En 1832 el matemático Adolphe Quetelet desarrolló un sistema estadístico para medir cómo sería el cuerpo del “hombre promedio”. Definió una relación matemática entre peso y altura y lo publicó. Esta fórmula, inicialmente llamada índice de Quetelet, fue utilizada en un principio por las compañías de seguros para definir los niveles de riesgo de mortalidad basados en la estadística.

Ancel Benjamin Keys fue un doctor estadounidense que enfocó su estudio en la relación entre la dieta y la salud, y él fue el responsable de conceptualizar la dieta mediterránea. En 1972 tomó el índice de Quetelet y lo utilizó para evaluar tendencias de obesidad en grupos grandes, en esto popularizó el nombre de Índice de masa corporal.

No fue sino hasta la década de los 80 que se agregaron categorías como “peso bajo”, “peso normal” u “obesidad” cuando institutos nacionales de salud en EEUU empezaron a utilizar este índice para establecer rangos de peso, buscando simplificar la información sobre los riesgos de salud relacionados con el peso. No obstante, durante muchos años no hubo un consenso universal sobre el uso de estos rangos, y esto generaba dificultades para comparar las tendencias de obesidad a escala global.

Cuando se establecieron los parámetros globales se empezó a utilizar como una medida individual, que nunca fue el uso pensado para esa fórmula. Fue diseñado originalmente para estudios a gran escala, definir políticas públicas, establecer rangos de aceptación en seguros y definir atenciones clínicas y rutas de procesos. Podríamos decir que fue útil en muchos aspectos, no obstante, el Índice de Masa Corporal, o IMC, tiene una crítica fundamental que ha generado diagnósticos incorrectos por décadas: no distingue composición corporal.

Si tomáramos a un atleta de alto rendimiento con un alto nivel de masa muscular y muy bajo porcentaje de grasa y le aplicáramos la fórmula del IMC seguramente arrojaría que tiene algún nivel de obesidad. Esto es porque solo considera el peso y no tiene en cuenta la distribución de ese peso. Lo mismo sucede con algunos grupos de adultos mayores, que tienen poca masa muscular y el IMC los considera sanos porque el peso es bajo, pero al tener poco músculo los riesgos de salud son mucho mayores en todas las áreas médicas. Lo mismo con personas que tienen un IMC perfecto pero su cuerpo tiene grandes cantidades de grasa, lo que de todos modos es peligroso para su salud.

El problema no solo es que el IMC no arroja resultados precisos en individuos, porque no fue diseñado para eso, sino que también ha colaborado significativamente a la cultura de las dietas, trastornos de la conducta alimentaria y problemas de imagen corporal. Se nos ha vendido la idea de que lo único que importa es el IMC y no otros elementos más importantes como la composición corporal, el balance hormonal, o el equilibrio entre micro y macro nutrientes. Han convertido a la salud en una carrera por un número en la pesa en lugar de lo que debería ser: ajustes sistémicos en el estilo de vida.

Otro problema del IMC es que tiende a una estandarización que no está basada en elementos de salud sino en meras estadísticas. Y la persona promedio puede variar significativamente de una etnia a la otra, y puede haber una gran serie de factores que influyan en la salud que no tengan absolutamente nada que ver con ese índice.

Afortunadamente, si bien la Organización Mundial de la Salud continúa utilizando el IMC como sistema estandarizado para medir obesidad, y clasifica a esta como una enfermedad crónica desde 1948, recientemente ha habido un movimiento científico significativo para actualizar la manera como la concebimos y redefinir sus criterios diagnósticos.

En el 2025 una comisión de 58 especialistas trabajó en actualizar los criterios de evaluación de la obesidad y los consolidó en el texto "Definition and diagnostic criteria of clinical obesity", publicado en The Lancet Diabetes & Endocrinology. Proponen un nuevo criterio clave, que consiste en distinguir entre Obesidad preclínica, que refiere a la que tiene exceso de grasa pero no hay ningún tipo de daño a la salud, y la Obesidad clínica, donde ya existen daños a órganos y sistemas. Con esto cambian la concepción a un mensaje más preciso en el que la obesidad no siempre implica un problema de salud. Asimismo, recomiendan incluir una medición de circunferencia de cintura para evaluar acumulación de grasa, más allá del IMC. Esto fue respaldado por más de 70 organizaciones médicas.

La European Association for the Study of Obesity publicó en Annals of Internal Medicine (AIM) un marco diagnóstico que toma el IMC pero no de forma aislada, sino que incorpora complicaciones médicas, funcionales o psicológicas relacionadas con la obesidad. Esto fue basado en un estudio que analizó 19 años de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de Estados Unidos. Ellos también respaldan utilizar la circunferencia de cintura como primer filtro, y el IMC como un agregado secundario.

La grasa visceral, la que se encuentra en el abdomen, es la más peligrosa desde el punto de vista médico, pues es la que genera la mayoría de los riesgos de salud y desórdenes metabólicos. En vista de que el IMC no es capaz de distinguir la grasa corporal ni su ubicación, la circunferencia de cintura vendría a ser una primera instancia de evaluación que es sencilla, accesible y permite dar una visión global sobre riesgos de los niveles de grasa. Las medidas de referencia son cintura/altura y si el resultado es mayor a 0,5 entonces hay un riesgo aumentado a la salud.