El 26 de abril de este año falleció uno de los directores más importantes de la cinematografía argentina: Adolfo Aristarain. Su partida fue la última en una semana trágica para el cine de este país. Semana que comenzó con el fallecimiento de Luis Brandoni, legendario actor de múltiples películas de valor cultural incalculable y protagonista de escenas que quedaron marcadas en el imaginario colectivo; y siguió con el adiós a Luis Puenzo, director de la primera película argentina en ganar el Óscar a la Mejor Película Extranjera: La historia oficial (1985). Tanto Brandoni como Puenzo trabajaron en filmes que exploraron los horrores de la última Dictadura cívico-militar sufrida en Argentina (1976-1983); Aristarain también, aunque él lo hizo durante el gobierno de facto. Tal vez esa hazaña fue la que despertó la admiración responsable de que la muerte de este último haya sido la más difícil de procesar para quien escribe este texto.

La película en cuestión es nada más y nada menos que Tiempo de revancha, estrenada en 1981. El Proceso de Reorganización Nacional, como se autodenominó la dictadura argentina, iniciada el 24 de marzo de 1976, llevó a cabo una censura minuciosa de toda expresión artística, en paralelo a su infinitamente más despiadado sistema de secuestro, tortura y asesinato de civiles. Para inicios de los 80, el control del gobierno de facto se hallaba debilitado por el propio desgaste de la persecución política, las denuncias internacionales de violaciones a los derechos humanos y los malos resultados económicos. Sin embargo, ese debilitamiento de la capacidad represiva no hace menos impresionante la valentía de Adolfo Aristarain, ni de los productores Héctor Olivera y Fernando Ayala.

La historia presenta a un ex sindicalista, interpretado por Federico Luppi, que, ocultando su pasado de lucha política, consigue empleo como dinamitero en una mina gestionada por una empresa multinacional explotadora. Se involucra en un plan para simular un accidente y obtener una indemnización. La jugada no sale como se esperaba, la empresa sospecha que fue intencional y, por lo tanto, comienza a perseguir al protagonista, quien debe fingir que perdió la capacidad de hablar para evitar ser interrogado y descubierto, en una clara alusión a la autocensura que practicaban los argentinos para evitar caer en las garras de los represores. La película, sin decirlo directamente, denunciaba los métodos de persecución de la Dictadura, y representaba el estado de alerta y la necesidad de callar las opiniones por miedo a lo que podría pasar. Más allá de las insinuaciones para no decir las cosas de forma explícita, llama la atención que los censores no se hayan dado cuenta.

El historiador Fernando Martín Peña tiene una respuesta: "Es evidente que los representantes de la censura en ese momento estaban más preocupados por cortar desnudos y objetar palabrotas que en detectar sutilezas ideológicas con el mismo celo demostrado por sus antecesores en años previos. De otro modo hubiesen objetado la naturalidad con que Bengoa asume la necesidad de borrar su pasado compromiso político como condición indispensable para obtener trabajo. También hubieran debido notar que la empresa corrupta Tulsaco y sus diferentes personeros eran una representación bastante exacta del capitalismo depredador que definía (y se beneficiaba con) las políticas económicas de la dictadura" (Peña, F. M., 2012, Cien años de cine argentino, Biblos).

Aunque la película no pasó completamente desapercibida, después de su estreno los productores recibieron amenazas anónimas y se les “sugirió” que retiraran la película de circulación, pero previamente habían tomado algunas precauciones para asegurarse de que las posibilidades de acción del gobierno de facto fueran mínimas. El productor Héctor Olivera, que antes de 1976 había realizado algunas películas que la Dictadura consideraba “subversivas”, siempre tuvo una capacidad especial para leer los momentos sociales. En su autobiografía, narró cómo con su compañero Fernando Ayala lograron burlar a los censores: "Nuevamente hubo preocupación con la censura ya que alguien comentó que el film trasuntaba un tufillo marxista. Nos jugamos a no presentar la copia al Instituto hasta último momento o sea que, fijada la fecha del estreno para el jueves 30 de julio, lanzamos la publicidad el domingo anterior y el lunes 27 la mandamos a calificar especulando con que, si la censuraban, sería un escándalo público" (Olivera, Héctor, 2021, Fabricante de sueños, Sudamericana).

Tiempo de revancha es una obra maestra que puede admirarse sin conocer su trasfondo histórico. El guion y la dirección manejan progresión dramática con maestría, llevando el relato hacia un clímax impresionante. Aunque, al conocer el contexto en el que esta gran hazaña del Cine Argentino fue producida y estrenada, la admiración no hace más que crecer. Aristarain tuvo una carrera notable, con otras grandes obras como La parte del león, Los últimos días de la víctima, Un lugar en el mundo y Martín (Hache). Cuando uno de los grandes se va siempre duele, pero nos quedan sus películas para recordar y celebrar su vida. El querido Adolfo tiene varias para elegir; por lo menos yo me voy a quedar especialmente con ese milagro cinematográfico que se atrevió a ser el primer revés contra la dictadura más salvaje que haya conocido el pueblo argentino.