Aunque estaba decidido a ganarse la vida como músico, Pedrito quiso estudiar en la universidad por puro escozor intelectual. Eligió la carrera de Comunicaciones, porque comunicar es poder generar algo común para integrar a los seres. Las musas que participaron en su concepción intervinieron otra vez y le tocó una clase llenecita de mujeres y sólo dos hombres, me sentí un obstetricio, contó cuando se volvió famoso inventándose una palabra, quien dijo que Dios creó al hombre primero y a la mujer después porque de los errores se aprende, acertó, y confesó que sin la ayuda de las chicas de su clase jamás hubiera podido graduarse, son mucho más inteligentes que nosotros.

“Parecía un príncipe gitano que levitaba por los pasillos de la facultad, siempre perseguido por las chicas más lindas de Lima… era un rockstar…”, o algo muy parecido, escribió un periodista que lo conoció en aquel tiempo. Cuentan que Pedrito de verdad era un éxito entre las chicas, aunque cuando se volvió famoso contó que los amores al paso nunca le habían gustado, ¿una vaina así, al vuelo, tipo gato? ¡Nooo!, el sexo sin amor va dejando de lado el espíritu hasta marchitarlo por completo. Cuentan también que andaba siempre vestido de negro, en actitud de quien intenta desentrañar el misterio de la inmortalidad del mosquito, preguntando las cosas que nadie pregunta y hablando de los temas de los que nadie habla. “¡Es un fumón!”, concluyeron por lo tanto los mudos, porque siempre ha sido más fácil acusar que entender.

Quizá el único tiempo peor que aquel en la historia del Perú fue el de la Guerra del Pacífico, la que quiso arrebatarnos al abuelo de Pedrito. La inflación batía tantos records que ni el prefijo “híper” la alcanzaba, y un enemigo feroz mataba peruanos de todos los colores, de dos o cuatro patas, porque ni los perros se libraron del afán sanguinario del peor terrorismo que el mundo había conocido hasta entonces. De los postes de luz, sin luz porque los terroristas dinamitaban las torres eléctricas, colgaban los pobres perros mensajeros del odio. Se diseminó entre los pueblos olvidados por Dios, por el Estado y por el resto de peruanos; creció como crece el mal cuando lo dejan, llegó a las ciudades y hasta la esperanza comenzó a abandonarnos.

La emigración imitó a la inflación y entre los que nos quedamos, los únicos con suerte fuimos los colegiales, porque las tareas de hacer milagros para multiplicar panes y malabares para esquivar bombas, fueron de los adultos. Los políticos no atinaron ni una y quienes intentaron defendernos murieron descuartizados a manos de los emisarios del Mal. Es difícil entender ahora cómo hizo el Perú para sobrevivir tanto horror, quizá lo logró porque se llama Perú, es hijo del Sol y porque algunos de sus hijos lo ayudaron. Uno de ellos, fue Pedrito.

Durante uno de los silencios que siguió a una de las explosiones, el Perú escuchó a un chico cantar… Estoy atrapado y no puedo salir… ¿es que no ves que hay una bomba que se desprende de mi ser y se transforma en algo horrible? Abrázame, no sé qué hacer… hoy siento pena, siento pena de mí... Quizá mi país se reconoció en la letra o se relajó con el ritmo, el asunto es que siguió escuchando y cuando conoció la historia de un resfrío en Brasil… Por la carretera, cruzando la frontera una linda morena me dijo “llévame, yo me acomodo atrás”. Yo le dije “si me guías te llevo de rodillas donde tú me pidas”… Nos mojó la lluvia, me sorprendió la fiebre y en plena penumbra me empezó a besar, fue fenomenal… de tantos besos la contagié, en cama cinco meses pasé… Era una maravilla, con su tanga de estrellitas se me ponía encima y no podía respirar, fue fenomenal… Todo me dolía, ella estornudaba, pero resistía… No supe nunca hablar portugués, pero qué bien que me comuniqué… Nos dimos el adiós, qué penoso adiós…, el Perú casi se murió de risa, de ternura y de alivio, porque aún en el peor de los horrores, seguía habiendo vida, seguía habiendo amor y hasta seguía habiendo ilusión.

