Las mariposas no cuentan las flores, cuentan los momentos.

(Rabridranat Tagore)

El tiempo es un algo de naturaleza indivisa... aunque suene contradictorio y aunque exista el tiempo mínimo de Plank y alguna idea sobre el infinito, se trata de algo inconcebible para la mente que requiere, para funcionar, de momentos: espacios de tiempo más o menos indefinidos, con períodos más o menos largos o más o menos cortos, o más o menos significativos o más o menos asociados a procesos psicológicos de cierta trascendencia, personal o social. Espacios para que trabaje la memoria…

Como sea, la ambigüedad de la que goza el momento nos libera de relatos que necesiten de puntualidades... y será en función de esta libertad que hemos encarado éstos, nuestros breves e inocentes relatos… será un momento una historia laxa que involucra una historia breve incluyendo momentos, los que quedarán en el lector identificar… de querer hacerlo, por supuesto.

Las florcitas de Confucio

Se trata de la historia de un alumno y su manso filósofo -el maestro Confucio- entre las breves y sesgadas miradas de una casa de estudios china.

Con el tiempo, el alumno había caído en una observación que de a poco se le fue transformando en obsesión: el maestro, en la primera hora de la tarde compraba su escudilla de arroz e inmediatamente se cruzaba hacia otro puesto cercano en el que compraba un ramito de flores silvestres.

La observación de ese hábito se extendió por meses. Y lo extraño ya sería que no comprara las florcitas. Lo comentó con algunos compañeros y nadie le había prestado a tención a tan inofensiva costumbre.

El discípulo, un día se decidió:

“Maestro… ¿Puedo hacerle una pregunta personal?”.

Confucio giró la cabeza, sorprendido mientras lavaba su arroz… “sí, por supuesto…” contestó.

“¿Por qué tras comprar su escudilla de arroz cruza el atestado pasillo del mercado para comprar un ramito de flores?”.

Confucio sonrió suavemente bajo sus lánguidos bigotes.

“La escudilla de arroz la compro para vivir, mientras que las flores las compro para tener algo por lo que vivir…”.

El silencio entrambos se volvió a instalar con su insolente presencia… que incomodó al alumno y mantuvo indiferente al filósofo.

Y así cruzamos las simples aguas de un primer momento.

El filo del agua

La blanca y antigua melena de Caronte era lo único fácilmente distinguible en las eternas penumbras del infierno, a pasos de los pilares de la entrada y meneándose untuosa sobre las tranquilas olas del río Aqueronte.

El vigoroso anciano Iba y venía organizando los aprestos para su siguiente viaje, mientras todo transcurría con dolorosa monotonía. Pero, de pronto, Caronte vio perfilarse en la eternamente lejana luz del horizonte, las siluetas de dos viajeros que parecían llegar antes de tiempo a la orilla.

“¡Llegaron, almas perdidas!”, exclamó Caronte hablándoles a la distancia dejando de tratar de adivinar los rostros de los recién llegados. Uno de ellos, Virgilio, le contesta: “Lo hice, pero fue siempre muy a mi pesar, y te aseguro que es sin ningún apuro”. El diabólico barquero levantó la mirada por primera vez: “a ti te conozco –insiste en el diálogo Caronte– pero al otro pasajero a él le hablaba…”. Virgilio se adelanta: “Que no te preocupe su presencia… será un viaje de ida únicamente y no te molestará”. Tras el espectro de Virgilio se guarecía Dante, espiando el diálogo. Ese gesto de prudencia tranquilizó al barquero, pero también aumentó su curiosidad. Exclama a viva voz: “¡Pues suban… antes de que esto se llene!”.

Sin embargo, y a pesar de la aparente amabilidad, había un dejo de preocupación en el barquero infernal. Fue acercando la barca con lentitud. Su mirada no se alejaba de los recién llegados aunque la fue bajando con recelo hacia el filo del agua en las tablas que nunca, en los milenios de su trabajo trasladando muertos, se habían mojado. Desde el rostro del Dante su mirada fue descendiendo hacia su pie, y mirándolo con recelo, éste fue entrando a la barca y en un momento ocurrió lo que esperaba: el filo del agua cortaba por primera vez las tablas que habían estado desde siempre, desde su creación, secas… “Un viviente”, pensó el barquero para sí mismo: “Un viviente por primera vez hunde mi barca hasta más allá del antiguo filo del agua”. Multitud de muertos esperaban en la ribera. Multitud de muertos se revolcaban en las aguas de la Estigia… Era para Caronte un momento de sorpresa que, seguramente, jamás se repetiría… como sucede con los buenos momentos.

El más bello

Como todos sabemos, Cronos era un titán, el mayor de todos los titanes, que tiranizaba a hombres y mujeres en la tierra. Su infantil maldad no conocía límites: nadie podía predecir cuándo amanecería o cuando vendría la noche… a qué hora había que levantarse, a qué hora dormir.

Cronos tenía 11 hermanos nacidos de la unión entre Gea –la Tierra– y Urano –el Cielo–. Al ser el mayor, Cronos –responsable del tiempo y los ritmos naturales–, se apropió de la Tierra... y de Rea, que era la responsable de la Naturaleza, la Fertilidad… y la Fidelidad. E iba todo relativamente bien hasta que un demonio logró colarse en un sueño de Cronos una noche y le predijo que uno de sus doce hijos le iba a robar el trono. Cronos despertó sonriendo ante el vaticinio, pero la idea –disfrazada de miedo– le fue creciendo en la mente y el corazón… sin dejar de sonreír ante sus pequeños hijos… pero la maldad siempre crece multiforme.

