Soy Frankelda es una película de animación en stop motion mexicana que se estrenó en 2025, pero para mí es mucho más que eso.

Como una persona que ha escrito toda su vida y encontró sus primeros poemas en una libreta cuando era niña, la historia que narra el largometraje me atrapó con una identificación profunda desde el primer minuto.

Notas fantásticas de música original creada para la película empiezan a tocar cada fibra de mi imaginación mientras veo a una niña pintando un cuadro junto a su madre. Tal como mi madre pintaba conmigo cuando era pequeña. Se encuentran en la cima de una montaña, disfrutando del arte y del viento. De manera súbita, la madre enferma fatalmente y tras su muerte, la niña queda a cargo de su abuela, creciendo en un ambiente restrictivo y hostil.

La historia se desarrolla en el siglo XIX, por lo que debemos ambientarla en las características de la época: un fuerte patriarcado y escasas posibilidades de la mujer de protagonizar la vida pública, mucho menos en el ámbito artístico y cultural. La vestimenta y los colores toman lugar en un pequeño pueblo de México que acompaña el crecimiento de la protagonista, quien lleva a todos lados su mayor tesoro: un cuaderno que alberga sus cuentos.

Hay una escena clave en la que deja su cuaderno descuidado junto a una fuente y un pequeño monstruo surge desde otro plano para explorar el objeto y a su portadora. Francisca, nuestra protagonista, está segura de haberlo visto, pero su abuela no está dispuesta a creer en ella.

Bajo esta dinámica transcurren los años hasta su adolescencia, momento en el que decide publicar sus escritos y acude a una editorial donde es inevitablemente rechazada porque ese oficio no es para mujeres.

Desahuciada, con sus sueños en pedazos de papel destrozado, se recluye a llorar cuando llega el joven Herneval, príncipe del Topus Terrentus. De manera simultánea a la historia en el mundo real, existe un universo desconocido: El Reino de los Sustos, donde habitan criaturas fantásticas responsables de crear las pesadillas que sueñan los humanos.

El terror es lo que los mantiene vivos, pero últimamente el sistema ha estado fallando. Los reyes del Topus Terrentus, encargados de tejer las mejores pesadillas, están desfalleciendo. El pesadillero real no está creando las pesadillas adecuadas y no tienen energía suficiente para sobrevivir. Pronto el reino decaerá.

La arparaña, el instrumento sagrado que emplean para tejer las pesadillas y que divide el universo fantástico del mundo humano, también está en deterioro. No hay nada que puedan hacer para remediarlo, pero el príncipe Herneval tiene un plan: conseguirá que Frankelda viaje al Topus Terrentus para reestablecer el equilibrio entre los dos mundos con el poder de sus historias.

Bajo este argumento se desarrolla una historia en la que Francisca, ahora Frankelda, aprende a deslindarse de los límites de la sociedad en la que ha crecido y descubre su potencial creativo, aunque eso implique enfrentarse a sus peores miedos. “Eres verdad, eres palabra, eres sueño, eres ficción. Eres real” (Frankelda, 2025).

Hay una serie de eventos y errores catastróficos que conllevan a consecuencias en ambos mundos, pero el último fin es atreverse a contar las historias que residen en nuestro interior, la película lo encierra en una frase sencilla y poderosa: “al escribir se tejen más ficciones con hilos de verdad” (Frankelda, 2025).

Para mí, la experiencia fue mucho más allá de ver el largometraje. De la mano de la película descubrí la cineteca nacional de Xoco en mis últimos días en México. Fue la despedida perfecta para recordar el poder de mi escritura y de mis sueños: “ficción y sueños de antaño que sin mentiras nos muestran verdad” (Frankelda, 2025).

La noche de la película caminé por los pasillos del complejo, habité sus espacios, recorrí la feria y descubrí el encanto de asistir al cine sola, pero en realidad tenía el pulso de mis escritos en mi interior: “paradoja que vive en mí” (Frankelda, 2025).

Como complemento de la película había una exposición que contenía el universo que hizo posible el filme. Al ingresar a la sala recibí el cobijo de las páginas antiguas colgando del cielo, vi la escena de Frankelda con su madre y permití que me conmoviera. Al concluir la primera parte, tuve el Topus Terrentus frente a mí: todos los escenarios y personajes que se habían empleado para grabar el largometraje estaban ahí. Cada una de las pelucas y máscaras de Frankelda, el pueblo donde creció, todos sus habitantes y las majestuosas explanadas donde se esparcía el mundo fantástico.

Todo era infinitamente prolijo, desde la maceta en un balcón hasta el detalle más pequeño: mundos encerrados en paredes de cartón, pintados a mano, esculpidos, listos para proyectarse en la pantalla grande.

La película irrumpe en el cine mexicano como el primer largometraje de stop motion realizado en el país. Al mismo tiempo, interpela a los artistas, a todas las personas que tienen un universo interno y una historia que contar. Además, realiza un homenaje a México a través de la cultura representada en los colores, en la arquitectura del pueblo y en los animales endémicos que fueron inspiración para los personajes como el tecolote, un pequeño búho al que hace referencia la figura del príncipe Herneval.

El mensaje es de pasión, permanencia y desapego, a través de un viaje profundo que emprenden los personajes y nosotros de su mano para recordar el poder de nuestros sueños. La película cierra con un mantra que encierra su aprendizaje “Eres verdad, eres ficción”. Somos constelación, paradoja y sueños, como lo canta uno de los temas: “Calma, nuestra historia es la de la humanidad. Ellos cuentan y luego son ficción, que se hace real” (Frankelda, 2025).