Esta idea nace con la emoción de escuchar y masticar la noticia de la partida del (músico) “Indio” Solari. Conforme van pasando los testimonios, los mensajes de amigos y familiares, van sucediendo los recuerdos, unos tras otros, de vivencias descarnadas, algunos malos tragos y unas pocas victorias gloriosas, efímeras, y de cómo estos afloraban para ir dando lugar a un cúmulo de sensaciones difíciles de digerir.
Es complejo poner en palabras lo que la música y las letras de Los Redondos significan para muchos de quiénes crecimos escuchándolos y son miles las historias que vamos escuchando en las noticias, la radio y las redes; del sentir de la patria ricotera. No hay una ni dos maneras de ser ricotero, las hay por decenas de miles y todos, en estos días, tuvieron sus plegarias y agradecimientos a nuestro Míster. La gran mayoría lo tenemos en el panteón.
Quisiera compartir la experiencia de varios/as familiares y amigos/as para que juntos podamos darle voz, un aporte a la cofradía de fans de Los Redonditos de Ricota.
Y en esta, tiro yo, porque me toca: contar que la llegada de la música de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota se brinda de una manera similar a las de mi hermano Facundo y mi hermana Carola, que con un Casete grabado por otro de mis hermanos, un recopilatorio: lado A, temas movidos; lado B, no tan movidos. Ese casete que pasó de mano en mano, había dos canciones, eso sí lo recuerdo: lado A “Mi Perro Dinamita” y lado B “Blues de la Libertad”, además de otras bandas del rock nacional. Crecimos escuchando y cada quien atravesó una puerta diferente. Mi amigo Andrés P. que desde los seis años sus padres le inculcaron, y así su fanatismo fue in crescendo.
El mismo fanatismo que movilizó a millares de personas a través de todo el país, para ir a misa. Como le pasó a mi amigo Diego C. yendo a la ciudad de Córdoba con su grupo de gente, allá por el 2008, y recuerda que comió sándwiches de milanesa antes del recital; que además, en ese viaje, se había sumado su madre, y que perdió su celular en la locura álgida del pogo, me cuenta mostrando las fotos de su experiencia con la alegría de haber recuperado esas imágenes, de verse él mismo.
Como el mismo Andrés, subiéndose a un micro para llegar hasta el pueblo de Olavarría junto a su hermano, emocionados hasta las lágrimas de festejar la libertad, el estar juntos, él y su hermano abrazados, de llevar una vida escuchando a Los Redondos, y me lo cuenta quebrado, mirando de soslayo, tomando unas pausas, reviviendo esos detalles.
Es por ello que sumé conocidos para compartir lo que mucha gente siente con el Indio y Los Redondos, aquellos sentimientos que despiertan su reciente partida. Por ello les pregunté a amigos/as como Julieta, mi amiga médica: “Para mí es poder. Hay algo en el cerebro que se activa cuando uno escucha esa música… que se abre, como que rompe algo en la cabeza. Si estás bien te pone más para arriba, si estás bajón te ayuda a seguir”.
Como Betania, que vive en Buenos Aires y cuenta que en sus viajes a lo largo del país descubrió que: la música de Los Redondos unió a gente que de otra manera no tendría nada en común. “Mucha gente no puede expresar, pero, a la vez, es tan imposible de nombrar como lo potente que es sentirlo”, me cuenta. “Que nos nombra y nos da identidad. Habla de un colectivo, habla de todos: la juventud atravesada por las rupturas, todas posdictadura y Los Redondos fueron los primeros en ver eso”.
Carola me dice que para ella Los Redondos atraviesan todas las edades: hay fans de cincuenta y tantos y fans de dieciocho años. Entre risas, me cuenta que escuchó una entrevista donde alguien usó una frase muy representativa de Solari: “¿De qué lado de la mecha te encontrás?”. Y agrega: “Yo estoy orgullosa de estar del lado ricotero de la vida, de pertenecer a esta familia que busca el abrazo, la revolución del amor. Es a nivel piel, a nivel pogo, energía. Muchas veces intenté entender sus letras y no me interesa entenderlas del todo, las llevás en el alma”. Y remata con un oxímoron que la representa: “No las entendés a las letras, pero las entendés”.
Mi amigo luthier Emiliano “el Porte” me manda un audio para expresar su dolor al recordar no solo al Indio sino a un amigo, que dentro de su oscuridad, busca el abrazo para revivir los mejores recuerdos con su grupo. “Los Redondos son la mejor banda que existió y existirá”. Rememora sus escapadas de la escuela para ir a un recital del Indio, allá por Buenos Aires.
Mi hermano Facu es más sintético al decir que Los Redondos y el Indio son el mascarón de proa de esa poesía enrevesada y simbólica que le fascina. Ambos escuchamos la discografía ricotera y también lo sentimos al extremo: siempre que sonaron Los Redondos subíamos el volumen de la música. Recuerdo que una vez le ayudé a comprarse un disco de Solari, El Perfume de la Tempestad que aún sigue sonando a todo trapo.
Roda, un amigo –que es como un hermano–, suma su voz y dice algo que conecta con lo que decía Carola. Para él, Los Redondos representan su infancia y adolescencia: empezó escuchando esas letras sin entenderlas, dejándose llevar por la música y la voz del Indio. Pero al crecer, esas mismas canciones le siguen hablando, lo interpelan de maneras distintas. “Te habla en distintas etapas de tu vida”, me dice, “y por eso lo encarnás como propio”.
A cada uno de quienes sumaron un aporte también les pregunté por alguna frase o canción más representativa. Lo cual fue lo más difícil para todos, incluso para mí. Por todo lo que vamos leyendo, hay un plus que llega a todos nosotros. En una entrevista al sociólogo Pablo Alabarces, él cita a un periodista y escritor como Diego Fischerman para denominar a un artista de la talla del Indio Solari como: “artista es aquel que estira los límites del lenguaje”. Creo que es por ello que es tan difícil encontrar las palabras para expresar lo que nos genera su arte. Y me atrevo a nombrar solo dos frases que me dejan huella, una que resuena en esta época:
¡Un último secuestro no!
¡El de tu estado de ánimo, no!
Y la de una de sus últimas canciones que lo asocio a cuando uno en el tránsito de la vida, cuando las brasas te quemen los pies, afronta la lucha con dignidad:
¡Yo ya no puedo cumplir
hazañas que prometí
solo marchar cantando!
A todos, su música y sus letras nos llegan a cada átomo, es un hilo con el cual se cosen los agujeros del alma, que despierta la chispa de vida, de juventud. Su música me acompañó y todavía lo hace en el pogo de la vida; allí saltás, empujás y te empujan, cantás, celebrás y, cuando te caés, pensás que mil pies te van a pisotear y ahí es cuando muchas de las canciones del Indio, como las manos de aquellos compañeros, te agarran, del pelo, de las orejas, de la nariz, de la ropa, de los pies, y te alzan para volver: vos acá seguís, muchachito. Muchos tienen sus maneras de sentir, de vibrar junto con la música y así lo vivimos. Y esta noche bailar, por mis penas, bailar. Buen viaje, Míster.















