En el campo académico y científico, la mirada está siendo crecientemente desviada hacia los complejos bordes sociales del vertiginoso cambio tecnológico al que estamos asistiendo. La incorporación de estas preocupaciones se hace evidente con sólo reparar en su permanente inclusión en los programas académicos y de investigación, aún en áreas diversas de las humanidades, o las ciencias sociales en general.
No se trata en modo alguno, de una tendencia reciente. Probablemente desde la enorme difusión –no sólo académica– que han tenido los trabajos de la "escuela de la regulación"2 a mediados de los años ochenta, la lógica del devenir –al menos– productivo fue instalándose como preocupación recurrente. En un sentido puede establecerse cierta construcción consensual en torno a la observación simultánea de los cambios tecnológicos tanto en la esfera productiva cuanto en las formas mercantiles de consumo. En ambas dimensiones se les reconoce importantes consecuencias en la conformación social de la vida urbana en su más amplia acepción. Estas transformaciones, a primera vista, aparecen tanto como causa de las mutaciones sociales, cuanto como resultados.
Sin embargo, por lo general, los cambios productivos y las mutaciones en las formas de consumo tienden a considerarse virtualmente estancos. O en otros términos, la pretendida conexión entre las transformaciones en los sectores I, y II de la economía aparece como una vacante investigativa. Y hasta cierto punto la discriminación encuentra razonabilidad en lo que al peso de estos impactos se refiere, aunque genere reparos epistemológicos la ausencia de su consecución.
Las llamadas nuevas tecnologías de la información se desarrollan en el marco de una crisis –no sólo– económica capitalista internacional, que impele tendencias contradictorias respecto a ellas. Por una lado, impulsa las innovaciones más urgentes que operan en la reducción de costos y fundamentalmente profundizan la derrota económica e ideológica de la fuerza de trabajo. Mas simultáneamente, aporta un dique de contención a toda modificación que no responda directamente a la inestabilidad de la tasa de ganancia.
Por un lado, observamos un notable crecimiento de los microprocesadores, las computadoras de propósitos generales, y las telecomunicaciones, sin que la robótica acompañe proporcionalmente esta tendencia. Autores como Coriat le otorgan mayor impacto al fenómeno en la primera (1950-60), y segunda (1960-70) fase, que en la actual en la que las condiciones tecnológicas parecieran estar mucho más maduras para una expansión productiva sin antecedentes. Para Forester, "En Wall Street, y no en Detroit se encuentra siempre la última generación de computadoras". Esta expansión prioritaria del uso financiero de los equipos de computación, no se explica por razones tecnológicas sino socioeconómicas, tales como la autonomía relativa de la fase del Capital dinero, el incremento de la liquidez internacional, etc.
Tampoco puede asociarse la emergencia de los cambios tecnológicos a mejoramiento alguno en el nivel de vida. Las nuevas tecnologías de la información están incrementando significativamente la productividad general del trabajo, pero este aumento se encuentra mucho más divorciado del avance salarial, que caracterizó al "fordismo". Lo que más llamativamente acompaña el cambio tecnológico es el incremento de la pobreza.
Concluimos de aquí que el impacto social de las transformaciones económicas se remite prioritariamente a una ínfima proporción de la población mundial que puede tener acceso a estos cambios, que adquieren particular aceleración y vertiginoso despliegue en el sector II de la economía, es decir cuando se inscriben como medios de consumo, antes que como instrumentos de producción.
Es en esta dimensión en la que, incluso, los medios de comunicación se han hecho eco profusamente del fenómeno contribuyendo decisivamente a generar mayor confusión y a ideologizar seriamente su impacto, y consecuencias. Aunque se les atribuye un grado de generalidad casi universalizado, es dable constatar que se encuentran muy ceñidamente cifrados en el área más acotada de la informática. Si bien estos cambios inficionan otras ramas de la producción y circulación mercantil, su gradiente de transformación convierte a estos procesos en casi excluyentes indicadores de los cambios en curso. No resulta ajeno a este proceso, aunque la particular impronta de estas transformaciones resulta estimuladora, que la consecuencia ideologizante del optimismo tecnofílico, lo inscriba incluso como "cambio de época".
Ciertos esfuerzos de cuna periodística se encuentran concentrados en presagiar una "nueva era". Es así que en una poco imaginativa combinación sintáctica se recurra al uso indiscriminado de prefijos como el "pos", y el "neo"3. Estaríamos así situados en la "posmodernidad", o como plantea Negroponte en la era de la "posinformación", o bien padecemos la implementación de una política económica conocida como "neoliberalismo".
No pretendemos minimizar aquí el impacto de estos cambios, ni mucho menos aún ciertas prometedoras potencialidades a las que dedicaremos particular espacio del presente trabajo. Muy por el contrario, los cambios en el tratamiento de la información y la comunicación se constituyen casi con exclusividad en un territorio aún contradictorio, no completamente colonizado, por momentos pletórico de articulaciones sociales, y de particularidades de mediación caracterizadas genéricamente como "lo virtual". Pero nuestro objetivo será dar cuenta de las tensiones con las que se desenvuelve el proceso respecto a las relaciones de producción capitalistas. Será un primer intento, limitado, de caracterización de las continuidades y discontinuidades en las que se inscriben estos cambios.
Tradiciones teóricas completamente ajenas al liberalismo, tan alejadas también del interés periodístico comenzaron a dar cuenta de ellas, en momentos que apenas comenzaban a atisbarse estos fenómenos4, evitando especialmente desligarlas del desarrollo de la reproducción dominante.
