El giro decolonizador

Estamos transitando, sin duda, como bien señalan algunas ideas de Enrique Dussel, de una presunta posmodernidad a una transmodernidad; es decir, de la enajenación ideológica de un largo colonialismo eurocéntrico a un giro decolonizador que significa una visión propia, plural y una auténtica filosofía de la liberación.

Recordemos ahora que, si bien son dos caras de la misma moneda, la cultura es educación y la educación es cultura. ¿Cómo afecta en este ámbito a nosotros y a prácticamente todo el mundo la llegada y los nuevos asedios al poder electoral de la ultraderecha norteamericana y el avance de los núcleos más conservadores en distintos países? Una derecha nazi—según escribió Adolfo Gilly— seguramente más radical y agresiva que las de Reagan y Bush.

Parte del pensamiento colonizador consiste en suponer que los conceptos y valores de otros pueden tener el mismo sentido para nosotros, sin considerar que su origen y su razón de ser en el caso de los colonizadores obedecen a propósitos y necesidades distintos a los de los colonizados.

Quienes aceptan o incluso buscan la sumisión y la dependencia, a cambio de ciertos privilegios y seguridades, con escasa conciencia histórica o con claro cinismo, actúan con mentalidad colonizada. Son gente que no cree en valores como la dignidad, la libertad, la igualdad. En todo caso, si esos bienes, de manera subordinada y en alguna medida, les son otorgados o reconocidos, eso es suficiente para ellos. Son las oligarquías que ejercen el colonialismo interno con sus esferas de influencia.

Bajo esta óptica, de diálogos interculturales entre comunidades de enormes conglomerados urbanos y rurales, ¿qué valores encarnan en una democracia burguesa, sea metropolitana o periférica? El temor y la ambición, que suelen ir juntos, son algunas de las peores miserias de espíritu. Han sido uno de los motores que han puesto en marcha las acciones de conquista y la construcción de imperios.

Las estrategias neoimperialistas ponen a prueba el reconocimiento de la propia fuerza. Pueden originarse incluso en el rechazo de presuntas agresiones y la defensa de intereses nacionales y de fronteras (p.ej., identificar migración con delincuencia, como hace Trump). Pero una vez puestas en marcha, desatan el ímpetu avasallador de imponer y someter, de destruir, de conquistar, con toda su crudeza y crueldad, a quien se identifica como un enemigo al que se ve más débil, vulnerable o menor. Y entonces, ¿qué o quién puede detenerlos? El pueblo. Los pueblos organizados para la resistencia y la liberación se definen.

En tiempos no tan remotos, eso fue lo que llevó a los romanos, a los españoles, portugueses, italianos, ingleses, franceses, alemanes y norteamericanos, embriagados con la ilusión de poder, a convertirse en bandas guerreras y en élites narcisistas y masas enajenadas para quienes el sufrimiento y la sangre de otros se convierten en tributo “natural” y obligado del “débil” hacia el “fuerte”.

En las Memorias de Adriano, p.ej., tan abundantes en reflexiones sobre la “naturaleza” del poder, la belga Yourcenar apenas roza los aspectos éticos o metafísicos de la constitución y el ejercicio del poder imperial. Esos romanos, que emularon siempre pero poco o nada comprendieron el espíritu de los griegos (también imperialistas), se quedaron sólo con los signos exteriores, con la liturgia, con la pompa y circunstancia, con los huecos discursos y la barbarie del poder (Lex romana y Pax romana). Algo parecido a lo que hicieron luego Inglaterra y EUA.

Todos esos acontecimientos “triunfales” de la historia —que hay que revisar a contrapelo, de abajo hacia arriba, como dice Walter Benjamin— parecen ajenos casi por completo a los sentimientos y al dolor de los otros, de los “enemigos”, de los vencidos por ideas y acciones de la más pura barbarie y de la más cabal injusticia.

Teoría y práctica

Permítasenos entonces, ante la circunstancia grave de los nuevos intentos de asalto al poder de las derechas ultraconservadoras en EUA, en España, en Hungría, en Perú o en México y en otras partes del mundo, proponer algunos puntos de reflexión sobre el Diálogo de Culturas en un espacio tan heterogéneo como es el país y la megalópolis de la Ciudad de México (y que desde luego encuentran correspondencias en muchas otras sociedades), en el que interactúan etnias originarias, clases y sectores sociales integrados por jóvenes, mujeres, adultos, de barrios, colonias, pueblos y comunidades diversos en una extraordinaria mezcla y combinación de expresiones culturales, artísticas y de saberes ancestrales, tradicionales y modernos, clásicos y populares, occidentales y mesoamericanos. Hablamos del “México profundo” y del “México imaginario”, sobre los que escribió Guillermo Bonfil Batalla.