Bailó, el Perú, gracias a Pedrito, muerto de risa con la descripción perfecta de las borracheras de sus adolescentes… ¡Uh!, cuando la cama me da vueltas… ¡Un, dos, tres, va! Por la calle regresé, embriagado hasta los pies… con la mesa me estrellé y del ruido desperté ¡uh!, a mi mamá, tambaleando me acerqué y con un beso la asfixié… Todo se nubló y el remolino me agarró, la casa la sentía de cabeza, con acrobacias avancé hacia mi cuarto y me dejé ¡uh!, desparramar… ¿qué puedo hacer? Cuando la cama me da vueltas, me agarro y no lo puedo evitar…

Arena Hash se llamaba la banda que Pedrito había fundado con su hermano y dos amigos, y los cuatro andaban de estación de radio a estación de radio, casi mendigando que, por favor, por favor, pusieran sus canciones. Arena Hash apareció por fin en todos los programas de televisión y el Perú quedó turulato porque los mocosos universitarios que cantaban las canciones más desfachatadas de la vida tenían muy buenos modales. Ensayaban en casa de Pedrito y su mamá, que era trabajadora, paciente y muy distraída pero no tanto, les llevaba la comida al garaje mientras los chiquillos reventaban la batería, la guitarra, el bajo y el teclado, mezclando rock con todo lo imaginable y hasta lo inimaginable, su barrio saltaba como una rana oyendo blues y un patrullero daba vueltas, vueltas, en busca del origen del escándalo sin que ningún vecino los delatara, porque a Arena Hash la quiso todo el Perú, aunque metió un montón de bulla. Los chicos comenzaron a recorrer el país pese a las bombas de los terroristas y quizá así Pedrito se hizo hombre.

Cuando el papá de un amigo suyo murió, Pedrito fue a darle el pésame porque lo quería y también, porque su propio papá había muerto y comprendía. En el velorio, vio a su amigo y a los asistentes tan tristes, que pidió la guitarra del difunto y pasó horas tocándola y cantando para transformar el momento en algo casi feliz. Lo consiguió, porque Pedrito siempre consiguió transformar la tristeza, era uno de sus superpoderes, por eso lo queremos tanto, y por eso es inmortal.

El segundo disco de Arena Hash fue una locura y contó, entre otras, la historia del Rey del Ah, ah, ah… Hace años mil hubo una princesa que no podía vivir sin hacer ah, ah, ah. Ella solía dormir en un súper King Size con soldaditos mil y una gran orquesta. Ellos tocaban sin, tocaban sin parar y así nadie iba a oír el feroz “ah, ah, ah”. Pasaba por ahí un trovador bacán, llevaba un calcetín justo en la zona Ah… La princesa lo vio y ordeno descansar, “a ver buen trovador, ¿qué me vas a enseñar?… La princesa pidió una venia total, pues con el trovador ella se iba a casar. El trovador dijo no a la corona, pues él nació siendo el Rey del Ah, ah, ah… La banda de Pedrito desalojó a los cantantes gringos de las radios y llenó todos estadios peruanos bajo una lluvia de calzones. Nunca una banda peruana tuvo tanto éxito.

Las autoridades de la universidad de Pedrito lo llamaron, “representas a la Universidad y tenemos que hacer algo al respecto”, le dijeron, contactaron al Jefe de la Facultad de Comunicaciones de una universidad gringa, “tenemos un fenómeno, un teen-idol”, y ese señor llevó a Pedrito a un seminario en Holanda, para que entendiera la responsabilidad que se había echado encima y Pedrito entendió. La noche de su graduación, con toga, birrete y una corbata hecha de cartulina porque no tenía ni una de verdad, cantó a capela y lo aplaudieron tanto, que el estruendo casi silenció al de las bombas terroristas. Quizá por eso, su país comenzó a quererlo como nunca ha querido a otro artista.