Nos permitimos señalar esta característica, con la intención de distanciarnos de cierto descriptivismo contemplativo, en el que la simple omisión de sus determinaciones estructurales, es el principal estimulante de la exaltación de la novedad. No se pretende afirmar aquí que no existan formas de aparición diversificadas, complejas, y hasta en cierta medida nuevas y estimulantes de la realidad social, sino que es función del pensamiento establecer las mediaciones entre estas emergencias concretas con la totalidad del desarrollo social, abstraídos en consecuencia, de su sintomatología particular.
Con los enfoques más izquierdizantes sucede otro tanto, aunque adquieran signo inverso. Aquí la novedad es rápidamente disuelta en la alquimia de los movimientos estructurales. Cuando se trata de caracterizaciones en un nivel socioeconómico, el acento suele estar puesto en el peso específico de la información, como el conocimiento de datos concretos sobre el balance de alguna empresa, el permanente intercambio informativo de las bolsas de valores internacionalizadas conectadas las 24 horas, en la existencia de empresas especializadas en el manejo de los bancos de datos, etc. Resulta evidente que esto tiene, por ejemplo, una relevancia económica infinitamente superior, a la de antaño, aunque no indica en esta línea analítica sino cierta expansión de la lógica mercantil hacia otras áreas.
Probablemente satisfacer la demanda de información al instante es uno de los negocios más redituables del momento. Yahoo no es sino un claro ejemplo. Al convertirse en un insumo esencial de la actividad económica, el "valor de cambio de la información" se ha incrementado como consecuencia de la generalización de su valor de uso. No obstante, ciertas críticas desde la izquierda, desdeñando correctamente las discontinuidades en pos de la centralidad de la reproducción del capital, pasan por alto tensiones entre el despliegue de la informática en el sector II, y la propia reproducción del capital. El acento está puesto en que la llamada "economía de la información", no constituye un sistema de reglas diferentes (o superadoras) de las vigentes en el capitalismo. Aunque simultáneamente cae en la trampa de ubicar a la informática como un producto (y subproducto) mecánico de la industria.
Si bien el salto que introducen las nuevas tecnologías de la información se manifiesta en un aumento cualitativo de la gravitación mercantil del insumo informativo, no deja de contradecir potencialmente la naturaleza mercantil de este propio carácter. Hasta resulta llamativo que las tradiciones analíticas inspiradas en el marxismo, no sospechen de los gérmenes cualitativos que subyacen frente a significativas modificaciones de cantidad5.
No obstante, podría el lector concluir de estas primeras líneas, cierta visión maniquea según la cual en la producción académica residirían las exclusivas posibilidades de aprehensión de estas transformaciones, mientras la divulgación periodística se encargaría de su ideologización. El resultado es más complejo, y combinado.
Un trabajo como el Nicholas Negroponte6, de carácter netamente periodístico a pesar de ser un directivo del Instituto de Tecnología de Massachusetts, que a la vez resulta de la recopilación de sus notas en la revista "Wired", puede sin embargo alertar respecto a transformaciones esenciales de la vida social. He aquí donde emerge el bit, punto nodal de las profecías negropontianas, con toda su carga prometedora, y encubridora a la vez.
1. Ontología del bit. En busca de las señales perdidas
En efecto, se trata de uno de los textos más sugerentes, a la par que críticos, a pesar de su carácter divulgativo, hasta periodístico, en el que justifica el salto hacia la era de la posinformación mediante la particular naturaleza de los bits, opuesta estructuralmente a la de los átomos. Existiría un mundo particularmente pesado y voluminoso, plagado de dificultades por la manipulación humana de su naturaleza, confrontado al de la levedad digital que se despliega en la inmaterialidad de los bits, sobre el que deposita toda las virtudes de lo etéreo.
"No hace mucho tiempo –nos confía Negroponte con tono coloquial–, asistí a un seminario para ejecutivos de la firma PolyGram en Vancouver, Canadá. El propósito de la reunión era incrementar las comunicaciones entre los niveles gerenciales máximos y dar a cada participante un panorama general de lo que sería el año venidero, lo que incluía numerosas muestras de música, películas, juegos, y videos próximos a ser lanzados. Estas muestras debían ser enviadas al seminario por intermedio de FedEx en forma de CD, videocasetes y CD-ROM, es decir material físico en embalajes concretos, con peso y volumen. Desgraciadamente, una parte del material fue detenido en la aduana. Ese mismo día, en la habitación de mi hotel, yo había estado recibiendo y enviando bits a través de la Internet, hacia y desde el MIT y otros lugares del mundo. Mis bits, a diferencia de los átomos de PolyGram, no fueron, en ningún momento, interceptados por aduana alguna"7.
El estilo profético, provocativo y hasta cierto punto frívolo del directivo del MIT puede inducir a la rápida desacreditación de su tesis. Máxime cuando los fundamentos sobre los que expone el punto de inflexión de su nueva imagen resultan claramente objetables, tanto técnica cuanto epistemológicamente. Sin embargo, hay cierto atisbo intuitivo, una suerte de prefiguración en el "rol social del bit", que sí creemos demarca un antes y un después, y fundamentalmente una brecha en los mecanismos de reproducción de las relaciones de producción capitalistas, cosa que el autor no sólo no profundiza, quizás ni sospeche, aunque fundamentalmente a la vez dada la configuración ideológica general que exhibe su texto, es dable presuponer que no desea.
O como sostiene Castells con mayor enjundia aunque precaución enfática, "la profética y la manipulación ideológica que caracteriza la mayor parte de los discursos sobre la revolución de la tecnología de la información, no debe llevarnos equivocadamente a desestimar su verdadera significación"8. Veamos el despliegue argumental para desbrozar el aspecto central de la tesis, permitiéndonos ciertas correcciones.
