Dos figuras de bronce oscuro coronan la Torre dell’Orologio desde 1497. Los venecianos los llaman los Mori —por el color negro de su piel— y desde hace más de cinco siglos, golpean la campana que marca el tiempo de la Serenísima. El viejo bate las horas dos minutos antes: el tiempo que ya se fue. El joven, dos minutos después: el tiempo que está por venir. Entre los dos, ese silencio de cuatro minutos rememora el presente. Y es bajo este presente suspendido, en esta mañana de 2026, cuando la Bienal de Arte de Venecia abre sus puertas a una nueva edición.
Llevan 529 años a la vista de todos. Como un símbolo oculto de la ciudad, su historia está escrita en los pequeños detalles casi imperceptibles, ocultos tras el silencio. Eso es exactamente lo que, metafóricamente, In Minor Keys —título de la 61ª Bienal de Venecia— viene a deshacer: hacer audible lo que siempre estuvo ahí pero en una frecuencia que nadie quiso escuchar.
Venecia sabe desde el siglo XII lo que significa mirar a África. La cúpula de Pentecostés de la basílica de San Marcos —construida en el siglo XII siguiendo el modelo bizantino— incluye figuras de egipcios de piel oscura entre las naciones conquistadas. Los africanos como símbolo del poder universal de la Serenísima. Decoración, símbolo, mecanismo. Y aún más, sus calles y canales guardan esa memoria en la piedra. A través de calles estrechas y canales se abren al visitante sus laberínticas estructuras. Y entonces, si uno sabe mirar, aparecen: en los dinteles, en las aldabas, en los remates de los palacios — los pomi dei mori. Rostros africanos tallados en piedra que llevan siglos mirando el agua. Nadie se detiene en ellos. Nadie se pregunta quiénes son.
Imágenes que evocan aquellas máscaras, figuras rituales o esculturas tradicionales africanas que cruzaron por primera vez los umbrales de los Giardini de la Bienal en 1922. El escándalo de su exposición fue tal que el ayuntamiento de Venecia impuso al comisario Vittorio Pica un consejo de control para que semejante audacia no volviera a repetirse. Las llamaron “primitivas”. La misma Venecia, que durante siglos había convivido entre esos rostros, no supo reconocerlas como arte.
Y, sin embargo, Venecia, como siempre, tenía sus propias reglas.
Ciento tres años después de aquel escándalo, una mujer camerunesa llamada Koyo Kouoh asumía la dirección artística de esa misma Bienal. No llegó a ver su exposición inaugurada. Pero dejó su partitura completa, lista para ser ejecutada. Fundadora de RAW Material Company en Dakar —el espacio donde el pensamiento puede ser libre—, fue allí donde concibió In Minor Keys. La exposición nació en África antes de llegar a Venecia. En este proyecto encontramos algo profundamente elegante en su propio gesto —el de dejar una obra impecable antes de partir para siempre—, donde el reflejo de su alma nos guía por cada rincón escuchando esos sonidos imperceptibles.
El palacio y sus sombras
Venecia construyó su riqueza sobre el comercio de esclavos. Los mercados del Rialto y de San Giorgio fueron durante siglos centros de esclavitud mediterránea. Los africanos llegaban a través de las rutas del Mediterráneo y algunos, una vez liberados, se convirtieron en gondoleros. En 1514, el oficial de mayor rango de una de las asociaciones de barqueros de Venecia era identificado como “ser Giovanni ethiops”. Un hombre africano, exesclavo, que había llegado a ejercer autoridad sobre sus pares. Remando, como los gondoleros que Carpaccio pintó bajo el puente de Rialto hacia 1494: dos africanos en silencio mientras la ciudad celebraba sus milagros.
Cruzando el Canal Grande, se alza el Palazzo Ca’ Rezzonico. La joya del barroco veneciano que, en los años veinte del siglo pasado, Cole Porter eligió como residencia de sus legendarios veranos venecianos, donde celebraba interminables fiestas nocturnas, bañadas en champagne y acompañadas de jazz. Pero antes del jazz, hubo otra coreografía. En sus salones, siglos antes, el escultor Andrea Brustolon había tallado en 1700 guerreros etíopes encadenados — candelabros, soportes de sillas, figuras que sostenían la elegancia del palacio sobre cuerpos negros que no podían moverse.
En la iglesia de los Frari, unas cariátides africanas sostienen el arco triunfal de la tumba del Doge Giovanni Pesaro. El año es 1669. El mismo en el que Venecia pierde la guerra de Creta. Los africanos sostienen el triunfo de un doge, que en realidad fue derrotado.
Nadie reparaba en esa ironía hasta que, en 2003, el artista afroamericano Fred Wilson presentó en el Pabellón de Estados Unidos una instalación titulada Speak of Me as I Am —la frase de Otelo— y liberó simbólicamente a esas figuras encadenadas de Brustolon, armándolas con antorchas de acetileno. Por primera vez en tres siglos, los africanos de Venecia tomaban la palabra.
En 2026, Sammy Baloji recoge ese gesto. Nacido en Lubumbashi —el corazón del Congo belga—, sus fotomontajes superponen archivos coloniales sobre paisajes industriales contemporáneos. Y Ayrson Heráclito, artista brasileño cuya obra trabaja la memoria del Atlántico negro, evoca esos cuerpos que sostuvieron, que cargaron, que remaron en silencio. Las cariatídes de los Frari encontrando, por fin, su eco contemporáneo.
Pero antes de entrar en los Giardini, conviene detenerse. El Caffè Florian, la música del piano y una copa de Veuve Clicquot en el desayuno al más puro y plácido hedonismo. Noël Coward —el gran dandi británico— lo formuló mejor que nadie: "Why do I drink Champagne for breakfast? Doesn't everyone?"
