Fue una novela de suspenso con todos los ingredientes para consagrarse rápidamente como súper venta. El francés Dominique Lapierre y el estadounidense Larry Collins lanzaron en 1980 El quinto jinete, un thriller apocalíptico con referencias a la escena internacional de entonces. Publicado originalmente en francés (Le cinquième cavalier), el libro fue inmediatamente traducido a otras lenguas. La versión española agotó catorce ediciones entre marzo de 1980 y marzo de 1981.

Han transcurrido 46 años desde entonces y lo apocalíptico de la propuesta literaria es hoy un pan de cada día en la vida real, no solo por la virulencia verbal de un Donald Trump que amenaza con borrar a Irán con sus tres mil años de historia, sino también por el incesante genocidio en Gaza y su prolongación a El Líbano.

El quinto jinete, como se sabe, es una alusión al Apocalipsis y sus cuatro jinetes, representantes de la conquista (o el engaño), la guerra, el hambre y la enfermedad (la peste). Lapierre y Collins crearon un quinto jinete: la amenaza nuclear, personificada directamente en el entonces líder libio Muammar Gadafi, que introduce en Nueva York una bomba de hidrógeno de tres megatones “de una potencia aproximadamente ciento cincuenta veces mayor que la de la bomba de Hiroshima”.

Quien lleva la bomba hasta un depósito subterráneo en plena Manhattan es un palestino, Kamal Dajani, que tiene como cómplice a su hermana Leila. Ambos son prototipos de terroristas, término que se pondrá crecientemente en boga en el periodismo, la literatura y el cine.

Circunscrita a 36 horas desde que Gadafi lanza un ultimátum al presidente de Estados Unidos (un Jimmy Carter no nombrado), hasta que un veterano policía neoyorkino de origen italiano descubre y desactiva el artefacto nuclear, por la novela desfilan gobernantes de las superpotencias y de Oriente Medio.

La trama se mueve en torno al plazo perentorio dado por el gobernante libio para la evacuación de las colonias judías de las tierras conquistadas por Israel en la guerra de 1967, además de la devolución de Jerusalén a los palestinos y el retorno de estos a su patria. Nada nuevo en esta trama de ficción con lo que han sido los eternos elementos de conflicto en la zona, salvo porque ahora Gadafi recurre a la amenaza atómica y convierte en rehenes a los siete millones de habitantes de Nueva York.

El Gadafi de la vida real

Pocas veces se ha visto en la literatura una demonización tan sofisticada y perfecta de Gadafi, el coronel que en 1969 derrocó a la monarquía en Libia, abogó por un socialismo islámico y la unidad panárabe, elevó el estándar de vida de sus compatriotas gracias a los ingresos petroleros y se enfrentó a Israel y a Estados Unidos, que en más de una ocasión intentó asesinarlo a través de su Agencia Central de Inteligencia, la CIA.

En los 42 años de su gobierno, Gadafi sufrió sanciones internacionales y supo recomponer vínculos con Europa, especialmente con el francés Nicolas Sarkozy, que suministró a Libia reactores nucleares para desalinización de agua. En cambio, el territorio libio se convirtió en una suerte de muro de contención para emigrantes africanos que intentaban cruzar el Mediterráneo.

El 20 de octubre de 2011, Gadafi fue asesinado por milicianos rebeldes en el curso de la llamada Primavera Árabe propiciada por Estados Unidos. Desde entonces, Libia es un territorio ingobernable, fraccionado en áreas que controlan señores de la guerra, en una suerte de permanente anarquía. Lo cierto es que los intentos del gobierno de Barack Obama y su secretaria de Estado, Hillary Clinton, por llevar la “democracia occidental” al mundo árabe fueron de fracaso en fracaso.

En el escenario mundial de fines de la década de los 70, Gadafi era sin embargo un tentador líder tercermundista, fácil de convertir en personaje literario, como lo hicieron Lapierre y Collins en El quinto jinete, y nada más tentador que hacerlo desde la amenaza nuclear, fantasma recurrente de la Guerra Fría. Más aún, cuando ambos escritores y periodistas ostentaban una trayectoria de alineamiento con Israel en el conflicto de Medio Oriente.