1.1. Bits y señales eléctricas en general
Uno de los aspectos que ha caracterizado particularmente con precisión a la segunda revolución tecnológica es la producción y distribución de la energía eléctrica que permitió una expansión generalizada de esta aplicación tanto a la esfera productiva cuanto a la del consumo9. La energía eléctrica comienza a configurar un nuevo horizonte mercantil en niveles de generalidad crecientes.
Pero una vez desarrollada la producción de energía, la electricidad posibilitaba su utilización como carril unitario de información. La transducción de energías, la modulación y demodulación en sus diversas formas abrió una variadísima gama de aplicaciones comunicativas de la generación eléctrica, en las que normalmente la magnitud de energía desplegada resulta despreciable. La producción mercantil fue evolucionando particularmente a lo largo de este siglo mediante la incorporación de señales eléctricas directamente analógicas, o bien con algún grado de codificación10. No se trata aquí de la generalización de esta forma de energía sino del hecho de que una señal analógica no es sino la transducción11 de un tipo de energía en otra que pretende representar fielmente a su fuente de origen, en la que la cuantificación energética misma resulta insignificante. En su recorrido de transducción, la señal eléctrica pasa por infinitos puntos, sin solución de continuidad. Cada uno de los puntos significa información, y entre dos posiciones, siempre será posible encontrar otras intermedias.
La denominada información analógica o información por analogía, está vinculada a la medición de magnitudes físicas continuas, no disgregables, tales como el tiempo, la longitud, velocidad, peso, temperatura, etc. Su magnitud puede dar lugar a cualquier valor intermedio entre una gama continua de valores posibles al menos teóricamente infinitos. La idea de continuidad se asocia matemáticamente a una recta, que supone que, dados dos puntos consecutivos, siempre es posible hallar otro intermedio. No puede quebrarse la continuidad física de las magnitudes citadas, ya sea porque le es inherente –como es el caso del tiempo– o por razones prácticas que lo impidan, como el hecho de que resulta imposible fraccionar un objeto para hallar su longitud o peso.
Como buena parte de las mercancías, requiere de un envase para su manipulación y realización como valor de uso, por lo que a medida que se desarrollan y sofistican las señales eléctricas, crecerán con ella los dispositivos de almacenamiento, los soportes físicos en los que las señales pueden guardarse, y los equipos en los que pueda procesarse. Así fueron apareciendo en el mercado los discos de pasta, luego reemplazados por el vinilo, los casetes de audio y video, los compact disc, etc.
Pero aquí el problema radica en que la calidad se degrada al almacenar la información producto de las limitaciones estructurales de los sistemas de almacenamiento para albergar los infinitos puntos de información que esta estructura supone. Difícilmente el lector no haya experimentado grabar en dispositivos de cinta como los casetes sea audio o video, comprobando esta limitación que a las vez se incrementa tanto con el tiempo cuanto con las sucesivas regrabaciones.
Frente a esto, las señales digitales, no son sino un tipo más de señales eléctricas que comporta una primera desventaja original, y un conjunto de ventajas posteriores sobre las que se asienta su carácter revolucionario que llega a incomodar ciertos circuitos de reproducción del capital. En su simplicidad radica buena parte de sus alcances y límites12.
La primera desventaja radica en su carácter limitado, incompleto como transducción original, algo así como una suerte de defecto endémico del bit. No es sino un proceso de deconstrucción por muestreo, para luego reconstruir por aproximación el resto de la señal original. El mundo analógico será el de las continuidades, el digital de la discontinuidad formal. La información digital, cuando de emular las señales analógicas se trata, resulta originalmente un límite, un obstáculo en el que sólo las limitaciones de la sensibilidad humana para aprehender este carácter explica su uso. Sin embargo aparece una segunda desventaja a la hora de pensar en velocidades de transferencia tanto de almacenamiento, cuanto hacia otras máquinas y dispositivos. Y es que las señales analógicas no se organizan mediante bytes, sino que toda su riqueza puede desplegarse directamente en tiempo real. Los bits por el contrario tienen dos caminos dependiendo de las estructuras físicas de conexión, pudiendo ser secuenciales.
No es tan probable que el lector, haya experimentado en cualidades de conversión analógico-digital, pero si contara, por ejemplo, con una computadora con placa de sonido verificará claramente que al grabar digitalizadamente su voz con una frecuencia de muestreo de 11 kHz (once mil muestras por segundo) sobre un ancho de palabra de 8 bits notará al reproducir el registro una sensible distorsión. Si aumenta sucesivamente a 22 kHz, esta irá disminuyendo, hasta llegar a un límite de 44 kHz en 16 bits en que la grabación se presenta diáfana, y hasta resaltada. La conclusión por tanto resulta sencilla. Con cuarenta y cuatro mil muestras de una precisión de 16 bits, basta para reproducir una calidad de audio impecable, cifra insignificante respecto a los billones de valores por segundo que la señal eléctrica analógica emanada del micrófono, contenía originalmente.
De aquí no se sigue que la ventaja adicional de los bits consista en una suerte de compresión de la cantidad de información. Esto último también constituye un aspecto resaltable, tanto más cuanto la señal es procesada ya digitalmente, en especial en el plano de la imagen. Queremos simplemente referir tangencialmente aquí, ya que lo desarrollaremos en el último apartado, que consiste en la posibilidad de exacta clonación (o reproducción idéntica), cosa directamente imposible en la dimensión analógica.