Para Koyo Kouoh, esta Bienal no era una exposición, sino una partitura. Ella definía la "clave menor" como un desborde: una frecuencia con la que la melancolía, el susurro y el lamento se encuentran con la “radicalidad de la alegría”. Imaginó la muestra como un archipiélago de oasis —patios, jardines y pistas de baile— donde el arte no solo se observa, sino que se habita. En sus propias palabras, buscaba la cohesión de un conjunto de jazz libre, bajo la firme convicción de que la poética nos libera y que, contra todo pronóstico, las personas aún son capaces de crear belleza juntas.
Visitando la Bienal
Con ese ritmo en la cabeza, nos adentramos en los Giardini. La exposición no tiene muros. Enormes banderas de índigo —el color del añil, el que tiñó durante siglos el comercio atlántico— descienden de las vigas del Pabellón Central marcando las transiciones entre zonas. La exposición fluye como una procesión, como el jazz en el canal: sin principio ni fin marcados, solo el ritmo.
La primera parada es inevitable. En la Sala Chini, Issa Samb —el mentor de Kouoh, el hombre que la formó en Dakar— ocupa el umbral del Pabellón Central con un shrine, una suerte de altar. Objetos acumulados con la lógica de quien sabe que el significado no reside en la forma sino en la relación entre las cosas. No es una obra de arte convencional. Es una presencia. Y es también, silenciosamente, Kouoh misma: “Koyo está ausente, pero presente desde otro lugar”, afirman sus compañeros.
La exposición se despliega tal como Kouoh la concibió: “los tonos quietos, las frecuencias más bajas, los zumbidos, la constelación de la poesía”. Una resintonización radical: no escapar de las crisis del mundo, sino reconectar con las dimensiones sensibles y afectivas del arte. Una asamblea polifónica cuyas raíces están en la improvisación del jazz y el pensamiento caribeño. Johannes Phokela inserta cuerpos negros en composiciones barrocas sin pedir permiso —con la comodidad de quien siempre perteneció allí. Godfried Donkor toma grabados victorianos y los atraviesa con figuras negras que desestabilizan la escena con una precisión casi quirúrgica. Billie Zangewa teje tapices de seda —el material de los aristócratas europeos— con la vida cotidiana de una mujer negra. La tonalidad menor como forma de vida. O como formuló Kouoh en 2022: "Necesitamos la radicalidad de la alegría". La clave menor no es tristeza. Es una alegría que no necesita gritar.
Y entonces aparecen los Soundsuits de Nick Cave. Trajes-escultura que convierten el cuerpo en un instrumento de protección y celebración, que desfilarán por los Giardini. El atuendo como soberanía. Como los sapeurs del Congo que tomaron los códigos del poder europeo y los convirtieron en resistencia silenciosa. Como los pomi dei mori que llevan siglos mirando el canal sin que nadie se pregunte por ellos, por esa Venecia africana o por aquella cortesana negra que hubiera sido capaz de enamorar al mismísimo Casanova.
Jazz sobre el canal
Nos desplazamos al Lido. El vaporetto cruza la laguna y la ciudad queda atrás, sus luces reflejadas en el agua. El Hotel Excelsior recibe con esa arquitectura morisca que siempre pareció recordar que Venecia nunca fue del todo europea.
En el verano de 1926, Cole Porter —como se indicaba, instalado en el Palazzo Ca’ Rezzonico— había atracado una barcaza frente a la Salute y la había convertido en un club flotante. Sobre la terraza del Excelsior, Leslie “Hutch” Hutchinson dejaba caer las notas con una rosa roja en el ojal. En la arena, el Charleston dibujaba figuras nuevas. África había sido invitada por la puerta de la elegancia.
Birds do it, bees do it, even educated fleas do it… Las notas de Let’s Do It de Cole Porter flotaban sobre el canal mientras Diaghilev escribía escandalizado a su amante Boris Kochno: “Toda Venecia se ha levantado contra Cole Porter por culpa de su jazz y de sus negros. El Gran Canal es un hervidero. ¡Están enseñando a bailar el charleston en la playa del Lido! Es espantoso”. Cuatro años después de que los Giardini los censurara, África bailaba en el Lido.
Cien años después, imaginamos por última vez a Koyo Kouoh en esa misma terraza. Con sus vaqueros amplios de Xuly Bët —el diseñador senegalés que ella amaba— y una copa de champán, que era, decía, “lo único que se puede beber a cualquier hora del día”. Magníficamente inteligente, formidablemente elegante. Mirando los zapatos de los artistas con esa atención suya que nunca perdía la minucia de las personas. Escuchando. Siempre escuchando esas pequeñas cosas.
Hay una elegancia natural en la cultura y la gente senegalesa. No hablo solo de la elegancia en el vestir. Hablo de la elegancia del espíritu y de la mente.
(Koyo Kouoh) La música de Kouoh no tiene un nombre único. Está en Baldwin, en Toni Morrison, en Glissant —ese poeta martiniqués que imaginó un jardín criollo donde todas las especies conviven en un pequeño trozo de tierra. Aguacates, limones, ñames, cañas de azúcar creciendo juntos sin orden aparente. Como Venecia. “Toma un respiro profundo, exhala, baja los hombros y cierra los ojos”. La música continúa en clave menor. Y los dos Mori de bronce siguen golpeando la campana. El viejo, dos minutos antes. El joven, dos minutos después. Entre los dos, ese silencio donde todo queda suspendido.
Nota
La Bienal de Arte de Venecia, 61ª edición — In Minor Keys; del 9 de mayo al 22 de noviembre de 2026.















