IA: dos letras que se han apoderado de las conversaciones en redes sociales y cada día cobran más protagonismo en los análisis sobre el rumbo de la economía nacional y global. Aunque es un fenómeno que apenas comenzamos a comprender, su origen es bastante más antiguo de lo que imaginamos.

Las primeras referencias a la posibilidad de que las máquinas “pensaran” y desarrollaran una inteligencia artificial se remontan a cerca de la mitad del siglo XX, cuando el psicólogo cognitivo Walter Pitts y el experto en cibernética Warren McCulloch crearon el primer sistema de neuronas artificiales (1943), que sería la base de los algoritmos. Luego, el matemático Alan Turing (1950) propuso un test que recibe su nombre y responde a la pregunta de si las máquinas pueden pensar.

Estos antecedentes son referentes de lo que se llamaría la inteligencia artificial, nombre acuñado en 1956 durante la Conferencia de Dartmouth, cuando el organizador John McCarthy utilizó este término para referirse a los debates y estudios sobre la capacidad pensante de las máquinas.

Desde entonces hasta ahora, el desarrollo de experimentos sobre la inteligencia artificial no para de evolucionar. Puede ser que creamos que se trata de un fenómeno reciente, pues hace pocos años se lanzaron al acceso público los mecanismos de IA, pero antes hubo antecedentes de su uso, como el triunfo de la máquina Deep Blue que le ganó una partida de ajedrez a Garry Kasparov (1997).

Pese a su historia y evolución, la IA es un fenómeno con una larga trayectoria, cuyo impacto cotidiano solo empieza a sentirse ahora en toda su dimensión, con transformaciones que afectan el mundo que conocemos, su presencia en la rutina diaria, la forma de comunicarnos y los cambios en el mundo laboral, social y cultural.

Desde las acciones más simples, como las búsquedas en internet, hasta las decisiones estratégicas de grandes corporaciones, la inteligencia artificial está omnipresente y cobra mayor protagonismo. Frente a ello, hay distintas posturas: quienes la rechazan no quieren saber nada de ella y se declaran analógicos, evitando conocerla o utilizarla; y quienes la usan desde simples preguntas hasta convertirla en un referente indispensable, preguntando sin cesar, a veces sin comprender del todo su funcionamiento ni las implicaciones de delegar el pensamiento y el entendimiento a una máquina.

“Le pregunté a la IA” es una frase que empieza a ser parte del lenguaje cotidiano, desplazando la idea de que “San Google lo sabe todo”; sin embargo, no es lo mismo saber buscar que preguntar, ni encontrar que darle validez a lo que una máquina responde.

En este contexto, no es casual que los buscadores de internet incorporen su propia inteligencia artificial para evitar quedar obsoletos ante el acelerado cambio tecnológico que supone un reto para la actualización de herramientas por el riesgo de ser desplazados, del mismo modo que sucede en el mundo laboral con la automatización.

La velocidad de desarrollo de esta tecnología es difícil de asimilar y es complejo predecir su impacto socioeconómico, aunque lo cierto es que ya está cambiando el mundo tal y como lo conocemos.

Para comprender lo que está sucediendo, conviene precisar que la Inteligencia Artificial es mucho más que herramientas de chat popularizadas bajo las siglas GPT, que han tomado el protagonismo e incluso la exclusividad para quienes se atreven a probarlas. Si bien se ha facilitado el acceso a las IAs, también es reducido el conocimiento sobre el significado e implicaciones de su uso.

Estas herramientas funcionan a partir de lo que se denomina “prompts”, que son instrucciones o preguntas cuyas respuestas se basan en algoritmos y en grandes volúmenes de datos. Sin embargo, la calidad de lo que devuelve no solo depende de la IA, sino del tipo de preguntas que se le formulan y la información de contexto que se le da para cada tarea.

No obstante, el poco conocimiento que aún tenemos de esta herramienta, su uso se extiende a velocidad vertiginosa, con una diversa oferta que depende de los temas (preguntas, videos, diseños, textos, etc.) y de distintas capacidades de desarrollo, así como de políticas de privacidad, uso de datos y, por supuesto, costes, con planes que van desde los gratuitos hasta los empresariales.

Claude, Perplexity, Gemini, OpenAI, DeepSeek, Lumo, entre otras, son algunas de las plataformas que compiten en la actualidad. Existe una amplia gama de aplicaciones en múltiples sectores y una competencia por entrar a un mercado que se cotiza en bolsa, expandiendo un ámbito de la economía novedoso y acorde con el ritmo de cambio que trae este siglo XXI tecnológico.

Pienso en Isaac Asimov y Julio Verne, a quienes me enseñó a leer mi padre —un pionero autodidacta que creó una empresa de computadores en 1967 en Colombia—, como autores de ciencia ficción que en sus obras describen un sorprendente futuro con avances científicos, atravesado por la reflexión sobre el lugar y sentido del ser humano ante la gran evolución de la tecnología. Ellos imaginaron muchos avances que hoy son reales, pero también advirtieron sobre la importancia de la consciencia y la capacidad de pensamiento humano para discernir en su uso y protagonismo.

