En el actual giro de la historia, la situación de la humanidad es tan volátil que todo lo que nos puede esperar más allá de ese giro es de tal magnitud que asusta y paraliza. Caminamos como sonámbulos hacia una tercera guerra mundial y hacia un colapso ecológico de proporciones y consecuencias inimaginables. La concentración de la riqueza en un pequeño grupo de plutócratas está transformando conceptos y soluciones en los que la humanidad había depositado cierta esperanza, en caricaturas crueles, en mutantes perversos o en simples ruinas de un buen recuerdo. Es el caso de conceptos y soluciones como el progreso, la democracia, la paz, la soberanía, la diplomacia, la ciencia, el derecho y los derechos humanos.

La vorágine destructora y el poder que ostentan son tanto más abrumadores cuanto que, es cierto, las élites políticas gobernantes, en general, oscilan entre una mediocridad tan desarmante y una agresividad tan arrogante que no son más que otra dimensión de la catástrofe que le espera a la humanidad. Durante mucho tiempo, el concepto de «Estado profundo» (Deep State) —el gobierno subterráneo ejercido por poderes fácticos que controlan las principales decisiones políticas nacionales, sin ninguna legitimidad democrática— fue estigmatizado por considerarse un delirio fruto de teorías de la conspiración. Hoy en día, sin correr el riesgo de caer en delirios conspirativos, se puede hablar de un «Gobierno Global Profundo», con las mismas características que el Estado Profundo, solo que hoy, a escala global. Las recientes noticias sobre la casi secreta sociedad Bilderberg son una señal evidente de esa realidad1.

La humanidad en su conjunto necesita ayuda humanitaria, aunque una parte de ella la necesite con mayor urgencia.

El interregno y el optimismo trágico

Inspirándome en Antonio Gramsci, he caracterizado este momento de la curva de la historia como un interregno, pero reconozco que mucha gente, sobre todo los más jóvenes, concibe el momento actual más como un fin que como un interregno. Es la idea del fin la que, en última instancia, alimenta el auge actual de la extrema derecha. Bajo el pretexto de proponer un nuevo comienzo, no hace más que acelerar el fin del fin. Después de él, solo hay una densa niebla.

Mantengo la idea del interregno, lo que significa que, para mí, más allá de la curva, puede haber tanto un precipicio como un camino menos pedregoso y con más refugios. En esto consiste mi optimismo trágico. Solo que este interregno tiene poco que ver con el de Gramsci. Para Gramsci, lo viejo —que iba muriendo poco a poco— era éticamente, socialmente y políticamente inferior y peor que lo nuevo que, igualmente, iba naciendo poco a poco. Para que eso sucediera, era necesario luchar, pero merecía la pena luchar; se conocían los objetivos por los que luchar y los instrumentos para alcanzarlos.

Nuestra situación es mucho más compleja y, por eso, las exigencias para navegar en este interregno son mucho mayores. Lo que podemos conocer con cierta precisión es lo que existe actualmente, y lo que existe actualmente es una mezcla insondable de condiciones materiales y de percepciones e ideas sobre esas condiciones. Y como nada existe sino en relación con lo que no existe, la relatividad de nuestro presente consiste en el pasado que ya no vivimos y en el futuro que nunca viviremos. Desde el siglo XVI, el capitalismo ha ido dominando las condiciones materiales de la gran mayoría de la población mundial. En la época de Gramsci, el capitalismo aún no dominaba por completo las percepciones e ideas sobre esas condiciones y, por el contrario, estaba perdiendo el dominio que aún conservaba. En esa disyunción entre el dominio material y el dominio ideológico y perceptivo residía la posibilidad de la ruptura revolucionaria.

En los últimos cuarenta años, el capitalismo ha tratado de «equilibrar» el dominio material y el dominio ideológico/perceptivo, potenciando ambos y confundiéndolos hasta el punto de fusionarlos. Para ello, se ha centrado en cinco áreas principales con el fin de aumentar el dominio ideológico/perceptivo: los medios de comunicación, la educación, la ciencia, la cultura y el entretenimiento y, por último, la religión. Hoy en día, probablemente la mayoría de la población mundial considera que lo antiguo es (era) malo, pero que lo nuevo puede ser peor. Esta expectativa a la baja conduce a la resignación y a una actitud política conservadora. Quizá la población mundial nunca haya sido tan conservadora como en la actualidad.

La extrema derecha se aprovecha de este sentimiento de malestar para avivarlo y provocar una ruptura, una ruptura no revolucionaria, sino reaccionaria. La extrema derecha no es conservadora; al contrario, es radical en su ruptura con el pasado reciente. Solo que la ruptura pretende romper con el pasado reciente para legitimar el retorno a un pasado más remoto, un pasado anterior a la Revolución Francesa, un pasado aún más desigual, más colonialista y más patriarcal. Por eso algunos críticos califican la ruptura de la extrema derecha como un retorno a un nuevo tipo de feudalismo, una denominación muy eurocéntrica.

