La distopía resuena en lo que vemos en las películas de ciencia ficción, que nos muestran un mundo sumido en el caos, la devastación y la opresión, ya sea por invasiones extraterrestres, por el cambio climático, por desastres naturales o por distintas posibilidades de destrucción de la Tierra tal y como la conocemos. También representan escenarios de injusticia, desigualdad, hambre y control, donde los seres humanos están lejos de alcanzar una vida en paz y armonía; por el contrario, sufren más en la desesperación por sobrevivir que en la posibilidad de vivir con plenitud.

En la literatura y el cine futurista, en las distopías hay quienes apenas sobreviven con mucho esfuerzo, otros huyen en busca de un paraíso y unos cuantos que luchan por cambiar el orden —o desorden— establecido. Quizá porque, incluso en las peores distopías, siempre queda abierta la posibilidad de imaginar otro horizonte.

Desde Un mundo feliz y 1984 hasta Matrix, Blade Runner 2049 o Hijos de los hombres, la ciencia ficción imagina sociedades dominadas por el control y el consumo, con la tecnología subordinando la actividad humana, con devastación ambiental en panoramas desoladores y, en general, con la pérdida de aquello que nos hace humanos. Más que predecir el futuro, estas obras nos invitan a mirar críticamente el presente.

Entre la crisis y el colapso, la ciencia ficción distópica funciona como un espejo que refleja aquello que no queremos llegar a ser y, precisamente por eso, nos obliga a cuestionar el presente para preguntarnos qué mundo estamos construyendo.

El diccionario de la Real Academia Española define la distopía como una representación ficticia de una sociedad futura cuyas características negativas provocan la alienación humana. También su significado alude a su opuesto, que es la utopía, con un mundo ideal y otras formas de vida posibles, pero de difícil realización, como un horizonte soñado más que una realidad posible, uno que quizá nunca dejó de existir, pero que olvidamos en los archivos de nuestra historia.

En ambos casos, la distopía y la utopía parecen ficciones lejanas de la realidad humana. Sin embargo, el mundo actual se parece cada vez más a una distopía de la que algunos quieren salir y que a otros nos impulsa a caminar hacia la utopía como horizonte de vida. Quizás porque no son opuestos radicales, sino tensiones del presente que plantean vías para discernir qué camino seguir y qué acciones tomar. Tal vez porque en el fondo, una nos duele y nos trastorna, mientras que la otra nos llama a recuperar el sentido común para hacer otro mundo posible.

La distopía es el caos de un mundo que cada día se parece más a una realidad que está al revés, lejos del sentido común y el bien colectivo. Un mundo en donde lo que nos dijeron que eran derechos, como la salud, la vivienda y la democracia, ha desaparecido o se ha difuminado, convirtiéndose en mercancías a las que se puede acceder si se cuenta con recursos materiales, una economía estable y el dinero que compra incluso lo que se considera la felicidad.

El consumismo de la mano del capitalismo está haciendo un “ismo” y casi un “sismo” en este mundo que cada día está más al revés. Nos gobiernan quienes dan discursos ofreciendo espejismos y venden mercancías como personajes que parecen sacados de un mundo de cómic. Las noticias y los titulares parecen guiones distópicos que se repiten en distintos lugares, con diferentes protagonistas, pero con las mismas historias de crisis, no solo en lo político, sino también en lo social, lo económico, lo productivo y lo cultural.

Es como una repetición que produce la sensación de estar viendo la misma escena con distintos nombres, como si cambiara el escenario pero no el guion ni las fechas ni los personajes; el relato es similar. Como si algo dentro supiera que así no es como queremos vivir.

Y se mueve algo dentro de nosotros como si fuera la conciencia, esa voz interna que nos dice que así no queremos ni debemos vivir. Es un llamado a despertar, a reconocer que la inercia del sistema no es nuestra única opción, sino que existe un camino distinto que podemos explorar y crear. Esa conciencia quizás es la memoria de otras formas de vivir que esperan ser recordadas.

Es que estamos tan distraídos que hasta existen ídolos con pies de barro que seguimos, músicas con letras que no se entienden, pero que igual hacen bailar y cantar porque nos desconectan del mundo en que vivimos, aunque nos alejan del potencial que tenemos de transformar la realidad.

Incluso el fútbol se ha convertido en una distopía donde se difuminan la lealtad, la amistad y el compañerismo, en favor de un esquema donde priman los cheques, el mercadeo, los egos y las confrontaciones que alimentan el negocio basado en la publicidad, sostenido por pausas y cámaras que terminan definiendo lo que parece ser la verdad.

Y, aun así, a pesar de las distracciones o distorsiones, en el fondo de nuestro ser continuamos en la búsqueda de sentir, vibrar, sonreír y encontrarnos, porque hay algo en nuestra esencia humana que no se resigna ni se entrega. Algo que sigue latiendo hacia esa utopía que queremos vivir.

