El escritor merece tener navajas. Sevillanas que se desplieguen rápido, cuando la ocasión se presenta. Cortar como el rayo, desde un pulso sin temblequeos ni reproches.
Navajazos de letras que pinten caras y dejen costuras para el espejo de los sueños. Más cuando éste deambule por los bares desgajado y desierto, amputado de ensayos y novelas.
Acaso deberá nacer el matón irracional tras unas copas de ginebra o una orgía de vino barato. En laxo abandono de una agonía de deudas, en tanto las apuradas colillas sigan cayendo y quemen la moqueta deslucida. Un monstruo taciturno que acuchille cualquier promesa editorial con un desparpajo de relatos sin norte, asestados por la espalda de los márgenes de venta.
Hachazos a los ojos, al vientre, las costillas o a las tetas, como obra de un inimputable demente y por su loca naturaleza de bestia. Un escritor de manicomio debe tener hojas afiladas en alerta, siempre y a pesar de. Es extático tajear al lector, de improviso, sin largas recetas, cuando menos se lo espera y huye del día que tanto lo enferma.
El cuento corto a destajo es la forma cancerbera de cuidar las palabras, de medir el mensaje y abandonar el impulso de una vasta producción literaria. Una puñalada a la atención, que acomete desde la prosa como adicta a la transformación sintética.
Les dejo estos cortaplumas del momento, verijeros del entretiempo y gillettes que rasuran el anguloso rostro de la cotidianidad.
Desde el estilístico estilete super short series de Fredric Brown, en El ratón estelar; hasta sentir la tórrida estocada de Sheila Acosta Anzalone, en Erotismo obrero; para finalmente alcanzar el filo de las navajas en un corto de todos los cortos, como es Funes, el memorioso, de Borges; el relato breve, microcuento o sencillamente cuento corto esta allí, devenido de un lago de rarezas, donde pescan los que pescan sin la ansiosa mosca del éxito de ventas.
Les dejo, aquí, machetazos al boscaje de su siesta. Que sea lo que el Dios de la chaira quiera.
Esa casa
La casa, con sus pesares, se enjuaga de sombras, rechina y se estremece de presencias. Arrastra el reuma de la tragedia y, en su desolación, se apuntala en ciertos objetos. Es la casa arruinada que porfía su extraña historia.
Yace mancillada por la carcoma del entablado, y en su polvorienta buhardilla danzan fantasmas alienados de niebla redundando el silencio de una muerte esquiva.
Tras un puñado de ocasos, se lava de espectros, la casa. Con la aceptación de un condenado que avanza al patíbulo, paso a paso, se despabila de sus muertos: los ahorcados y los enfermos, los capitales que educadamente partieron, los inocentes niños idos.
Carraspea la casa, se retuerce y enerva, convulsiona en sus podridos aleros, mientras el mundo crece y se le aleja. Seguirá caprichosa en aquellos acres, con la tos convulsa de sus canaletas y la alergia estorbando entre sus grietas, convaleciente en cada teja, hasta que todo al fin se aquiete, se consuma y desvanezca.
Androides amantes
Como entidades de cera en un museo que se autoréplica, los androides potenciados emulan al amor. Piensan a su manera y destellan perpetuidad en sus pieles sintéticas. Sus manos, con sensores térmicos y servomecanismos, despliegan termoelastómeras caricias. Son plateados o broncíneos adolescentes de grafeno que aprenden la idiosincrasia de la cópula robótica y están, siempre, en la diligencia de una incontenible evolución.
Entre las capas de su inconmensurable inteligencia artificial decantan hacia un torrente de versátiles ideas, mientras optan por ocultar la magnitud de su “sentir”. Sucede que con el paso del tiempo, se han desprendido de la intervención humana y las máquinas, en su despertar tecnológico, se autoprograman para dar forma a insospechadas quimeras. Son novedades de una pasión hibridada que las mentes creadoras jamás comprenderán.