Lo liberador del mundo de los bits, no reside por tanto en que sean infinitamente más leves que los gruesos y pesados átomos de Negroponte. Con las señales analógicas hubiera sucedido otro tanto si en vez de usar el teléfono de su habitación para enviar bits por la Internet lo hubiera dedicado a hablar con su secretaria, sino primeramente en que se desentiende de la naturaleza particular de la señal que pretende portar, permitiendo universalizar los dispositivos de almacenamiento, transmisión, y procesamiento. Un bit no se diferencia cualitativamente de otro, sino en el lugar que ocupa en una estructura de significación. En otros términos, un bit que correspondiente a este texto procesado en una computadora personal no se diferenciará cualitativamente de otro que corresponda a una pieza musical digitalizada, o a un video en idéntico formato.
Por su parte, el bit liberado de su función emuladora, puede como toda formalización específica ser pasible de creación particular permitiendo explorar horizontes insospechados de creatividad específica, con respecto a la práctica analógica.
1.2. ¿Mundo de los átomos o mundo molecular?
La primera objeción respecto a la desagregación metodológica del mundo de Negroponte que salta a la vista, es que el fenómeno de la tensión entre estos dos planos, no resulta en modo alguno novedoso para el devenir tecnológico de este siglo. Desde que se iniciaron experiencias tanto alámbricas cuanto en el éter consistentes en transmitir señales eléctricas con algún grado de codificación interna que las hiciera luego inteligibles, las formas "inmateriales"13 de existencia de la riqueza se hicieron presentes. Antes aún, con el telégrafo de Marconi cuyo uso generalizado fue finisecular.
Una primera desagregación más razonable siguiendo la evolución de la tecnología desde la generalización de la producción y distribución eléctrica es entre un universo mercantil "tradicional" y otro dominado por las señales. A partir de estas experiencias, efectivamente el universo del valor, y consecuentemente del trabajo pasa a subdividirse metodológicamente, y al sólo efecto de no interrumpir el razonamiento formal de Negroponte, entre una esfera material, dominada por las moléculas (más precisamente que los átomos), y un mundo atómico (o más precisamente sub-atómico donde el electrón aparece como principal protagonista) del que el bit obviamente forma parte. El hecho de que sea el bit quien garantice actualmente la mejor comunicación, y reproducción respecto a un segmento analógico de señal no le quita este carácter.
Reformulando entonces la característica de la división negropontiana del mundo, preferimos expresar la existencia de un universo molecular, en virtud de que las mercancías materiales no están compuestas por un único elemento de la materia sino por combinaciones de ellos que conforman una estructura particular, y el universo subatómico, por el momento, de las señales eléctricas. Pero la distinción esencial no reposa en su estructura material inmanente, sino en la particular relación de estas dos esferas de la riqueza, con las relaciones de producción dominantes.
La distinción entre átomos y bits, resulta llamativamente falsa para caracterizar el estado de desarrollo, y mucho más particularmente aún para justificar la transición hacia una nueva época. El problema parece estar puesto para Negroponte en lo que en términos modernos llamaríamos simplemente la tradición del packaging. El bit de Negroponte, resulta el inveterado "objeto endemoniado" que Marx le atribuyó a la mercancía14. Por tanto no extrañará que, como aquél, surja "rico en sutilezas metafísicas y reticencias teológicas"15.
2. Bits, moléculas y valor
Los átomos, las moléculas, la materialidad o inmaterialidad de las cosas, no guardan relación alguna el valor (aunque tampoco con los precios, inclusive en la teoría neoclásica)16. La distinción no es entre un mundo aherrojado como el de los átomos, y uno liberado como el de los bits, sino entre un mundo molecular y un mundo atómico (en realidad subatómico) sobre los que en ambos casos opera la ley del valor, consecuentemente los precios17.
En primer lugar porque los bits no son metafísicos, sino que por el contrario adquieren su sustancialidad material –aunque esta última carece de relevancia ontológica– en una parte de los átomos: los electrones. En cuyo caso, una distinción más escrupulosa no debiera residir en el par bits-átomos, sino en el par electrones-átomos completos, o más precisamente sus combinaciones, es decir las moléculas. Pero esta distinción a la vez, revelaría realmente muy poco, porque inmediatamente remitiría nuevamente al átomo al advertir que el papel del electrón es exclusivamente cinético en una estructura física estable. Tampoco lograría diferenciar la cuestión cuando, fibras ópticas mediante, los bits discurren mediante la modulación de fotones.
Las señales eléctricas (y no sólo estrictamente eléctricas, sino todas ellas, electromagnéticas, lumínicas, etc.) son señales, esto es, información codificada, o proporcional y directamente analógica, que contiene independientemente de su materialidad y de su envase, transducción y necesidad de almacenamiento. La particularidad mercantil del bit, no difiere en modo alguno del resto de las señales, ni tampoco del universo molecular, en la fase de su producción.
2.1. El problema del valor: sustrato y relaciones de producción
Marx advierte taxativamente tanto en “El Capital” como en manuscritos complementarios a esta obra, editados con posterioridad a su muerte, que la sustancialidad del valor, no radica en modo alguno en la existencia de materia. Puede inducir a cierto error, el hecho de que ejemplifique mediante mercancías particularmente materiales extraídas del uso cotidiano de su época como los populares lienzo y levita en la traducción de Wenceslao Roses. Insistencia que se hace extensiva a otros textos –destacándose especialmente el “capítulo VI (inédito)”– donde el motor fundamental del modo de producción capitalista consiste en la producción de plusvalor, forma económica a través de la cual tiene lugar la apropiación del trabajo social.
