Un peruano inmortal fue concebido en un sofá viejo de un rincón de la Escuela Nacional de Bellas Artes del Perú. Las musas del lugar, el amor y una genética genial colaboraron felices con la creación. El siguiente verano, un bebé artista de casta de artistas nació bonito, morenito, con ojitos delineados de turco, y lo llamaron Pedro.

El abuelo paterno de Pedrito fue un pintor cuya peruanidad la Guerra del Pacífico quiso arrebatar aún antes de nacer, quien revirtió el disparate escondiéndose en un buque anclado en Tarapacá rumbo al Callao. De vuelta en la patria, se incorporó al ejército y como su sueldo no duraba nada, de vez en cuando se inscribía en peleas clandestinas y las ganaba todas, porque era campeón de jiu-jitsu. En cuanto pudo, quien sería el abuelo del rockero más querido del Perú, se inscribió en la Escuela Nacional de Bellas Artes y terminó siendo su Director dos veces. Se identificó siempre como peruano, grabó su nombre en la historia de nuestro arte y quizá por ello, se murió mil años después de un infarto feliz en pleno ataque de risa, contando un chiste.

El papá de Pedrito, hijo del patriota, fue artista, escultor, inventor y profesor de arquitectura. Tenía una mirada dulce y penetrante, era barbudo, con pinta de hippy y sus amigos lo apodaban Jesucristo porque, aunque notar el parecido pareciera sacrílego, era igualito. Era librepensador y sabio, un espíritu noble y puro como su amor de padre.

Mientras su papá esculpía, tomaba fotos, pintaba o inventaba máquinas, a su lado, el pequeño Pedrito descubría que si golpeaba un adorno, el ruido que producía era en realidad una nota musical, entonces, agarraba todos los adornos de la casa, los ponía en orden de tamaño y los tocaba como a una marimba; un día, con tres cambios, él solito y chiquitito, tocó un rock and roll. Otro día, tomó la guitarra y la tocó, aunque nadie le había enseñado a tocar y después, se sentó al piano y lo tocó, aunque nadie le había enseñado a tocar. Su hermano menor tuvo una idea más estruendosa: él tocaría el bajo, su papá le consiguió uno con un amplificador gigante y viejísimo que puso toda la manzana a saltar como una rana oyendo blues. Un patrullero de la policía daba vueltas y vueltas en busca del origen del escándalo, pero ningún vecino los delató, quizá porque a los Suárez-Vértiz los ha querido siempre todo el Perú, aunque metan mucha bulla.

La mamá de Pedrito era trabajadora, paciente y muy distraída, una vez y de la nada, recordó que de chiquita había tomado el té con su vecina y John Wayne, y que cuando salió disparada a contárselo a su papá, un marino correcto, muy estricto y chistoso hasta cuando estaba serio, éste le dijo serísimo, aunque chistosísimo, que no estuviera molestando a los vecinos y que qué iba a hacer John Wayne en Lima, aunque aquel gringo grandote sí resultó ser John Wayne. Como era tan distraída y tan paciente, la mamá de Pedrito era capaz de dormir la siesta mientras sus hijos reventaban el piano y el bajo, su barrio saltaba como una rana oyendo blues y un patrullero daba vueltas, vuel-vuel-vuel-vueltas. Un día, el papá de Pedrito lo miró con sus ojos dulces y sabios y le dijo, en una semana irás a un lugar donde aprenderás muchas cosas, se llama colegio.

El colegio era mixto, de monjas gringas que lo decían todo en inglés y vendían los brownies más ricos del mundo. Ahí, Pedrito aprendió a entender a la gente normal y a adaptarse al mundo, como contó cuando se volvió famoso. Quizá las musas que participaron en su concepción intervinieron, y a ellas se debió que su promoción estuviera llena de niños coleccionistas de discos de todos los géneros musicales, que se hicieron amigos para siempre. Mientras los hombrecitos pasaban los recreos juega que te juega, al fútbol o a la guerrita, Pedrito los pasaba conversa que te conversa con las mujercitas y enamorándose a cada rato para toda la vida. Chocolate, apodó una chiquita bien linda al morenito bonito con ojitos delineados de turco y él se convenció de que las mujeres nacemos con el don de hacerlo feliz. El amor me ha embriagado desde los seis años… hasta he llorado pidiéndole a Dios que me haga olvidar a una chica, pero cuando lo lograba era porque empezaba a pensar en otra chica… No le recomiendo a nadie ser así, a menos que escribas canciones… para eso sí sirve ser así, contó cuando se volvió famoso.

Pedrito reventaba el piano todas las tardes justo a la hora de la siesta de su mamá, hasta que conoció a Los Rolling Stones y a Los Beatles y casi se murió de ilusión. Entonces, agarró la escoba, se paró frente al espejo y comenzó a jugar a ser rocanrolero. Como era tan distraído como su mamá, una noche al regresar del trabajo, su papá lo encontró tristísimo porque acababa de recordar que la actuación del día siguiente en el colegio requería un atuendo complicadísimo, lleno de tiras de colores, y en su casa no había máquina de coser. Cuando Pedrito despertó al día siguiente, vio un disfraz listo, lindo y hecho a mano por Jesucristo, un espíritu noble y puro como su amor de padre, que dormía en el sillón y era artista, escultor, inventor y profesor de arquitectura. Encima me premiaron, contó cuando se volvió famoso.

Un día en clase de arte, la Miss ordenó a los niños que formaran grupos, creen una canción, pidió, y Pedrito compuso su primer rock and roll, cuando sea grande me ganaré la vida con la música, dijo a sus amiguitos y casi se murieron de la risa porque en el Perú, del arte no hay quien viva. La mamá de Pedrito, que era trabajadora, paciente y muy distraída pero no tanto, empezó a juntar plata poquito a poquito, y cuando él era adolescente, le regaló una guitarra eléctrica. El morenito bonito con ojitos delineados de turco, que se había convertido en un flacuchento, fundó su primera banda de rock. La banda tocó en todas las kermeses de los colegios, las chicas enloquecieron y Pedrito creyó que se moriría de felicidad.