Los líderes invisibles de la extrema derecha son los representantes de la actual versión plutocrática del capitalismo. Esta versión es incompatible con la democracia y los derechos sociales conquistados gracias a las luchas del pasado, tanto democráticas como revolucionarias. La ruptura propuesta es, por tanto, a la vez verdadera y falsa. Es verdadera porque responde a un malestar que los empresarios de la negatividad potencian, pero es falsa porque la promesa de un futuro mejor es un engaño. No se cumplirá ni en este mundo (engaño laico) ni en el otro mundo (engaño religioso). Y la verdad es que, cuando la extrema derecha llega al poder, rápidamente aumenta el malestar de la abrumadora mayoría de la población. Los líderes fascistas elegidos democráticamente son, por lo general, los que más rápidamente pierden popularidad y, si no la pierden aún más, es porque a la sociedad se le ha privado, entretanto, de la posibilidad de pensar en una alternativa mejor. Por esta razón defendí en un texto anterior que, a corto plazo, ser de izquierdas es defender la democracia y el escaso bienestar que los cambios reformistas y revolucionarios del pasado reciente han logrado.

Pero por lo que acabo de analizar, queda claro que esta solución no es más que la ayuda humanitaria de emergencia a la que me refería antes. No está en condiciones de resolver los problemas a los que se enfrenta la humanidad. De ahí la necesidad de pensar en el medio plazo.

Las epistemologías del Sur, la izquierda y el comunismo

No podemos conocer más allá de lo que somos. Nuestra condición existencial se confunde con nuestra condición epistémica. Para pensar a medio plazo no basta con pensar lo que aún no se ha pensado; es necesario pensar lo que, a la luz de la epistemología dominante, es impensable. La ruptura epistémica implica una ruptura ontológica. Es decir, para pensar lo impensable y actuar en consecuencia, tenemos que reinventarnos como seres humanos. Las dos rupturas no serán rápidas. Se irán produciendo a lo largo de varias generaciones, retroalimentándose mutuamente. Si ocurre antes, durante o después de una nueva Gran Guerra, nadie lo sabrá. Ambas rupturas constituyen, en su conjunto, la revolución paradigmática.

La escala temporal de la revolución paradigmática es el largo plazo. A medio plazo, el concepto clave es el de transición.

En términos epistemológicos, la transición significa que lo impensable se va anunciando en la exploración de las ruinas-semillas del presente, es decir, a través de dispositivos pensantes y agentes que, tras haber sido objeto de destrucción, sobreviven como ruinas y, aun como ruinas, incomodan a los defensores del statu quo. Y al incomodar, dejan de ser solo ruinas y también se convierten en semillas. De ahí el concepto de «ruinas-semillas»1.

El sistema de dominación moderno, constituido por tres modos principales de dominación —el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado—, se fue globalizando a medida que destruía el mundo del pensamiento y de la acción que existía anteriormente y que se le oponía. Esa destrucción se produjo tanto en el centro del sistema —el mundo europeo y eurocéntrico— como en el mundo no europeo y no eurocéntrico. Es en esos dos mundos donde debemos desenterrar las ruinas-semillas. Repito que son herramientas de la transición paradigmática, es decir, para guiarnos a medio plazo. A largo plazo, no tenemos ni idea de lo que existirá y mucho menos de cómo se denominará.

Yo identifico tres ruinas-semillas, pero sin duda hay más. Lo que las une es que siguen incomodando a las clases y al pensamiento dominantes. Esa incomodidad se manifiesta de forma contradictoria. Por un lado, se insiste en que, si existieron en el pasado, ya no existen o, si aún existen, son irrelevantes y fácilmente descartables. Son objeto de lo que denomino «sociología de las ausencias». Por otro lado, se combate a quienes las defienden como si fueran peligrosas, una amenaza existencial para el statu quo. En resumen, se teme que puedan ser anuncios o señales de una desestabilizadora sociología de las emergencias.

Las tres ruinas-semillas son las epistemologías del Sur, la izquierda y el comunismo. La primera tiene su fundamento en el mundo no eurocéntrico, la segunda, en el mundo eurocéntrico, y la tercera tiene su origen en ambos mundos, aunque en versiones diferentes. Como he dicho, lo único que tienen en común es que incomodan al sistema de dominación. Para este, proponer las epistemologías del Sur es defender el oscurantismo, ser enemigo del progreso; ser de izquierdas es ser un utópico inconsecuente o un peligroso subversivo; ser comunista es ser un nostálgico fosilizado o un subversivo extremadamente peligroso.

Las epistemologías del Sur

Las epistemologías del Sur no cuestionan la validez del conocimiento científico moderno, solo insisten en que no es el único sistema de conocimiento válido. Reivindican la validez de los conocimientos surgidos de las luchas contra el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado por parte de las poblaciones, clases, pueblos o grupos que más han sufrido la injusticia social, la opresión y la destrucción que estos tres modos principales de dominación han causado y siguen causando. Para las epistemologías dominantes, estos conocimientos no son válidos. Si lo fueron en el pasado, dejaron de serlo con la aparición de la ciencia moderna y, en cualquier caso, sería peligroso utilizarlos. La inteligencia artificial parece capaz de eliminar de una vez por todas estos conocimientos. La inteligencia artificial puede utilizarlos como materia prima, pero nunca como conocimientos que rivalicen con el conocimiento estandarizado producido por la razón mecánica de los algoritmos.

