo
La piedra saltaba de felicidad. Su dicha era su esencia. Saltaba y se movía, sonreía y se movía. Reflexionó sobre su densidad y en la posibilidad de sentirse muy, muy dura por dentro.
Al instante, intentó olvidar que, ebria de entusiasmo, había sentido su estómago explotar de emoción, pero el recuerdo flotaba en su memoria sin desvanecerse.
Mientras tanto, el viento comenzó a acariciarla y, ululando, le dijo lo que quería decir. —¿Cómo estás? —preguntó con su voz silbante. —Mejor imposible —respondió la piedra y, sin más preámbulos, comenzó una perorata de historias y embustes. Hablaba sin cesar sobre su origen y destino.
Le contó al viento que, el 12 de julio de aquel año, el sol la había acariciado de día y abandonado de noche, que la fría luna había tenido la bondad de llenarla de sombras en la madrugada y que, para no alargar la historia, había vivido circunstancias bastante curiosas.
Confesó, sin más rodeos, que estaba acostumbrada a no ver otras piedras y que ella misma se había nombrado así porque una lagartija, en uno de sus periplos, le había dicho que lo era. Es decir, sabía que era una piedra desde hacía apenas unos días.
Tan reciente y tan ajena, pensó. Parecía que llevaba en aquel cañón una eternidad, pero, vaya cosas que había visto. Al pronunciar "mamita querida", pensó en una madre que no tenía. Se preguntó de dónde había salido aquella expresión.
Y continuó con su perorata, cada vez más enrevesada. Hablaba con un acento extraño, como si tuviera una piedra en la boca. Entonces, se le ocurrió preguntarle al viento si la estaba entendiendo, pero este no respondió.
—Igual, lo importante es que me sigas la idea —comentó. —Ser piedra es como venir de Chile pero vivir en México, un chileno en México.
Al instante, reflexionó sobre lo que había dicho y se dio cuenta de que no sabía qué era un mexicano. Se imaginó grandes cantidades de tierra amontonadas en cualquier parte, sobre ella o debajo de ella. No estaba segura si habían estado allí antes que ella o si habían llegado en oleadas migratorias con el viento.
—Fantástico —se dijo—. Ahora ser chileno es como tener una piedra en el estómago.
Pero no sintió nada. Es decir, se sintió hueca, como una piedra vacía. Y, para no alargar el cuento, comenzó a describir paso a paso cómo habían sido sus viajes, los paisajes que había visto, llenos de todo lo que tienen los paisajes: cosas y cosas que llenan los ojos.
Recordó que estaba hablando con el viento, pero no lo sintió. En ese preciso instante, se percató de que estaba lloviendo. Su "panza" comenzó a sonar. Había llegado la hora de la cena. Con el sol en la cúspide, se llenó hasta saciarse.
Sin pronunciar una sola palabra, se sacudió y se quedó dormida. Cuánto sueño, mucho sueño, eones de sueño. Por más que intentó despertar, el letargo maravilloso que le había traído la lluvia hizo que olvidara el cañón, el viento, los chilenos, los mexicanos y al mismo viento.
Así que, cuando abrió los ojos, sorprendida sintió hueco el estómago y pensó que no sabía qué era, dónde se encontraba ni a qué se dedicaba. Pero se sentía cómoda.
Al intentar moverse, entendió que no tenía cómo hacerlo. Quizá había estado sobre aquel montículo de pequeñas cosas amontonadas todo el tiempo imaginable. Y entonces, pensó. Y luego pasó saliva. Sintió el viento frío de la mañana.
En ese preciso instante, llegó una ventisca que por poco la parte en dos. El viento le produjo un mareo enorme, tan grande que hizo que cerrara los ojos y disminuyera su respiración. Ahora solo existía el cañón.
Presencias
Eran más o menos las 7 de la noche. Desde la ventana de mi escritorio podía verse el edificio Buenos Aires, una bellísima construcción que había sido levantada en los tempranos años de la década del 80. Frío altivo, gris, se veía como desdeñoso menospreciaba las precarias edificaciones que le besaban los pies.
Desde mi perspectiva, los pisos primero seguro y tercero se escondían, pero podía observar del quinto al 10 sin problema. Cuando llegaba temprano recorría la calle real hasta llegar a la carrera 8 un bajaba una cuadra hasta entrar al esquema de edificios que componían ese conglomerado.
Dos cuadras más abajo estaba el complejo del Virrey Solis, pero no era comparable en ningún aspecto al Buenos Aires.
Volviendo a las 7 de la noche, viendo desde mi ventana al Buenos Aires observe por segunda ocasión a la mujer de rojo. Al principio, atribuí esa visión al análisis de las otras casas del conglomerado central que, de una u otra manera contaban con habitantes itinerantes. La casa de las ventanas, la casa de la forja, la del aljibe, la de las botellas.
Pensándolo detenidamente la dama de rojo estaba allí. Lo supe cuando recordé al amigo del edificio Santander. Ese amigo me visitó a eso de las 9:30 pm. Habitualmente solo quedábamos Ricardo y yo en la oficina y entonces sentí que Ricardo me llamaba. Me puse en pie porque mi escritorio se ubicaba de frente a la pared del ala sur, caminé y cuando vi a Ricardo le pregunté para que me necesitaba. El volteó a mirar perplejo y escuetamente me dijo " yo no te llamé".
El amigo del Santander me visitó unos meses luego. Me encontraba sentado en mi nuevo escritorio, ubicado de frente al parque en una esquina a la que le llegaba el sol y que tenía una ventana. Yo estaba muy contento con esa nueva ubicación porque podía tener una parte de arbolitos, de bonsais de pino para ser más exacto. La ubicación me permitía regalos y observarlos, además podía dejarlos fuera, es decir en la cornisa para que el agua lluvia los bañara. Así fue que una noche de largo trabajo vi el reflejo del amigo en la ventana, cuando gire para verlo no encontré nada.
El amigo del Santander visitó a más personas, se asomaba por la ventana redonda de la puerta de entrada del water de los hombres. Hizo lo mismo cuando se reunieron en el piso 8 en una junta que se extendió más de la cuenta. Me parece que reclamaba descanso o privacidad.
Que la dama de rojo asomara no tenía nada de anormal entonces. Sin embargo, el pasado abril me tendí en cama temprano, luego de una jornada de limpieza en casa. Me sentía tan agotado que no podía conciliar el sueño, pero una vez dormido caí en un profundo pozo al que toque fondo cuando sentí unos brazos fuerte que me apretaron el pecho, no podía gritar, no podía moverme y la piel de gallina me indicaba que la presión y el frío tenían un giro extraño. Intente abrir los ojos solo para ver cómo la dama de rojo sentada sobre mi pecho pero dándome la espalda giraba su cabeza para verme a los ojos.