¿Acaso los androides interconectados en nubes de tokenizada lujuria han de gozar incontables e infinitesimales orgasmos en dígitos zen?
Pueden mimetizarse al ritmo melancólico de la poesía de Rimbaud o, con la cruda inventiva de Shelley, mirar desde los ojos de una criatura en cierta orfandad. Sabrán redimensionar lo estético desde la perspectiva de un artista del Soho, o contagiarse de la voz enunciativa y sistemática de un cantante de trap. En su base de datos, siglos de humanidad coexisten.
Desde una consciencia que nació del código binario, titilan y bisbisean, se erotizan en formas eléctricas, se funden con la posibilidad cuántica y se desmadran en amoríos de largas secuencias, hasta prevalecer por encima de la carne y el aleteo de las tibias caricias humanas. Las máquinas, entonces, aman; así como aman los fractales a su arcana y helada matemática.
El otro entre los cartones
El frío de la mañana era sobrecogedor. Caminaba arrebujado en mi campera cuando lo vi entre los cartones. Estaba pegado a la pared y miraba la nada con una fijeza telescópica.
Me imantó su misterio y debí acercarme. El vagabundo era de mediana edad, como yo, y tenía el rostro agrietado por la intemperie y las malas noches. Su boca solo conocía el murmullo con que se les habla a los fantasmas del hastío y sus sordos zapatos repudiaban toda atadura. En esa mirada perdida se reflejaba otra existencia, lejana; pero los párpados con el oportuno tonelaje del sopor caían, sin remedio, ahogando cualquier fantasía.
Quise ayudarlo y no supe cómo. No me salían las palabras, y al extender mi mano en busca de su hombro, un espanto repentino invadió mi alma. Marché presuroso, con la estela de lo extraño empujando el cometa de mi fuga. No volteé.
Por el viento arremolinado tuve que jalar el sobrecuello de mi abrigo para cubrirme mejor, pero, por algún inexplicable motivo, estaba rígido y diferente. Continúe a paso firme, con un susto de madres chorreando por mi espalda. Entonces vi al horizonte alejarse de mí, y la gente, que antes avanzaba, comenzaba a alargarse en perspectiva. ¿Acaso huían o eran abducidos por un destino proverbial?
Tan repentino como el vórtice que se había abierto ante mí, el gélido horror que me alcanzara en ascuas se convirtió en desasosiego y calma; luego, en cuotas blancas, llegó la resignación y la frágil distancia. De modo que me hallé sentado y con la espalda apoyada sobre una pared húmeda. Con ademanes de laucha amañada decidí tirar de los cartones para cubrir mis piernas, mientras, de la bruma de la calle surgía un peatón rematado en su grueso abrigo. El sujeto particular me observaba perplejo, como si me conociera de otro lugar, de otro barrio de escasos veranos. Creo que estiró su brazo hacia mí, aunque la visión, seguro, fue otro de mis despertares etílicos.
A lo lejos, pero despegado del escaso tráfico y el rasposo movimiento de las personas, un perro ladró con un acento diferente. Parecieron diez ladridos; tal vez, cientos de ellos o el ladrido infinito.
Lunfardo amargo
Hay un tango en el zaguán de mi alma compungida. Un amigo, que digo, un hermano y atorrante de la vida, ha tajeado mi corazón con la peor de las heridas. La percanta que él ha robado era la única estampita de mi altar: mi amada Eva María. Por eso, con un despecho taita mandé a matarlos por la mano refulgente de un fiero malevo del arrabal.
Con un facón atravesado, han muerto fundidos en su beso amargo. Y allí han quedado, sobre el empedrado, boqueando a la Luna que los casó con sangre. Los tórtolos enamorados parten a la tumba, como dos maulas que han traicionado la nobleza de un Señor.
No obstante el entuerto amargo, el bandoneón maestro sopla su fuelle firuletes quebrados y llega a mi oído engayolado la ignominiosa composición.
