Cuando Carolina Fontana fue invitada a presentar una exposición individual esta primavera en la galería Xippas de Ginebra, la artista decidió recorrer los cantones de Ginebra, Berna y Lucerna.

Este detalle aparentemente anecdótico revela una dimensión procesual que sus pinturas no hacen evidente de inmediato.

Las telas que Carolina Fontana ha creado en los últimos años, dentro de la serie titulada Z∙e∙n, son el resultado de una experiencia contemplativa del paisaje. Estas obras poseen una dimensión poética que surge del propio proceso; están íntimamente ligadas a un método encarnado en los viajes de la artista por Suiza y, anteriormente, por ciertas ciudades de España y China.

Si situamos estas pinturas dentro de la tradición del paisaje, esta necesidad de experimentar y habitar el entorno o, en otras palabras, de producir una obra a partir de la contemplación, parece reactivar la idea romántica de lo sublime. Dentro de este movimiento estético, lo sublime en la creación remite a una experiencia extraordinaria y maravillosa, vasta e inconmensurable, que solo puede surgir de la observación de la naturaleza y del paisaje.

Si la belleza nos reconforta y nos calma, lo sublime nos inquieta y nos conmueve. La inmensidad de lo que nos rodea parece reducirnos a seres efímeros frente a la eternidad.

Y, sin embargo, estas obras llevan el título Z·e·n, evocando una escuela japonesa del budismo que busca, a través de una intensa práctica meditativa, conectar el cuerpo con su entorno sin la mediación de la conciencia o la razón. Sobre este tema, Roland Barthes explica que esta religión sin dios aparece como una «inmensa práctica destinada a detener el lenguaje», capaz de «romper ese tipo de radiodifusión interna que no cesa de emitirse dentro de nosotros».

Los paisajes producidos bajo la influencia del zen en el arte japonés muestran una belleza definida por la transitoriedad, por aquello que no está fijado y que no puede ser controlado ni comprendido mediante el pensamiento racional; son mundos flotantes sin límites.

Las pinturas de Carolina Fontana, en su forma libre, buscan evocar sutilmente esta indeterminación mediante la coexistencia de imágenes figurativas y formas abstractas. Surgen del deseo de transmitir al espectador esta experiencia trascendental del paisaje. Los títulos de sus obras recientes (CH nevado Grindelwald, CH luzern punte, CH luzern reflejos) funcionan como pistas destinadas a activar esta evocación.

Esta reminiscencia, este sentimiento de déjà vu, emerge cuando el espectador se aproxima lentamente a la obra y reconoce, dentro de los elementos figurativos, una imagen oculta en la memoria.

Esta evocación nos conecta sutilmente con la intimidad eterna del paisaje.

(Texto por Manuel Neves. París, abril 2026)