Se trata de reconocer y hacer valer hoy desde los ámbitos de la cultura y con perspectiva de género, como parte de nuestras tareas universitarias de difusión y extensión, ante las crudas manifestaciones de racismo y discriminación que vuelven a estar en boga, los datos duros y más actuales de las ciencias biológicas y antropológicas.

Entre otras, las investigaciones del Proyecto Genoma Humano 1 han descubierto que los seres humanos son muy semejantes entre sí y tienen extraordinarios paralelismos con el resto de los organismos vivos. El genoma dirige el desarrollo natural de las especies vivas, desde el óvulo hasta la muerte. El cuerpo humano tiene aproximadamente 100 billones de células; cada una contiene dos series completas del genoma, con sus 23 pares de cromosomas. Cada cromosoma está constituido por un par de larguísimas moléculas de ADN, una doble hélice con los genes. Una serie procede del padre y otra de la madre.

Pues bien, de los 3 mil 120 millones de datos que componen el “Libro de la vida”, los científicos han encontrado que el 99,8 % son idénticos para todos los seres humanos. El investigador Craig Venter de la compañía Celera Genomics utilizó este dato para denunciar la estupidez de los intentos de discriminar a las personas por su “raza”, su etnia o su sexo: “El criterio de raza no tiene bases científicas. En los cinco genomas que hemos descifrado no hay modo de diferenciar una etnia de otra”, afirma Venter.

No es pues la naturaleza, sino los prejuicios, las costumbres, la lengua, la cultura, el miedo o el odio, lo que nos separa.

No hay nada natural en las naciones y las diferencias a las que apelan los nacionalistas; sólo aparecen como significativas en determinados contextos sociales, cuando no son deliberadamente manipuladas o inventadas.

(Manuel Toscano)

El nacionalismo halaga nuestros instintos tribales, nuestras pasiones y prejuicios, y nuestro nostálgico deseo de vernos liberados de la tensión de la responsabilidad individual que se procura reemplazar por la responsabilidad colectiva o de grupo.

(Popper)

El incremento de la pobreza y los conflictos etnoculturales son algunas de las principales causas de desestabilización y violencia política en el mundo. ¿Cómo conciliar la diversidad de culturas y la unidad de los seres humanos? ¿Cómo es posible una sociedad justa y libre bajo las condiciones de profundos, cada vez más generalizados y en apariencia irresolubles conflictos culturales?

Planteado desde una voluntad ética y política de integración, el diálogo intercultural 2 —según José Rubio Carracedo— es preferible al concepto de sociedad pluricultural o multicultural, que puede servir de coartada para una ideología del gueto y de la exclusión. Así, ciertos ideólogos ultraderechistas o xenófobos pueden reconocer que respetan las otras culturas, siempre y cuando los otros se queden en su contexto, en su nicho cultural, en sus miserables y empobrecidos países de América, África o Asia.

En la escala que nos es propia, y en espacios a nuestro alcance, pensamos que en una educación con proyección científica, humanística, crítica y de eminente vocación social el cuidado de los niveles académicos y de investigación debe hacerse extensivo a las tareas de difusión cultural y extensión universitaria. Pensamos no sólo en las expresiones más clásicas y tradicionales de las bellas artes (música, teatro, danza, artes plásticas, literatura) que desde luego hay que seguir impulsando, sino también en la divulgación científica y en el análisis crítico y el debate abierto de los fenómenos interculturales y de las ideologías de nuestro tiempo (conferencias, debates, seminarios, talleres, diplomados, diálogos abiertos en espacios públicos).

Recordamos ahora que, si bien son dos caras de la misma moneda, la cultura es educación y la educación es cultura. ¿Cómo afecta en este ámbito a nosotros y a prácticamente todo el mundo la llegada y los nuevos asedios al poder electoral de la ultraderecha norteamericana y el avance de los núcleos más conservadores en distintos países? Una derecha nazi —según Adolfo Gilly— seguramente más radical y agresiva que las de Reagan y Bush. El respeto y el reconocimiento mutuo son sólo un primer paso para la fase de intercambio e intercomunicación, que conduce directamente a la auténtica meta del diálogo intercultural. La solución no es el mosaico plurinacional, sino el pluralismo sociocultural.

Notas:

1 National Human Genome Research Institute. (s.f.). Proyecto Genoma Humano. Glosario Políglota de Términos Genéticos. National Institutes of Health.
2 Rubio Carracedo, J. (2000). Ciudadanía intercultural: del multiculturalismo a la integración intercultural. Revista de Estudios Políticos, (109), 311-325.