De todas formas, la plusvalía depende de –y se articula con– un concepto más general: el de valor, que expresa las relaciones a través de las cuales el trabajo particular, individual, realizado por diferentes personas en diferentes lugares, se convierte en trabajo social. Este trabajo resulta indispensable para la producción de los bits. Éstos no surgen espontáneamente de un manantial natural, ni por el hecho de ser todos idénticos como unidad indisoluble de información, se deriva que no deban constituir un orden particular, que supone precisamente un trabajo, el de hacerlos significables. No importará aquí si los bits son portadores o no de plusvalor, ya que esto depende directamente del detalle de conformación de las relaciones de producción particulares en las que estos trabajos tienen lugar. Los productos de estos trabajos, que por digitales no difieren de ningún otro en el campo molecular, están condenados de esta forma a ser reconocidos en su carácter social exclusivamente mediante una operación de intercambio.
La teoría del valor define, de esta forma, un tipo específico de división del trabajo que tiende a transformar los productos del trabajo (en nuestro caso los bits) en mercancías, donde el trabajo privado se constituye en una alícuota del trabajo social genérico, mediante una operación de equivalencia, de homologación social. La interdependencia del capital respecto de la mercancía denota el marco general en el que tiene lugar la producción de plusvalía y las formas sociales derivadas de su apropiación.
Por lo tanto, la comprensión de la teoría general del valor-trabajo resultará ininteligible, y carente de aplicabilidad rigurosa, fuera del marco de las relaciones capitalistas de producción, a pesar de que por razones expositivas, Marx elija la “asepsia” metodológica de la indeterminación de las condiciones concretas de estas relaciones de producción, para desarrollar las categorías centrales en el capítulo I. Es en este marco, que las relaciones de producción entre los hombres se establecen bajo la forma del valor de las cosas (que aquí bien puede ser sustituida por la forma del valor de los bits) y sólo pueden expresarse materialmente bajo la forma social del valor en general.
La noción de valor no designa otra realidad que una forma social de producir y distribuir, o, más precisamente, la forma histórica concreta que adopta el carácter social del trabajo en el capitalismo como consumo de fuerza de trabajo social. Esto indica que la generalización de la forma mercancía es específica del capitalismo, y que el valor es, como concepto analítico, igualmente específico en el mismo grado. El trabajo abstracto, por tanto, es la expresión de un espacio social homogéneo en el que se puede mensurar los resultados concretos de cada actividad productiva particular. En nuestra consideración puede expresarse que los bits se hacen socialmente mensurables en su relación con las moléculas.
Mediante la conversión uniforme de los productos del trabajo privado –autárquicamente determinado en relaciones de producción específicas– en mercancías son reconocidos, en tanto partes del trabajo global de la sociedad, como partes del trabajo abstracto. Este hecho de reducción del trabajo privado, concreto e individual a trabajo abstracto que crea valor, pone de manifiesto la materialización del trabajo humano en una forma social específica: la economía mercantil capitalista, sobre la que se desenvuelve la producción de bits. Existe, por lo tanto, un espacio social homogéneo en el que es dable establecer una medida expresada en el valor.
Lo que se presenta como lo más simple de las determinaciones no es otra cosa que la abstracción de un todo concreto; específicamente, que los productos del trabajo sean considerados mercancías lleva implícito una determinada relación social como la existencia de productores libres e independientes entre sí, la compraventa y su realización en el mercado.
La manera en que está organizado el proceso productivo en una sociedad influye decisivamente sobre la visión que los individuos elaboran de las relaciones que entablan entre sí. En la sociedad mercantil capitalista, los productores aislados se relacionan cuando concurren al mercado e intercambian sus productos; al constituirse como vínculo, pareciera que es la cosa la que posee la virtud de establecer relaciones sociales de producción. Todo productor incide en la sociedad en la medida en que suministra bienes a un mercado o los sustrae de él. “Debido a la estructura atomista de la sociedad mercantil –sostiene Rubin–, y a la ausencia de una regulación social directa de la actividad laboral de los miembros de la sociedad, las conexiones entre las firmas individuales, autónomas, privadas, se realizan y mantienen a través de las mercancías, las cosas, los productos del trabajo”18, –añadimos–, los bits.
La fetichización de la mercancía, potenciada en la visión negropontiana de la insustancialidad del bit, proviene de esta mediación de la cosa entre los hombres, oscureciendo el carácter social de la producción, con la consecuente atribución de cualidades intrínsecas a los objetos, cuando en realidad dichas cualidades son consecuencia de la materialización de determinadas relaciones sociales.
El valor de las cosas, los bits, o lo que fuera, no es otra cosa que la envoltura que asumen los objetos de la actividad humana creativa por excelencia, bajo relaciones capitalistas de producción. Tratándose de mercancías moleculares tradicionales, su valor depende de la cantidad de trabajo socialmente necesario que contiene para su producción. La magnitud de trabajo objetivado remite a la sustancia común que permite su conmensurabilidad y, por lo tanto, su intercambio como equivalentes. En última instancia, la mercancía constituye materialmente la unidad dialéctica del valor de uso y el valor, siendo la base analítica sobre la cual se erige el trabajo abstracto (única forma de trabajo creadora de valor) y la teoría del dinero. Con los bits, no ocurre nada distinto.
Si bien como valor de uso la mercancía se orienta a la satisfacción de las necesidades humanas (sean fisiológicas, estéticas, informativas, espirituales, etc.) lo que supone la materialidad del deseo, como valor, la condición ineludible para que ella se realice es su venta en el mercado, sin que en el caso de los bits, suponga la resignación del propio consumo, como ocurre en el mundo molecular. Un objeto es considerado mercancía exclusivamente si es producido para la venta en el mercado. Los bits lo son. La contradicción irredimible entre utilidad e intercambiabilidad, aparece en este caso, resuelta en un tipo particular de clonación. El momento del intercambio implica una instancia unívoca de doble transformación; en ese momento, asistimos al desvanecimiento de las formas concretas de sus contenidos. Se abstraen las formas concretas de los diversos tipos de trabajos privados, calificados e individuales. En el caso particular de los bits, el poseedor puede tanto realizar su "valor de cambio", aunque luego discutiremos este concepto, y a la vez su valor de uso.
