Se efectuaron en Teherán luego de la eliminación del Líder Supremo de Irán, Alí Jamenei, el 28 de febrero pasado. Asistieron unos 20 millones de seguidores, incluso más que a los funerales de Jomeini, en 1989, quien instauró el régimen teocrático en 1979 y donde se calcula que fueron unos 10 millones. El féretro salió de la Gran Mosalla hasta la ciudad de Qom y, de ahí, a Mashhad, al santuario Imán Reza. A más de cuatro meses de su muerte, en una calculada operación de inteligencia organizada por fuerzas israelíes junto a los norteamericanos. Todo un significado religioso y político, de resistencia y demostración del apoyo ciudadano al régimen de los Ayatolas.

Un hecho que puede tener muchas interpretaciones, por sobre la insistente interrogante de quién gana en esta guerra y la búsqueda de respuestas simples, como si se tratara de una competición. Tratemos de examinar los hechos por sobre la consabida propaganda y la exageración de las dos partes, dependiendo de si hay o no adhesión a Trump o a Israel, lo que en esa región no existe, o a los Ayatolas.

Se supone, y digo bien, suponer, que Jamenei, gobernando Irán por 36 años y 206 días y sepultado con todas las muestras de sumisión islámica, mantiene su total vigencia a través de su hijo, con un poder en aumento y control paulatino de toda la vida política y ciudadana. Sus antecesores mostraron cierta apertura, aunque de corta duración y con más promesas que realidades. Se basó fundamentalmente en la omnipresente Guardia Revolucionaria, a pesar de que sus principales responsables también fueron eliminados en operaciones selectivas por los servicios israelíes o norteamericanos. Acciones sorpresivas y efectivas en contra de Hossein Salami, el jefe de Inteligencia; Majid Khademi, excomandante; y Alireza Tangsiri, entre otros.

Estas operaciones hicieron que cada comandante tuviera previamente designado a su sucesor, de manera que no se produjera ningún vacío institucional si era eliminado.

A la muerte de Jamenei padre, la Asamblea de Expertos, conformada por 88 clérigos islámicos, eligió a Mojtaba Jamenei, su hijo, como Líder Supremo, con 56 años de edad. Desde su elección, nunca ha vuelto a ser visto en público, ni en fotografías ni en videos. Hay insistentes rumores de que estaría gravemente mutilado en el mismo atentado que mató a su padre y a buena parte de su familia. Solo hay mensajes con sus instrucciones que se toman como auténticos. También existe la sospecha de que esté parcialmente incapacitado o que hubiere muerto. En tal caso, de ser verdad, Irán estaría actualmente gobernado por la Guardia Revolucionaria, que invoca el nombre de Majid Jamenei. Significaría un verdadero cambio político y religioso en Irán.

Para el régimen de los Ayatolas, el actual Líder todavía no alcanza el rango de «fuente de emulación», el más elevado entre los clérigos del islam chií, como autoridad máxima para interpretar la ley islámica (sharía), lo que se alcanza luego de largos estudios. Solo han alcanzado el rango de «imitables» una vez que han publicado sus tesis, demostrando su capacidad de interpretar las leyes; han sido reconocidos oficialmente por otros pares académicos; y aceptados por los fieles como seguidores morales y jurídicos. Lo han logrado el Gran Ayatolá Ali al-Sistaní, Ruhollah Jomeini, Alí Jamenei y Alí Hosseini Khamenei. No hay otros, y no lo ha alcanzado el actual líder, Mojtaba Jamenei, demasiado joven en comparación.

Estamos frente a una situación poco clara y donde persisten dudas, no solo sobre quién efectivamente gobierna y controla el país en lo político, económico o en su seguridad, sino en lo más importante para el régimen: en lo religioso, de lo cual depende todo lo demás.

En medio de estas interrogantes occidentales, no hay duda de que el funeral de Jamenei ha sido inmenso, con múltiples demostraciones de pesar, acompañadas de cánticos, expresiones de duelo colectivo y otros signos muy propios de una creencia arraigada en la población y que confirma, por sobre otras consideraciones, la idea del martirio del Imán Alí, nieto de Mahoma, eliminado por los sunitas.

La guerra se ha reiniciado luego de una breve tregua. Hay quema de banderas de países occidentales y fotografías de sus líderes con amenazas de muerte, dibujados como blancos para disparos y otras muestras de una gran hostilidad. La propaganda del régimen no ha cambiado; su repudio a los infieles, tampoco. Una prueba fehaciente de que la pretendida toma de conciencia de la población, en particular de los jóvenes que se manifestaban hace unos pocos meses atrás en contra de los Ayatolas y exigían más libertad, ya ha sido definitivamente controlada y que podría ser brutalmente reprimida una vez más. Nunca se han aclarado ni el número de bajas ni el de encarcelados, aunque se estiman en varios miles. El régimen mantiene todo aquello bajo estricta reserva.

El funeral y su apoyo masivo son demostrativos de que, como objetivo de liberación y motivo para un cambio de régimen, la guerra no lo ha logrado. En las actuales condiciones, parece del todo imposible que la población reaccione en contra. Un apoyo que los clérigos o la Guardia Revolucionaria han sabido aprovechar para continuar con su dominación. Vuelve a ser prioritario el enriquecimiento del uranio para dotar a Irán de un arma nuclear en muy poco tiempo más, como un serio peligro para la región. De los otros objetivos iniciales de la guerra, mejor ni recordarlos. No se han logrado y, al contrario, se han visto redoblados por Irán hasta el último momento. Ha sabido aprovechar hábilmente la posición geoestratégica en el Golfo y del ahora conocido Estrecho de Ormuz. Es cosa de comparar su utilización previa a la guerra. Por sobre cualquier otra consideración y más allá de sus particularidades, el régimen teocrático iraní se ha visto robustecido o, en todo caso, más consolidado que al inicio de las acciones bélicas. El citado funeral y lo que vendrá demuestran su alcance.