Según sus autores, el libro fue el fruto de una “gigantesca investigación” de cuatro años, en casi todo el mundo, con el objetivo de dar “verosimilitud” a la trama de ficción. En los agradecimientos finales aparece un sinfín de personalidades y personajes, de expertos científicos y militares, de informantes anónimos y un largo etcétera.

¿Todo este esfuerzo, bien remunerado a la postre, apuntaba a una denuncia contra ese potencial jinete apocalíptico llamado Muammar Gadafi? ¿O fue más bien una certificación literaria de un “terrorismo palestino” como permanente amenaza contra Israel?

Inverosímil pero efectivo

Gadafi preconizó la idea de que el mundo árabe debía desarrollar una capacidad nuclear para contrarrestar a Israel, pero en los hechos nunca logró dotar a Libia de armamento atómico. Por eso, la invención de El quinto jinete de la introducción en Nueva York de una “bomba H sucia” no es verosímil, como tampoco es real un mapa en los anexos de la novela que muestra bases libias de misiles atómicos.

Así, este best seller podría figurar entre los pioneros de una creciente estigmatización de la resistencia palestina a la constante invasión israelí. No solo el periodismo y la literatura, sino también el cine que en las últimas décadas ha multiplicado tramas fantasiosas de terroristas y maleantes que cubren su cabeza con la kufiya palestina y disparan fusiles Aka rusos.

Estas imágenes, estos relatos gravitan hoy en la conciencia mundial, cuando se observa la permisividad o complicidad de Estados Unidos y gran parte de la Unión Europea con el genocidio en Gaza. Pareciera que pesa aún en gobiernos y dirigentes políticos una suerte de cuenta no saldada por la indiferencia inicial ante el Holocausto, que los lleva hoy a permitir la brutal retaliación de Netanyahu contra Hamas, con su secuela de más de 78.000 palestinas y palestinos asesinados, en su mayoría mujeres y niños.

En su última obra, Las otras, la escritora chilena Alia Trabucco Zerán narra las incómodas manifestaciones de desaprobación con que la intelectualidad francesa reaccionó cuando en su discurso de agradecimiento por el premio Femina a su novela Limpia, mencionó a Palestina. En el país cuna de los derechos humanos persiste la errónea o interesada interpretación de que toda crítica a la brutalidad sionista es antisemitismo.

Francesca Albanese, la relatora de Naciones Unidas para los territorios ocupados de Palestina tuvo que publicar en marzo a través de Le Monde Diplomatique una réplica a los infundados ataques del grupo de poder francés contra su persona, basados en lecturas truncas o antojadizas de sus declaraciones, que la hacían aparecer afirmando que Israel “es el enemigo común de la humanidad”.

Lo que hizo Albanese fue criticar a los países que suministran armas a Israel. Primero fue la reacción de un diputado francés que “calificó de «escandalosas y culpables» declaraciones que nunca hice”, y luego le siguieron el ministro de Asuntos Exteriores, Jean-Nöel Barrot, y el primer ministro, Sébastien Lecornu, para pedir su dimisión al cargo en la ONU. Exigencia a la que se sumaron los cancilleres de Italia, Alemania y República Checa.

Todo esto sin duda con el beneplácito de Donald Trump. Francesca Albanese tiene prohibición de ingresar a los Estados Unidos. El gobierno la acusa de “apoyo al terrorismo y antisemitismo descarado”, en palabras del secretario de Estado Marco Rubio.

En un acto de justicia, las tres principales universidades flamencas de Bélgica otorgaron a comienzos de abril un doctorado honoris causa a Albanese. Un reconocimiento similar le fue concedido en febrero por la Universidad de Costa Rica.

Así está el mundo. Si hoy cualquier escritor inspirado quisiera aludir a la profecía bíblica, tendría que proclamar más bien como quintos jinetes del Apocalipsis a Donald Trump y Benjamín Netanyahu.