Si nos atenemos ahora a lo que llamaremos "sustrato" de valor, es decir, al componente material sobre el que reposa la conmensurabilidad de las mercancías que en última instancia puede remitirse a su capacidad para satisfacer necesidades humanas, sin que esto suponga valoración alguna, advertimos ciertas irregularidades respecto a la clásica formulación marxiana, cuando de bits se trata. Este sustrato se vincula con el valor de uso de las mercancías, supone un deseo insatisfecho y una necesidad subjetivable del consumidor, pero hasta la emergencia del bit, éste se resigna ineluctablemente para el vendedor.
2.2. La producción de bits
El trabajo como creador de mercancías contiene dos aspectos: concreto y abstracto. Aunque la teoría neoclásica suponga lo contrario, el trabajo abstracto es trabajo social y socialmente necesario. Esta forma de trabajo, contrariamente a su apariencia, no es intrínseca a la cosa sino que es una relación social. El trabajo en sí mismo no produce valores, no otorga valor al producto; la mercancía posee valor en la medida en que contiene una cantidad de trabajo coagulado, objetivado.
Sin embargo, para determinar el valor de las mercancías, no basta con abstraer las cualidades concretas de los diversos tipos de trabajos contenidos en ellas. También es imprescindible reducirlos a una media social de producción que permita homologarlos a trabajo socialmente necesario. Este se constituye como tal, a través de la homogeneización del tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de un valor de uso cualquiera, en condiciones normales de producción y con el nivel medio de destreza e intensidad del trabajo imperantes en la sociedad. De ello se deduce que la magnitud del trabajo varía en forma proporcionalmente inversa al desarrollo de las fuerzas productivas según la sociedad y el momento histórico.
En una economía mercantil simple, el cambio entre dos mercancías diferentes según sus valores, implica un equilibrio entre las dos ramas de la producción en correspondencia con el gasto de trabajo socialmente necesario en su producción, independientemente de sus trabajos concretos y grado de complejización. En el mercado, los productos no se intercambian en términos de cantidades iguales, sino de cantidades igualadas. En una sociedad capitalista, este proceso de igualación no está organizado ni planificado, no responde a una pauta de racionalidad aplicada sino que se desarrolla de manera errática y espontánea, siendo el valor la norma de equilibrio de la economía mercantil.
Pero hasta aquí hemos tratado el problema de las formas relativas del valor expresado en las mercancías. La introducción de la forma dinero supone abordar el problema en un nivel más complejo y, por lo tanto, más concreto. La expresión de equivalente general de las mercancías, corporizado en la moneda, implica una modificación cualitativa de la propia esencia de ellas y un desdoblamiento de equivalentes, dado que es la forma en la cual se expresan todas las mercancías y que, a su vez, reduce a todas ellas. El dinero no es un mero símbolo de valor, introduce un punto intermedio en la metamorfosis de las mercancías que caracteriza el proceso de intercambio: de M1-M2, la interposición del dinero lleva el esquema a M1-D-M2.
Sólo en condiciones mercantiles ideales es posible suponer que los productores independientes intercambian sus mercancías de igual valor en el mercado y que el valor de cambio es igual al valor comercial, esto es, que el valor y el precio son iguales. Se trata del valor comercial resultante de un nivel medio de equilibrio, valor que fluctúa constantemente en relación a la oferta y la demanda en el mercado y que no es proporcional al valor individual de cada mercancía.
Así como el valor es impensable fuera del marco de relaciones mercantiles de producción, el pasaje a un nivel de abstracción como es la economía capitalista desarrollada, implica el tránsito hacia la problemática de la transformación del valor en precio de producción, que contiene y se basa en la teoría del valor trabajo.
Asumiendo pues este pasaje hacia determinaciones cada vez más precisas y complejas, dos mercancías tienen el mismo valor si fueron producidas por dos cantidades iguales de capital, independientemente de la composición del proceso productivo. Cuantitativamente, precio de producción y valor no coinciden en la sumatoria particular y, a su vez, el primero debe ser diferenciado del precio comercial que fluctúa a su alrededor.
La explicación de estas diferencias se basa en algunas consideraciones ya mencionadas: en primer lugar, el valor de cambio se determina por el trabajo socialmente contenido en su producción y no por el trabajo empleado por cada productor individual pues en el mercado no están contempladas las posibles diferencias individuales. A su vez, si el precio de producción y el precio comercial no coinciden, expresan oscilaciones respecto de la mayor o menor capacidad de realización del valor respecto de la media. Estas distancias van a influir directamente en las orientaciones productivas individuales y autárquicas. Esto supone la permanente corrección de las desviaciones negativas y la puja constante por superar la media social con el propósito de apropiarse de la mayor porción del valor total disponible.
3. La reproducción de los bits
La intuición de Negroponte, no obstante su fundamentación que hemos intentado objetar hasta aquí, y ciertas correcciones que hemos tratado de sugerir, no deja de ser brillante. Porque estamos en presencia de un aspecto mercantil, sólo atribuible a los bits, que contradice no sólo la totalidad de la tradición productiva capitalista, sino que requiere de una reteorización particular, exclusiva de esta rama productiva.
En todo el universo molecular, y en el de las señales analógicas, puede pensarse perfectamente que "las condiciones de producción son, a la vez, las condiciones de la reproducción"19. O en otros términos que "si la producción reviste una forma capitalista, no menos la reproducción. En el modo de producción capitalista, así como el proceso de trabajo aparece tan sólo como medio para el proceso de valorización, la reproducción no se pone de manifiesto más que como medio de reproducir como capital el valor adelantado, es decir, como valor que se valoriza a sí mismo. De allí que la máscara económica que caracteriza al capitalista sólo se adhiere a un hombre porque su dinero funciona continuamente como capital"20.