En una noche de Escorpio, con todo el cielo estrellado cubriéndolo, Cronos tuvo una ocurrencia diabólica: eliminar a sus 12 hijos… pero… ¿cómo hacerlo si, tal como Cronos mismo, sus hijos eran todos inmortales? Pero rápidamente, pensó en una forma, había una manera sin desaparecer del todo a los hijos, y compartiendo todas sus características –incluyendo la inmortalidad… De esta manera, sin matar del todo a sus hijos, los borraría del Universo: se los comería.

Rea, a la mañana siguiente, jugaba con sus doce pequeños hijos, tal como era su costumbre, en los jardines del templo. De pronto, una sombra de frío se coló entre las nubes: con el rostro deformado por el recién nacido odio, su cuerpo de vientre mágicamente agigantado, increpó a Rea:

“Me cansan estos niños… me aburren…”

“Bueno… pero ya están aquí” –dijo Rea, sonriendo inocente y preocupada.

“Me los voy a comer a todos ¡y no se discuta más!”. En un instante se congeló la celeste sangre de Rea: “¡Y ya ve arrojándome el primero!”. Rea sabía por experiencia que la violencia de Cronos podía llegar a ser extremadamente brutal. Y además, según la organización del Universo a la que le debía su existencia, la obediencia a su marido debía ser lo más absoluta posible. Cronos pondría a prueba estas disposiciones e insistió con su primer bocado. Rea le arrojaría a Mnemósine –la más joven titánide de la memoria– para olvidar lo más rápidamente la crueldad de sus actos… y así, le fue tirando uno a uno hacia el interior de sus monstruosos boca y estómago a sus hijos. Hasta llegar a Tetis y Océano. Con sus inagotables aguas, pensaba Rea, quizás saciara su apetito… pero éste también era inagotable. Mientras Cronos tragaba las infinitas aguas, su esposa –y hermana– vio a su vera una roca de un tamaño y peso comparables al de un bebé… y se la arrojó cuando acabó con las aguas inacabables y así tragó al que creyó fuera su último hijo.

Saciado el apetito de su odio, Cronos miró hacia abajo y vio con infinito placer como el caos seguía creciendo en el universo: cómo las estrellas no podían recordar ninguna hazaña de titanes y titánides conformando constelaciones: su idioma ya era incomprensible entre ellas. En la Tierra, mientras tanto, cundía un desconcierto absoluto y la ceguera espiritual era el alma de todo.

Rea soportó la presencia de Cronos por mucho tiempo más hasta que en ese amanecer tan extraño, tan fresco y perfumado, con las nubes del horizonte oriental creciendo más que de costumbre, Helios se apiadó de la triste titánide y abrió sus compuertas de marfil y oro. Cronos dormía entre sus nubes grises y amenazantes hasta que la nueva luz lo despertó. Cuando se dio cuenta que lo que ascendía ya no era el sol, era tarde: una silueta enorme, más brillante que el sol mismo, se había alzado y encandilaba los cansados ojos del antiguo titán. Cronos se fue levantando lentamente con un largo y amargo bostezo –que en la tierra se vivió como una horrible tormenta que duró siglos– y fue despejando la mirada hasta que fue entendiendo todo. La triste comprensión lo hizo sonreír cínicamente…

“Tenía que ser el más bello de mis hijos…” murmuró Cronos para sí. La gigante silueta de Zeus se alzó amenazante a la vez que definitiva.

“No te mataré –dijo el Zeus tonante– aunque lo merezcas. En su lugar abriré un abismo tan hondo y enorme a donde irán cayendo las almas malévolas dignas de ti y del cual nadie podrá escapar… y que serán recibidas allí por tu odio y desprecio”. Y allí, mientras los ritmos naturales se restablecieron entre la tierra y el cielo, al amparo de Zeus, terminaron sin terminar jamás sus infinitos días de belleza, mientras Cronos se deshacía como el malvado titán que era, atrapado entre este relato que estás leyendo y otros muchos cuentos que contaron la misma historia de diferentes formas y que se fueron creando a lo largo del tiempo para asegurarse que las inasibles rejas de las múltiples palabras míticas lo mantuvieran siempre en el abismo como castigo… sin tener siquiera el triste consuelo de un solo momento de olvido.

Así Zeus liberó al Hombre y a la Naturaleza del caos… y si había caos, ya sería por culpa del Hombre y no responsabilidad de los dioses. Y poco a poco, la Tierra fue ganando en fuerza y belleza. Y el flamante dios supo de los demonios malignos que habían desatado la tragedia y no quiso que se cumpliera con él la misma tragedia, así que tomó al tiempo y lo elevó a su máxima expresión, separando a los demonios buenos o malos de sí mismo al través de una infinita cúpula del más límpido cristal dejando que las horas vagaran en sus viajes por los cielos serenos y eternos del cristalino tiempo… pero los demonios también lo harían, enterándose del pasado y los futuros que vendrían, aunque sin poder alterar la ignorancia respecto de ellos, lo que aseguraría la justicia en las decisiones del dios. Y para asegurar el tránsito armónico del tiempo, Zeus les asignó el más celoso guardián de las horas al que llamarían Horacio…