Izquierda

La izquierda es, en su origen, una posición en el hemiciclo de la Asamblea Nacional de Francia tras la revolución de 1789. Con el tiempo, pasó a designar todo pensamiento o acción contra un statu quo, considerado injusto y excluyente, en nombre de la posibilidad de una sociedad más justa y más inclusiva. Desde entonces, ser de izquierdas o izquierdista ha incomodado y sigue incomodando a las clases dominantes. Como he señalado anteriormente, para mí la izquierda es una constelación de izquierdas porque la dominación afecta a diferentes clases, pueblos, grupos y culturas de manera y con intensidad diferentes. Es una posible denominación para identificar las tareas de liberación que mencionaré más adelante.

En los últimos cien años ha habido muchas divisiones en el seno de la izquierda, en particular la división entre la izquierda moderada/democrática/socialdemócrata y la extrema izquierda/revolucionaria/comunista/anarquista. La segunda solo existe hoy como recuerdo o como ruina—semilla. La primera, como mencioné en el texto anterior, es importante a corto plazo para salvar lo que queda de la democracia, pero no tiene ninguna viabilidad a medio plazo. Será absorbida progresivamente por la derecha, del mismo modo que esta será absorbida por la extrema derecha. Puede sobrevivir algún tiempo más como derecha moderada, pero nunca como izquierda. La izquierda moderada es la derecha moderada del futuro próximo.

Para ser un instrumento útil en la transición, la izquierda debe concebirse como una «ruina-semilla», un nombre posible para designar las tareas de liberación. Sin duda combinará componentes eurocéntricos, tanto democráticos como revolucionarios, con componentes de resistencia no eurocéntricos. Para subrayar el carácter conflictivo de la izquierda, quizá sea preferible hablar de «izquierdismo».

Comunismo

Por último, el comunismo, como «ruina-semilla», tiene orígenes tanto eurocéntricos como no eurocéntricos. En el mundo eurocéntrico, ha designado la resistencia más vigorosa y la alternativa más consistente por parte de las izquierdas contra la dominación capitalista, colonialista y patriarcal moderna. Utilizando el concepto de «tipo ideal» de Max Weber, me refiero al comunismo como el proyecto de una sociedad sin explotación (extracción potencialmente sin límites del valor de la fuerza de trabajo) del ser humano por parte del ser humano y sin explotación (extracción potencialmente sin límites del valor de los recursos naturales) de la naturaleza por parte del ser humano. Según las epistemologías del Sur, el comunismo designa una sociedad posabysal, una sociedad que no divide a los seres humanos entre aquellos tratados como plenamente humanos y aquellos tratados como subhumanos, una sociedad que no dispone de la naturaleza como algo que tenemos o que nos pertenece, sino más bien como algo que somos y a lo que pertenecemos. No me refiero aquí a las experiencias sociales concretas que se autodenominaron comunistas. Algunas se han acercado al tipo ideal, otras lo han pervertido de una forma ética y políticamente repugnante.

En el mundo no eurocéntrico, el comunismo ha designado formas premodernas y comunitarias de vida colectiva. De hecho, la versión verdaderamente existente del comunismo nació en el mundo premoderno, no eurocéntrico, y, por ello, fue designada por la modernidad occidental como «comunismo primitivo». Para designar el comunismo como ruina-semilla sin que ello evoque primitivismos o perversidades, quizá sea preferible hablar de «neocomunismo».

Las liberaciones-guía de la transición paradigmática

Las tres ruinas-semillas —las epistemologías del sur, la izquierda y el comunismo— son los dispositivos principales de la transición paradigmática. Si esta llegara alguna vez a su fin, lo que venga a existir tendrá todo el derecho a autodenominarse. La transición paradigmática tiene como objetivo la liberación de la potencia encadenada u oprimida. Las dimensiones de esta tarea son hoy muy superiores a lo que Gramsci podría haber imaginado. Los nombres de las liberaciones de la potencia encadenada son necesariamente inadecuados porque parten de las diferentes dimensiones de la opresión. No podemos imaginar los nombres que asumirá esa potencia una vez liberada. Trazadas en el horizonte desde el punto de partida, las principales liberaciones son: liberar la naturaleza, liberar lo común, liberar a los subhumanos, liberar el saber, liberar la democracia, liberar la educación y la cultura, y liberar la divinidad. Cualquiera de estas liberaciones presupone a las demás. No habrá liberación si no hay luchas de liberación. No habrá lucha si no hay quien esté dispuesto a luchar y a asumir los riesgos que ello conlleva. En los siguientes textos iré mostrando cómo las ruinas-semillas pueden ayudarnos en las inmensas tareas de liberación que nos esperan con impaciencia.

Notas.

1 Carole Cadwalladr «You're obsessing over the wrong Peter Thiel conference»
2 El fin del imperio cognitivo. La afirmación de las epistemologías del Sur. Madrid, 2019.