El sustrato de valor del bit, su valor de uso, la naturaleza concreta de su composición, introduce por primera vez una ruptura entre este proceso de producción, y el de su reproducción. La particularidad decisiva que introduce el bit es su posibilidad de exacta clonación, prácticamente sin costos.
Cierto es que para la reproducción voluntaria de estos bits se hace indispensable la existencia de un equipo casero y elemental de computación, de cierta capacidad de almacenamiento de ellos, e inclusive de un mínimo trabajo para reproducirlos. Pero en ningún otro campo de la producción humana esto resulta factible, en el plano de la reproducción.
En un sentido puede suponerse que la reproducción de los bits, involucra también una fase de transporte, especialmente válida cuando la reproducción se realiza mediante redes como Internet por ejemplo (que no hace sino realizar una transferencia de valor hacia las compañías telefónicas), una de almacenamiento en la que podrá plantearse una analogía con el capital mercancía.
Sin embargo esta coincidencia es formal, y sólo sostenible en virtud del carácter hegemónico del capitalismo globalmente. En ningún otro caso que no sea en el del bit, es dable pensar la clonación de una mercancía por otro proceso que no sea la producción capitalista misma. Dados los elementales medios de reproducción (una simple computadora personal), y almacenamiento (discos duros, disquetes, zip drives, etc), no basta sino una simple operación de teclado y un pequeño tiempo para obtener una copia exacta de un original cuya producción puede haber insumido proporciones enormes de trabajo abstracto.
En el campo molecular esto es directamente imposible. Si poseo una casa con garage (tengo capacidad de almacenamiento), y se estaciona frente a él un auto que deseo, no por ello puedo copiarlo casi sin esfuerzo pasando a realizar luego su valor de uso, es decir usándolo.
Esta técnica artesanal está siendo generalizada ofreciendo posibilidades de cooperación entre usuarios de computadoras, permitiendo posibilidades insospechadas de expansión del disfrute de los valores de uso a crecientes masas poblacionales, sin el imperio de una restricción monetaria, cosa que le confiere un enorme potencial democratizador, y una dosis muy fuerte de subversión de las relaciones de producción dominantes.
Esta práctica resulta cada vez más corriente entre usuarios de información digitalizada incluyendo en esto al software. Las propias multinacionales capitalistas de producción de soft, y la compañía de Bill Gates es un ejemplo, están recurriendo a la sesión gratuita de ciertos programas, o al uso de licencias transitorias del tipo "free trial" con el objeto de posicionarse de la forma más ventajosa en la competencia interburguesa de su rama (y normalmente subrama) de producción.
En Internet asistimos a un proceso en el que la información publicitaria, está ocupando lugares crecientes del tráfico, como mecanismo obliterado de generar el financiamiento de la producción. El trabajo abstracto contenido en la producción de cualquier tipo de información digitalizada, no es sino el que se contiene en la realización del master, o matriz original.
Se objetará que esta característica podría desestimular la producción de tal matriz, pero la historia de Internet, con sus sistemas cliente-servidor y sus correspondientes interfaces demuestran exactamente lo contrario. El gopher fue desarrollado por la Universidad de Minnesota, no por Adobe. El protocolo World Wide Web por el CERN suizo, no por Microsoft. En el campo de los sistemas operativos de red, el Lynux demuestra caminos alternativos sumamente atractivos a los de NT, o 95.
Desde el momento en que esta posibilidad reposa en la particularísima característica sustractiva del bit21, y dado que la conversión analógico-digital permite el registro –y posterior reproducción– de todas las formas conocidas de expresión cultural masiva (textos de todo tipo, fotografías, videos, música, reproducciones pictóricas, software, etc.), las posibilidades de democratización de la cultura de la cultura que estos cambios permiten, resultan tecnológicamente ilimitadas.
No se nos escapa que es sólo una ínfima parte de la población mundial la que tiene acceso a estos medios digitalizados. Pero no por ser digitales, sino por estar excluidos de todo circuito cultural en virtud de tener insatisfechas las más elementales condiciones de vida. Si las quinta parte de esta población se reconoce como directamente hambrienta, Si otra quinta parte permanece analfabeta, la tercera parte carece de fuentes estables y seguras de agua, las dos terceras partes de teléfono, etc.22, no podemos esperar que su potencia alcance por sí misma a estos contingentes sociales. Sólo revela que no es el bit el responsable de este horror.
Si en el universo mercantil molecular, se operara una posibilidad semejante, no sólo se podrían resolver buena parte de las miserias ominosas que el mercado impone, sino que las relaciones capitalistas de producción se desplomarían, ya que serían desbordadas por fuerzas productivas simples, artesanales, y simultáneamente de magnitud insospechable. O se nos permite la metáfora "fuerzas reproductivas", infinitamente más potentes y humanizadas. Se revelaría por fin en términos prácticos su bárbaro carácter.
Pero esto sólo sucede con los bits. Como toda tecnología no es social, ni políticamente neutro. Por sí mismo no hace nada. En nosotros, los hombres, reside la posibilidad de dirigirlo hacia la satisfacción de –al menos ciertas– necesidades humanas. No sucede lo mismo con otras tecnologías. La bomba atómica jamás podrá cumplir esta función.
Está en nuestras manos aprovechar y tratar de expandir la fuerza política del bit.