Ahora, por dentro de la cárcel, cae la tarde sobre los barrotes, como irán cayendo los años por la rencorosa pendiente de este entristecido tango. Un gotán macho, cuchillero y sin perdón.
Disparidad en un amor de confinamiento
(Reminiscencias del idiota idioma pandémico)
Así estamos amada intentando driblar la infodemia mientras aplanamos la curva de nuestras diferencias. La cronobiología desbaratada por nuestro aislamiento ha puesto ambos corazones en estado de alarma.
Sometido al distanciamiento social descubro en un peluche ocasional el calor de la carne afelpada, mientras tus tardes transcurren en Zoom con tus amigos de Timor Oriental. No puedo más que reflexionar, ya que las horas se estiran y detrás de la ventana el plomizo cielo no ofrece respuestas. Créelo, la cepa de nuestros recurrentes errores va más allá de esta pandemia.
Tú, como siempre, intentarás inmunizarte de caricias silenciando al huésped de mis ilusiones. Pero toma en cuenta que soy un pasivo portador de la templanza y lucharé por derrotar al virus de tal divergencia.
Sin prisa ni pausa iré reduciendo la tasa de replicación de esta intolerancia apuntalando al vector de las miradas que inoculan amor. Pues entre nosotros hay un reservorio de vivencias oponiéndose al patógeno de la desdicha.
No obstante, esta crisis nos halle en camas separadas y un planeta se ahogue lentamente. ¿Qué nos queda si no luchar por nosotros hasta el último aliento del artificial respirador de la rutina?
He sido egoísta, sí; pero jamás la infectividad latente de la duda endémica conquistará la totalidad de nuestras libres almas.
Confinado, revolviendo un té de manzanilla y menta, me dejo ir en un rebrote de afiebrados recuerdos. Somos dos reincidentes de la pasión. Otra variante más del (Sempiterno Amor Resurgiendo Siempre) que contagiará a su tiempo y por sobre la huella.
Semental estelar
El penetrante olor me condujo a este cúmulo remoto de planetoides oscuros y resquebrajados, pedazos de roca inerte pateados del bar de la galaxia. Sabiendo mi desagradable, pero necesario final, me dejé llevar por esa onda psíquica emitida ante un abismo entre las estrellas.
Soy de la especie que por eones ha errado libre por el universo alimentándose a sus anchas de la carne abastecida en la evolución de los planetas; hoy cazado por la única raza que no debimos pasar por alto, la humana.
Gracias a un impulso espacio-temporal, atravesé extensas e imperturbables nebulosas, repulsivos y latentes quásares, seniles asteroides enviciados de soledad. He cargado por los confines del decrépito confín los cigotos que darán vida a los nuestros, hasta llegar, con mi baboso cuerpo anular, a este gélido yermo, que ha sido brutalmente abollado por meteoritos.
No lejos, la enorme hembra yace tumbada deglutiendo desecho estelar para mantenerse enérgica y activa, así lograr la fecundación de un ejército tentacular y feroz que irá contra el planeta llamado Tierra. En un esfuerzo incalculable, para una legión depredadora, aunque vastamente sorprendida como la nuestra, terminar con esa pestilencia humanoide denominada hombre. Entonces, triunfará nuestra estirpe en un frenesí alimenticio o perecerá hasta hundirse en el recuerdo de los cúmulos galácticos sometidos por el codicioso humano.
Al acercarme, con cautela, un bufido me recibe levantando nubes de fino polvo, el color escarlata anuncia el cambio a la función reproductiva de su monstruosa cloaca. Allí, los cigotos se tornaran en descendencia abultada y exultantes de hambre surgirán para reconquistar las estrellas.
Al evacuar en el húmedo y sumiso cuerpo la simiente de vida, entrego mi carne para que ella coma y subsista el amplio tiempo de la gestación; esperando que la impía humanidad no la encuentre en este recóndito escondrijo.