En este mundo en el que desaparecen el papel para leer, el billete para pagar y el intercambio directo, todo parece más irreal. Los teléfonos sirven para todo, hasta para desconectarnos de la realidad e incomunicarnos con quienes tenemos más cerca. Estamos hiperconectados y, al mismo tiempo, cada vez más distantes. Y, sin embargo, a pesar de estar conectados a la virtualidad, seguimos necesitando la cercanía, el encuentro y la presencia real.

Parece que nos acercamos más a la inteligencia artificial y a la posverdad, con generaciones que se forman en un mundo virtual en el que desaparecen el juego en la calle, el conocer a los vecinos, darse abrazos y saludar.

Salir a jugar en la calle, tener vivienda, un trabajo estable, atención médica y expectativas de educarse para realizar los propósitos de la vida parecen ser asuntos del pasado. Ahora eso resulta distópico y pareciera que hemos perdido el sentido de la utopía, convencidos de que es inalcanzable construir un mundo con justicia, equidad y bienestar, en el que gobernemos y nos gobernemos con ética y coherencia.

Recuerdo entonces Planeta Libre (La belle verte), una película de 1996, totalmente recomendable para reírnos de nosotros y del mundo distópico que lleva décadas construyéndose, mientras recobramos el sentido utópico. La película comienza con una escena de seres de otro planeta que buscan voluntarios para venir a la Tierra, pero nadie quiere pasar por un planeta donde aún existe el dinero, las ciudades son de cemento y la humanidad actúa como si estuviera desconectada de su esencia. Lo demás es para verla.

A veces la mirada desde fuera muestra cómo nuestra normalidad es una extraña realidad. Y también nos recuerda que otras formas de vivir no solo son imaginables, sino que ya han existido, existen y pueden resurgir. Es cuestión de recuperar la memoria y la alegría de habitar un mundo más feliz sin que ello tenga que ser una utopía inalcanzable, sino una decisión de vida.

En este siglo XXI, seis años después de 2020, cada vez el mundo parece más irreal, cercano a un caos de ciencia ficción que insiste en reflejar lo que necesitamos ver para volver a ser.

Vivimos en un mundo donde se supone que estamos rodeados de otros seres humanos, pero cada vez estamos más lejos unos de otros. Esa es una realidad distópica que se aleja de la posibilidad de crear un mundo de fraternidad, libertad y hermandad, palabras que han costado revoluciones, pero que hoy parecen diluirse entre banderas, partidos políticos e incluso equipos de fútbol.

Con brechas entre ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres, en un mundo dividido entre los de arriba y los de abajo, con personas que abandonan sus lugares de vida para sobrevivir, dejando atrás a quienes aman.

Realidades distópicas que nos prometen un sueño, pero que muchas veces ocultan el olvido de lo que somos: seres humanos capaces de crear nuestros propios horizontes.

Esa es la utopía.

No como un lugar perfecto, sino como un horizonte, como una decisión que se siente, se comparte y se construye con otros. Porque se trata de volver al nosotros en plural, trascendiendo el yo singular.

Para ello es propicio soltar esquemas, programas y creencias limitantes. Superar el individualismo y la sensación de incapacidad, trascender la frustración para ponernos en acción como si fuéramos pequeñas gotas de agua que terminan formando un océano de esperanza utópica.

Es urgente soltar las distopías para que cada uno de nosotros, en este ahora, pueda construir su propia forma de vida: un mundo más tranquilo, más simple, fraterno, justo y más habitable. Es importante volver a mirar atrás para recuperar las luchas y los caminos que abrieron nuestros antepasados para vivir en un mundo más humano y solidario, donde la utopía deja de ser un sueño inalcanzable para convertirse en una realidad tangible.

Tal vez esa forma de habitar el mundo ya tiene nombre.

Un mundo que se acerca a lo que algunos pueblos originarios denominan el “Buen Vivir”. Esa “Vida Plena” de vivir en equilibrio y respeto con la tierra, con la Pachamama o Gaia, en armonía con los otros y con uno mismo, guiados por la conciencia de ser parte de todo, donde la vida es mucho más que producir o acumular, entregando el ser solo para tener.

Quizás por eso cada vez más personas vuelven a la tierra, al campo, dejando ciudades atravesadas por el caos, los precios, la escasez y las cargas que terminamos sosteniendo como si fueran inevitables. Como si algo más profundo nos estuviera llamando a vivir de otra forma y a recordar que somos quienes transformamos nuestro mundo.

A lo mejor la utopía empieza por volver a lo esencial, alejándonos del mundo complejo y distópico para vernos adentro, recuperar el abrazo, caminar con la cara levantada, explorar las miradas, sonreír con las sonrisas ajenas y, en suma, reconocernos en las pequeñas cosas que conforman lo verdaderamente esencial de ser humanos.

Volver a habitar la vida, no solo a sostenerla, sino a sentirla, cuidarla y compartirla.

Porque tal vez la utopía no es un punto de llegada, sino un punto de partida: una forma de caminar hacia la vida plena que no solo merecemos, sino que también podemos empezar a construir, juntos, en lo cotidiano, paso a paso, día a día.