Notas
1 Este artículo fue publicado por primera vez en “La ciudad y sus TICs: tecnologías de información y Comunicación”, Susana Finquelievich y Ester Schiavo (compiladoras), Universidad Nacional de Quilmes, Bs. As, 1998. Libro con referato del Instituto Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires. Colección: Ciencia, Tecnología y Sociedad, dirigida por Mario Albornoz. ISBN: 987-9173-25-2.
2 Es particularmente significativo el hecho de que el trabajo fundacional de Aglietta incorpore el novedoso concepto de "modo de consumo", particularmente resultante del análisis histórico de la evolución del capitalismo americano. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de Boyer, la posibilidad de extensión de esta categoría se ha visto seriamente limitada. Por el contrario, la escuela de la regulación ha centrado sus intereses en la dinámica productiva bien antes que en la circulatoria. Véase Aglietta, Michel, Regulación y crisis del capitalismo, México, Siglo XXI, 1979, y Boyer, Robert, Teoría de la Regulación, un análisis crítico, Bs. As., Editorial Humanitas, 1990.
3 Al respecto intentamos criticar severamente estos intentos en otras oportunidades. Ver al respecto, E. Cafassi, La Histeria del Fin de la Historia, Montevideo, Platón, suplemento de Cultura del Diario La República, 8 de setiembre de 1990, y E. Cafassi, Posneologismos, Bs. As., Sociedad y Utopía N° 6, 1993.
4 Siempre pionero, resulta increíblemente anticipatorio el trabajo de H. Lefebvre, Hacia el Cibernántropo, Barcelona Gedisa, 1968. Véase también P. Naville, Vers l'autonomisme social, París, Gallimard, 1964.
5 La transformación de la cantidad en calidad, ha sido subrayada por Hegel como un componente inseparable de su lógica. Ver G. W. F. Hegel, Ciencia de la Lógica, Libro I, la doctrina del ser, sección segunda, la magnitud, Bs. As, Solar-Hachette, 1976.
6 Nicholas Negroponte, Ser Digital, Bs. As. Atlántida, 1996.
7 Negroponte, p. 20.
8 Castells Manuel, The Information Age: Economy, Society and Culture, Volume 1: The rise of netware society, Cambridge-Massachussets, Blackwell Pubishers, 1996, chap. 1 The revolution of information technologies.
9 Preferimos adoptar el concepto mendeliano de revolución tecnológica, respecto al más actualmente generalizado de revolución industrial, en virtud de la continuidad que estas transformaciones tecnológicas tuvieron respecto al proceso de subsunción real de trabajo al Capital. Ver E. Mandel, El capitalismo tardío, México, Era, 1982.
10 Preferimos plantearnos un nivel de definición vasto de lo analógico, sobre la base de la conformación contínua de la señal. Tomemos por caso el ejemplo de la señal de sincronismo de la televisión analógica. ¿Se trata efectivamente de un caso de transducción analógica o bien digital?
11 Transformación de un tipo de energía, acústica por ejemplo, en otro con idéntica forma.
12 La dimensión significativa del bit, no difiere mayormente en lo esencial del comportamiento eléctrico de la naturaleza. Ante la generación de un estado eléctrico por frotación de un cuerpo es dable observar: a) que existen únicamente dos estados eléctricos posibles; positivo y negativo, b) que dos estados eléctricos iguales se repelen, y que dos diferentes se atraen. A principios de este siglo Bohr permite avanzar en el entendimiento de estos fenómenos al formular un modelo simplificado de unidad de todos los elementos de la naturaleza: los átomos. De esta forma, los elementos que componen la totalidad del universo natural se diferencian entre sí, a partir de su contribución, por la cantidad de cargas eléctricas en sus átomos. Se construye intelectualmente de esta forma un modelo universal, según el cual, las partículas negativas o electrones giran alrededor de un núcleo con partículas positivas, en órbitas fijas. Además, en el núcleo residen partículas subatómicas sin carga eléctrica llamadas neutrones. De forma tal que la materia se encuentra normalmente en estado neutro. La explicación última del equilibrio concerniente a este modelo sintetiza la resultante entre la atracción eléctrica hacia el núcleo en virtud del signo diferente de sus cargas, y la fuerza centrífuga de todo cuerpo en rotación.
13 En verdad, ya Marx señalaba que la sustancia del valor no guardaba relación alguna con la riqueza. Ver K. Marx, El Capital, Libro I, Cap I, México, Siglo XXI, 1987.
14 Ibid.
15 K. Marx, El Capital, Libro I, vol 1, México, Siglo XXI, 1987, p. 87.
16 Efectivamente, el análisis sucesivo, no se alteraría en su objeción central si se utilizara un marco teórico de teorías subjetivas del valor (Böhm-Bawerk), o bien las algo más recientes y en pleno apogeo ideológico de tipo neoclásico (Friedman, Samuelson, etc.).
17 Aunque no puede afirmarse que haya correlato alguno entre estas dos teorías, sino en el ejemplo exclusivamente acotado a este planteamiento. Aunque resulte redundante, no afirmamos que ambas visiones converjan en el complejo problema de la transformación del libro III de Marx, sino que aquí los precios poco importan para la determinación conceptual del asunto.
18 I. Rubin, Ensayos sobre la teoría marxista del valor, México, Pasado y presente, p. 56.
19 K. Marx, El Capital, Libro I, vol 2, cap. XXI, México, Siglo XXI, 1987, pág. 695.
20 Ibid, pág. 696.
21 Apelamos aquí a la noción ya desplegada de sustrato de valor, como la forma particular que adquiere el valor de uso de las mercancías, en este caso sólo atribuible a él, sin involucrar aquí al resto de las señales eléctricas.
22 Informe de la FAO 1990.