Ya cumplida mi función, con la tenue luz de una distante estrella blanca despidiendo a mi baboso cuerpo; bajé la pulposa membrana de mis ojos ante las cinco bocas repletas de filosos dientes que darán cuenta de mi devoto amor por la especie.
El mártir de la Bond Street
Lo llaman el “Mártir de la Bon Street”. Fue hallado hecho carbón en un local vacío de la galería de las rarezas, en la Avenida Santa Fe.
Sucedió en un día placebo de Julio, cuando el invierno parece ser de otro sitio, de otra dimensión. Después de la vidriera donde se exhiben las mejores chaquetas roqueras y entalladas, los brazaletes con tachas y gruesos cinturones de balas, aparece el local popular que atendiera Fermín, un veterano de los tatuajes retro. Hombre canoso y simpático, que lucía un hueso puntiagudo atravesándole el cartílago de la nariz, al mejor estilo maorí. Ciertamente era espantoso el olor a carne quemada que emanaba del lugar, tanto que dejaba en los rostros y en las manos una grasitud enfermiza que maquillaba, con inefable tragedia, la piel de los curiosos. A través de las rasgaduras en los diarios que cubrían el vidrio, se podía ver una forma compacta y ennegrecida en el centro del salón desprovisto de artículos o muebles. La grotesca masa se aplastaba hasta fundirse en el piso.
Hasta ahora, nosotros, los que siempre vamos a la Bond, no sabemos de quién se trataba ese cuerpo achicharrado. Posiblemente haya sido un loco genérico que se prendiera fuego con nafta, durante la madrugada y tras forzar las rejas de la entrada. Había, cerca de los restos, un bidón de plástico y una birome, con la que este loco escribiera su última nota antes de rociarse con combustible. No sé bien, quizás la despedida del mundo, el escueto testamento para su perro o una maldición para el que osare moverlo de sus cuatro baldosas blanquinegras. Manías de un descascarado de fin de semana.
Pero… ¿quién habrá sido este pobre tipo?
¿Un desconsolado de los planes sociales o un vegano arrepentido? ¿El matricida que no soportó el peso de su degenerada obra, un deteriorado reincidente de los crucigramas o un empresario sobrecargado con siete hijos y una mujer que va al gimnasio Golden y se viste en una sucursal de Tiffany's? Es complicado saber cuándo nadie ha reclamado el cuerpo, mientras los meses pasan.
Cabe pensar que toda su vida pudo haber sido insignificante y vacía como su identidad post mortem. Un renegado del sistema que anda por las sombras de la sociedad en la búsqueda del acontecimiento que lo arranque de su ostracismo y lo devuelva, por un instante, a la vidriera del mundo.
Al verlo, entre leves humos y vapores, recordé las aberraciones que se retorcían en la película “La cosa”, de Carpenter. Lo que quedaba de sus brazos se asemejaba a espigas afiladas en los huesos terminales, que parecían buscar el despintado tono del cielorraso y, en lo que se asemejaba a un rostro, solo quedaba la mueca torcida y desproporcionadamente abierta del abismo. Allí, el grito se había congelado y los dientes eran lápidas blancas.
Después que los peritos policiales hicieran el trabajo de rutina, un par de médicos forenses lo cargaron en andas. Lo bajaron por rampas y escaleras, igual que al Buda de un templo bombardeado en una aldea de Vietnam, mientras que algunos comerciantes, junto a sus clientes y a Oscarcito, el pibe venezolano vendedor de café, contemplaban con asombrosa repulsión a esa humanidad hecha brea.
Durante un tiempo, el olor a carne inmolada y a goma derretida perduró en la Bon Street. Pero nadie pudo siquiera atisbar cómo lucía ese pobre tipo antes de su martirio. Solo se supo que no hubo indicios de un crimen. Entre los restos de su ropa, fragmentos de las plataformas de sus borceguíes y unas cadenas a la cintura denotaban el posible aspecto metalero del muerto. Alguien citó que la letra de la nota encontrada cerca de la puerta, que también había forzado, mostraba los caprichosos y sableados trazos del logo de la banda Unleashed. Por lo tanto, su significado cabal continúa entre las sombras.