Es que la inteligencia artificial pone a prueba nuestra inteligencia, por diversas razones. Una de las más evidentes es el impacto en el mundo laboral, con la disminución del empleo por efectos de la automatización y el cambio en los perfiles profesionales por la sustitución de tareas por las máquinas. Pero más allá del empleo, lo que está en juego es cómo redefinir el valor del conocimiento y la acción humana.

Además, esto marca la necesidad de transformar el sistema educativo para dar respuesta al cambio de paradigma de modelos que resultan obsoletos desde su enfoque metodológico hasta los recursos tecnológicos disponibles. Así se desencadenan consecuencias que apenas empezamos a vislumbrar.

En ese contexto ya no solo se habla de una cuarta revolución industrial, sino de una quinta. Desde mi punto de vista, es tan potente que podría pensarse en una posrevolución industrial que desborda los paradigmas anteriores y replantea profundamente la relación entre tecnología, trabajo y automatización.

El desplazamiento de la mano de obra no es nuevo, pero adquiere una escala y profundidad inéditas. Para hacernos a la idea, hoy con un prompt bien formulado es posible automatizar tareas que, por ejemplo, van desde el diseño y la redacción hasta la elaboración de informes, correos o procesos administrativos como facturación y seguimiento de tareas antes realizadas por humanos.

Todo esto es más que ciencia ficción; es una realidad, pues estos sistemas ya se están utilizando en ámbitos como la medicina o en la selección de personal, muchas veces sin plena conciencia social de su alcance.

Nos encontramos ante un doble reto: comprender para qué usamos la inteligencia artificial y hasta qué punto dejamos de pensar por nosotros mismos, además de reconocer cuáles son realmente sus límites. Por ejemplo, en el ámbito de la escritura, este mismo artículo podría haber sido elaborado o “generado” por una IA. De hecho, he solicitado a varios chats textos con el mismo tema, y he podido comprobar que es posible obtener diversidad de enfoques, como el técnico, el poético o el filosófico, según el estilo que se indique y la programación previa que tenga la herramienta. Todo porque la IA es eso, un instrumento disponible para el uso humano que puede acertar o errar; ahí es donde entra nuestra voz y discernimiento.

Y es precisamente ahí donde aparece algo insustituible: nuestra capacidad humana de reflexionar, sentipensar y decidir sobre la utilidad de estas tecnologías y aplicar la razón para un uso adecuado. Es que la inteligencia artificial puede servir como apoyo para editar textos, optimizar búsquedas o facilitar procesos, pero con criterio, porque de lo contrario podríamos abrir la puerta a consecuencias difíciles incluso de imaginar, ni siquiera por los mejores autores de la ciencia ficción.

De hecho, la IA puede ser una referencia o una forma de optimizar las extensas búsquedas de internet, pero cuidado: hay algo que pone a prueba nuestra inteligencia, las llamadas “alucinaciones”. Este término describe situaciones en las que la herramienta, sin contar con información suficiente o precisa, “alucina” para responder, porque está programada para hacerlo incluso cuando no dispone de información suficiente para acertar.

Por eso las alucinaciones no son un error menor, sino una característica estructural, porque es un sistema diseñado para responder.

Recordemos que la programación opera sobre lógicas binarias —0 y 1—, por lo que carece de la duda, la introspección, el punto medio de la reflexión o el reconocimiento de no saber. Ahí surge una diferencia clave, porque lo que para la máquina es un vacío a rellenar, para nosotros los humanos puede ser el inicio del entendimiento y del pensamiento que genera conocimiento.

Ante el limbo, vacío o “espacio gris” que para el ser humano es fundamental para discernir y razonar, para la inteligencia artificial es un proceso para completar o rellenar una respuesta con lo que encuentra disponible, incluso si eso implica inventar o alucinar.

En mi caso, por ejemplo, cambió mi apellido inventándose otro por no disponer de información adecuada. Era una prueba y, al señalar el fallo, reconoció el error. Ahí es donde entra el papel humano: identificar, cuestionar, definir, poner límites y comprender el alcance real de estas herramientas, que en ningún caso sustituyen nuestras capacidades o habilidades.

Porque estamos ante un proceso de automatización avanzado que no puede ni debe sustituir al ser humano en la capacidad de discernir, interpretar y asumir la responsabilidad de generar conocimiento. Además de poner a prueba nuestra inteligencia, también es un reto para actuar con ética. Utilizar una herramienta no significa dejar en sus manos el aprendizaje, la producción de conocimiento y mucho menos la toma de decisiones que afectan el presente y el futuro de la vida que vamos a vivir, porque eso no se puede ni se debe delegar ni programar.

Ahora es cuando hemos de recordar el valor humano de sentipensar, para considerar qué vida vamos a crear para nosotros y las generaciones futuras. Seguro que esa prueba la ganamos usando nuestra verdadera inteligencia, que va más allá de la mera razón cuando también usamos el corazón.