Oaxaca es uno de los lugares turísticos en México que se ha posicionado con fuerza en el último tiempo. Varios viajeros recomiendan visitar el Estado y sus playas para una experiencia gastronómica y cultural completa. En el artículo anterior conversamos sobre un primer recorrido de las playas de Oaxaca. Esta segunda parte está llena de aventura, emociones y espectáculos sorprendentes en lugares más alejados de Puerto Escondido.
En la mañana había contratado un tour para ver la bioluminiscencia. Había escuchado que podía encontrarse en las playas de Ecuador, pero que era cuestión de suerte y nunca había logrado verlo. El tour aseguraba la observación de este fenómeno. Fuimos en el carro con una familia mexicana que estaba de visita en Puerto Escondido. Después de unos minutos de conversación ligera, llegamos al destino.
Era una pequeña casa en medio de la oscuridad. Un guía de voz fuerte nos señaló el camino a través del puente. Estábamos en la laguna de Manialtepec, donde habitaba el plancton responsable de la bioluminiscencia y había un 70% de probabilidades de verlo. Iniciamos el viaje en lancha, uno de mis transportes favoritos por la libertad del viento y la fuerza del motor que me indica que no existe el tiempo. La linterna del conductor iluminaba con fuerza la laguna, por otro lado oscura en una señal difícil de descifrar. Poco tiempo después llegamos a una carpa sobre el agua. Ese era nuestro lugar. Nos preparamos para bajar de la embarcación y sumergirnos en la bioluminiscencia.
Fui la primera en lanzarme al agua, sorprendentemente estaba caliente. En las zonas donde se hallaba el plancton, el agua tenía una temperatura mayor. El brillo podía ser azul como la mayoría de imágenes al respecto. En esta ocasión el color era blanco, miles de luces que asimilaban a luciérnagas y se plasmaban en mis dedos. Las activaba el movimiento. Moví mis manos, en un inicio con algo de recelo, cuidando no lastimar a las especies y poco a poco tomé más confianza, dando giros en el agua. Avancé hacia la carpa donde el efecto sería mayor gracias a la oscuridad. Era increíble. Esos momentos son tan fantásticos que es difícil reconocer que son parte de la realidad. Miles de luces cubrían mis dedos, mis manos, mis brazos y mi cuerpo.
Era un instante fugaz y maravilloso porque ninguna de las cámaras que llevábamos era capaz de capturarlo. Los guías nos advirtieron: la bioluminiscencia no sale en fotos con un celular. Lo intenté varias veces, pero tenían razón. Era una experiencia que debía permanecer en la memoria de lo fugaz con un toque de imaginación para recordarla.
Nadé durante varios minutos jugando con el agua y la luz que emitían los microorganismos, nadé, di vueltas, entré y salí de la carpa y aun así no podía creer lo que estaba viendo. Intenté respirar lo más hondo que pude para inmortalizar el momento y atrapar la sensación de asombro que sentía en mi cuerpo.
Cuando llegó el momento de subir al bote de nuevo, llevé conmigo la certeza de que no olvidaría el fenómeno. Si cierro los ojos mientras escribo este texto, todavía puedo ver cada una de las luces en mis dedos, brillando intermitentemente con cada movimiento.
La aventura del día siguiente no se quedaría atrás, recorreríamos algunas de las playas más famosas de las zonas cercanas. Empezamos nuevamente en una laguna, en esta ocasión se trataba de San Agustinillo: un refugio de lagartos. Caminamos breves minutos por un camino que nos dirigiría a la lancha y al llegar observamos varios especímenes. Una vez abordo, pasamos muy cerca de lagartos que nunca antes había visto a esa distancia.
El guía sabía en qué zona era seguro y continuamos contemplando. Algunos tomaban el sol, otros acechaban a su presa. También había garzas y diversos tipos de aves que habitaban el manglar. Fue un recorrido sorprendente y lleno de adrenalina al sentir el peligro tan cerca. De regreso al embarcadero uno de los lagartos nos siguió, pero el guía indicó que no había riesgo.
La siguiente parada era una de las playas más hermosas que he visto: Playa Elefante. Llevaba su nombre por una formación rocosa que, vista desde el ángulo adecuado, tenía la trompa de un elefante. Nadamos en un lado de la playa, había algunas olas, pero era una playa ordinaria. Por recomendación del salvavidas del lugar llegamos a la otra orilla y el cambio era notable. La temperatura del agua cambió, las olas eran perfectas, incluso estaban dando clases de surf. Para mi una experiencia en el mar debe tener olas y aventura. Disfruté el tiempo destinado para esta playa, recorrí su arena y al acercarme a la trompa del elefante había una cueva por la que entraba el mar con fuerza. Recibí un salpicón de valentía al esperar la ola que llegaba tras chocar contra la piedra.
El tercer lugar que visitaríamos también sería una experiencia nueva. Se trataba de Zipolite y junto a ella, Playa del Amor. Una playa nudista en la que observé el privilegio masculino de la desnudez. En la playa había hombres en su mayoría y muchas personas conservaban su traje de baño; sin embargo, los únicos que elegían quitárselo eran hombres de mediana o avanzada edad. Era una exposición distinta del cuerpo, sin el tabú de la sexualidad que podría tener. Al igual que cuando usamos traje de baño en la playa y en otro lugar se consideraría ropa interior, esa playa representaba un acuerdo social más.
El destino final era adecuado para cerrar un día mágico de aventura y descubrimientos. Llegamos a Punta Cometa. Uno de los lugares icónicos para ver el atardecer. Caminamos por un sendero de naturaleza hasta llegar a la cima de la montaña en una carrera contra el tiempo porque ya era hora de la puesta de sol. Todos los visitantes se esmeraban por obtener un puesto en el filo de la quebrada para capturar las mejores fotos. Más allá de la fotografía, el momento que estábamos viviendo no se repetiría nunca. A medida que el sol bajaba y teñía de rojo el cielo, una manada de delfines cruzó frente a nosotros. Pudimos divisar sus saltos y las aletas que los distinguían. Segundos después, pasaron dos ballenas jorobadas que estaban cerrando el periodo de avistamiento.
Desde el inicio del viaje con la bioluminiscencia hasta los saltos de delfines y ballenas, este fue un viaje memorable. Cada una de sus fases conformó una vivencia única, muchas de ellas por primera vez, que quedarán plasmadas en mi memoria como un recuerdo digno de imaginar y contar.















