Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, surgió desde París una nueva corriente artística que apostaba por la abstracción, el gesto y la materia.

El trauma del conflicto y la revelación de las técnicas de exterminio masivo empujaron a los artistas a romper con todo lo anterior, con la intención de «empezar de cero, como si la pintura no hubiese existido nunca» (Barnett Newman). Por otro lado, la influencia del surrealismo impuso conceptos como el inconsciente y el automatismo. Esto llevó a los defensores de esta nueva abstracción a priorizar la espontaneidad del gesto y a explorar nuevas formas de intervenir en el soporte pictórico.

Tras 1945, París volvió a ser, por un tiempo, el centro del mundo artístico, aunque ahora tenía que compartir protagonismo con Nueva York. La capital francesa se convirtió en el gran escaparate de la abstracción, impulsada por una sólida red de galerías y una nueva generación de críticos de arte. Fue un imán tanto para artistas europeos a menudo expulsados de sus países por regímenes autoritarios, como para artistas llegados de Estados Unidos y Asia. La exposición El gesto y la materia refleja el desarrollo internacional de este expresionismo abstracto a lo largo de dos décadas.

Un «arte otro»

Bajo el término «arte otro», el crítico Michel Tapié, figura clave y principal promotor del «arte informal» en París, reunió en 1952 a una serie de artistas abstractos que rechazaban tanto los elementos figurativos como las formas geométricas. Inmediatamente después de la guerra, dos de ellos, presentados a partir de 1945 por la galería René Drouin, marcaron el camino de esta nueva forma de pintar: Jean Fautrier, cuyos Otages (Rehenes) confieren una dimensión existencial, incluso trágica, a esta abstracción; el artista alemán Wols, que, a través de sus acuarelas y óleos, desarrolló un lenguaje no figurativo de inspiración biomórfica. La obra de Wols fascinó al joven Georges Mathieu. Éste, que ya compartía con su amigo Camille Bryen una sensibilidad cercana al surrealismo, empezó a cubrir sus lienzos con formas abstractas, manchas, goteos y empastes de color aplicados directamente desde el tubo.

Intercambios transatlánticos

Aunque Nueva York salió de la Segunda Guerra Mundial consolidada como un potente foco artístico e intelectual, los jóvenes artistas estadounidenses no dejaron de mirar hacia París. Este fue el caso de Sam Francis, antiguo piloto de guerra, que se instaló durante varios años en la capital francesa. Por su parte, Jackson Pollock, figura central del Action painting, organizó su primera exposición europea en el Studio Facchetti en 1952. Sus composiciones all-over al igual que su técnica de drippring causaron sensación, dejando una profunda huella en artistas tan diversos como Georges Mathieu y François Arnal. Estas obras, a menudo ejecutadas en lienzos de gran formato, destacaban por una intensa gestualidad y una relación física con el soporte. Al igual que para los pintores estadounidenses, incluida Joan Mitchell, que también estuvo presente en París, el lienzo tendía a convertirse en un espacio performativo. El propio Mathieu, que trabajaba para una compañía naviera transatlántica, aprovechó su posición para tender puentes entre la abstracción norteamericana y la europea, como en la exposición Véhémences confrontées (Vehemencias enfrentadas) en la galería Nina Dausset en 1951.

El negro es un color

Bajo el título de una exposición de la Galerie Maeght en 1946, esta sección reúne a una serie de artistas abstractos que recurrieron a la sobriedad y la solemnidad del negro. Al finalizar la guerra, Pierre Soulages irrumpió en la escena artística con sus densos signos caligráficos pintados con nogalina. Este fue el inicio de una trayectoria dedicada, casi de forma absoluta, a explorar el color negro. Al igual que André Marfaing, Soulages investigó todas sus posibilidades plásticas y expresivas, jugando a menudo con contrastes radicales frente al blanco. Este minimalismo cromático hacía aún más visible el vocabulario gestual de los artistas y las cualidades más o menos dúctiles de la materia. Inspirándose en la música, Gérard Schneider utilizó brochazos vigorosos, mientras que Hans Hartung amplió esta vez en lienzo sus tintas sobre papel. El contraste entre el blanco y el negro también puede infundir una sensación de gravedad, incluso de tragedia, como en la obra de Antonio Saura, que evocaba el recuerdo de la gran pintura barroca española.

Asia/Occidente

Aunque Estados Unidos ejercía una fuerte atracción sobre los jóvenes artistas japoneses, muchos de ellos eligieron París como destino en la década de 1950. Artistas como Toshimitsu Imai y Key Sato volcaron su abstracción en un trabajo sobre la superficie pictórica, buscando evocar la naturaleza en su dimensión telúrica. En 1957, el viaje a Japón del crítico Michel Tapié junto a Georges Mathieu intensificó los lazos entre la escena parisina y el movimiento Gutai. Este grupo de vanguardia, fundado en 1954, contaba con figuras destacadas como Kazuo Shiraga, que revolucionó, con una energía espectacular, la relación entre el lienzo y la materia pictórica. Esa misma mirada hacia la naturaleza recorrió la obra del artista chino Zao Wou-Ki, que llegó a París en 1948. Su pintura alcanzó una refinada síntesis entre la gestualidad abstracta y la tradición paisajística del Lejano Oriente. Por su parte, artistas occidentales fascinados por la caligrafía y la espiritualidad zen, como Jean Degottex y Mark Tobey, se orientan más hacia un arte del signo.

Difusión europea

A lo largo de la década de 1950, una sólida red de galerías, revistas y críticos internacionales impulsó la difusión y promoción de la abstracción gestual, hasta convertirla en el lenguaje común en toda Europa. En la España franquista, con figuras como Manolo Millares, o en la Polonia comunista del futuro dramaturgo Tadeusz Kantor, esta estética se entendió como un espacio de resistencia frente a los dogmas culturales dominantes. En la Alemania Occidental, la pintura de Ernst Wilhelm Nay fue un ejemplo de libertad artística frente a la política cultural de la Alemania Oriental, hostil por principio a la abstracción. Sin embargo, a mediados de 1960 empezó a hacerse evidente el agotamiento de la pintura gestual y matérica, al tiempo que se inició un retorno a la figuración de la mano del Pop Art en Estados Unidos, del Nuevo Realismo y la Figuración Narrativa en Francia, o del Equipo Crónica en España. Resulta significativo que la pintura de Michel Parmentier, con la que se cierra esta exposición, sirvió de puente entre ese lenguaje gestual y planteamientos más radicales y minimalistas de la abstracción.