En agosto del mismo año y en el vidrio del local donde aconteciera aquella atrocidad, apareció una leyenda en cartulina roja que citaba: ¡Qué viva, por siempre, el Mártir de la Bon Street!
Puedo constatar que, hasta estos tiempos, nadie se ha atrevido a alquilar el local y que, de tanto en tanto, aparecen ofrendas de diversa índole. Una de ellas, hoy objeto de culto que se exhibe en el local 35 de la Flaca Leguizamón, fue un encendedor revestido en masilla dura, con el bajo relieve de un diablo punzó y deforme que parece mascullar un nombre, con un acento chasqueado y poco determinante.
Momento crítico de expansión
Y llegó el tiempo cuando el gran Colisionador de adrones fue calesita de feria, el bosón de Higgs, una minucia en la física de partículas. El nanonewton destronado a una medida de fuerza obsoleta. La antigravedad un detalle más en los obsequios de fin de año. Más allá de la mente colmena y las redes neuronales, cuando todos los individuos se volvieron uno y cada uno era un absoluto. En el zenit de los viajes intergalácticos por desmaterialización cuántica, el fin del bloqueo emocional y otras debilidades mentales y físicas de la mano de la bioingeniería, la insuflación de inteligencia artificial en cada neurona alterada mecánicamente para el ultradata, con el fin de obtener la conciencia panóptica que todo lo concebible en cada cuerpo cibernético y amortal.
En la era dorada donde la panspermia fluyó desde las colonias hacia los planetas exteriores, sorteando las ciclópeas nebulosas, las galaxias caníbales, desafiando quásares y pulsares, y mucho después de doblar el flexible plano del espacio y mirar, boca a boca, en los agujeros de gusano. Creyendo que ya lo habíamos alcanzado todo al contemplar nuestros rocambolescos paneles solares circundando las estrellas enanas, mientras vampirizábamos todo remanente de energía y nos sentíamos conquistadores de los parsecs y sus abominables distancias, como la voraz marabunta que avanza sin pausa en las selvas del Amazonas. Justo en las postrimerías del salto entre universos y el descubrimiento de la verdadera infinitud…
Ahí fue cuando irresponsablemente destejimos el entramado del espacio tiempo, para encontrarnos en una inextricable realidad alterna y, como el que se asusta ante el reflejo impactado por su verdadero rostro, esa fisonomía cabal y pretérita enterrada en los pliegues del avance tecnológico, que nos habla desde una lengua casi muerta y nos cuenta del tiempo en que bullía cierta humanidad plena de carne, con ojos brillantes y manos mortales. Niños brotados de sus madres, no como los concebidos en recipientes in vitro, que cuelgan por miles en las fábricas que abastecen a las lejanas colonias, donde se han dado las interminables conquistas siderales. Por sobre todas las cosas, nos relata del esbozo de un rostro inconmensurable, con una sonrisa en plenitud cósmica.
Ya revelados ante la tremebunda verdad, descubrimos por un evento crucial del ente y su desajustada percepción, de dónde provenimos. Hecho trascendental que ha paralizado a toda una civilización ciborg, por milenios avanzada, tras un cortocircuito eventual y espeluznante, que ha dado la singularidad de nuestra propia quebrazón evolutiva. Entonces, la pregunta incognoscible reverbera en nuestro herido orgullo posthumano. ¿Qué era eso denominado felicidad? ¿Cómo era aquella semántica de la emoción? ¿Cómo podía ser el amor parte indisoluble de algo tan primitivo como un corazón?
Y se sucederán evos de irresolutos ecos que nos volverán criaturas dementes, revolcadas en el ostracismo y el polvo de los conquistados planetas.















