Hay encuentros que no ocurren en el presente, aunque sucedan allí. Se abren, más bien, como una grieta en el tiempo donde lo vivido y lo olvidado se reconocen sin anunciarse.

Así fue mi reencuentro con Cecilia Vicuña.

Conozco a Cecilia desde hace más de tres décadas, antes de que su obra alcanzara el reconocimiento internacional que hoy posee. Nuestra relación no comenzó en una sala de exposiciones ni en el contexto del mundo del arte. Comenzó en la distancia. Yo en Europa, ella en América. Nos escribimos. Cartas que tardaban semanas en llegar, que cruzaban océanos, fronteras y controles, y que a veces simplemente se perdían. Hoy las recuerdo como pequeños quipus verbales, nudos de lenguaje que sostenían una relación en tránsito. En ellas no había teoría del exilio ni reflexión académica. Había vida concreta, atravesada por la historia.

Nos encontramos después de muchos años. No hubo dramatismo ni necesidad de explicaciones. Nos saludamos como si hubiéramos hablado ayer. Hay relaciones que resisten la cronología. El tiempo pasa por ellas sin destruirlas.

Mientras conversamos, pienso en la Cecilia que conocí entonces. No en la artista celebrada internacionalmente, ni en la figura reconocida por museos y bienales, sino en la poeta. La poeta que escribía desde una intensidad donde el cuerpo, el deseo y el lenguaje parecían formar parte de una misma materia.

Entre las páginas que hojeo está Luxumei o el traspié de la doctrina. El libro reúne poemas escritos entre 1966 y 1972 y se abre con una cita de Teresa de Jesús:

y ansí diré mil desatinos por si alguna vez atinase.

La frase parece contener una clave de toda la obra de Cecilia: avanzar por la intuición, por el error fecundo, por la palabra que busca antes de encontrar.

Mientras hojeo Luxumei, encuentro versos que parecen atravesar intactos más de medio siglo:

Necesito decir
que mi atavío natural
son las flores
aunque me vestiré
de un modo increíble
con plumas
dientes de loco
y manojos de cabellera
de Taiwán y Luxumei.

Cada vez que estornudo
se llena el cielo de chispas
hago acrobacias
y piruetas endemoniadas
cada noche
me sale una espalda adyacente.

Soy de cuatro patas
preferentemente,
las ramas
me saldrán por la piel,
estoy obligada a ser
un ángel con pelvis
en llamas.

Leyendo esos versos frente a Cecilia, reaparece la joven escritora que conocí tantos años atrás. En ellos ya están el cuerpo como territorio de transformación, la naturaleza como prolongación de la conciencia y esa libertad imaginativa que desafía cualquier doctrina. Mucho antes de las exposiciones internacionales y de los reconocimientos que llegarían con el tiempo, estaba esta voz: feroz, lúdica, visionaria.

En esos poemas ya aparecen muchas de las preocupaciones que acompañarán toda su trayectoria. El cuerpo femenino ocupa el centro de la escena. La naturaleza no es paisaje sino presencia activa. Las culturas ancestrales dialogan con otras tradiciones y geografías. En el poema que da título al libro, ciertas resonancias orientales construyen una atmósfera singular, como si el lenguaje buscara desplazarse hacia otros mundos para comprender mejor el propio.

Otro poema, Soledad, parece dialogar con el propio sentido de este reencuentro:

Perderíamos más de la mitad
de nuestra unión
si dejo de ser
tu amigo.

Yo no tenía salida
me sentía gentil. ¿Quieres hacerme ver el cielo?
tócame ese espacio
blanco
entre los muslos
suavemente
sin otras intenciones
casi sin querer.

Mientras la escucho hablar, comprendo que existe una profunda continuidad entre aquella poeta y la mujer que tengo delante. Han cambiado los formatos, las escalas y los territorios. Pero la pregunta esencial permanece intacta: la búsqueda de relaciones invisibles entre las cosas, la confianza en la imaginación como forma de conocimiento.

Su pensamiento siempre ha buscado ese cruce improbable entre el saber indígena y la física cuántica. Dos formas de entender el mundo que, en apariencia, no deberían encontrarse y que, sin embargo, en ellas dialogan con naturalidad. Ambas reconocen la interconexión de todo lo existente. Ambas desconfían de las certezas rígidas y de las explicaciones únicas.

En algún momento de nuestra conversación regresan los años del exilio, las cartas y las amistades dispersas por distintos países. Pienso en cómo una generación entera debió aprender a vivir lejos de sus lugares de origen. Pienso en sus nombres, los que entonces formaban una constelación dispersa. No éramos un grupo ni una generación organizada. Éramos, más bien, cuerpos arrojados a distintos puntos del mapa intentando sostener una lengua común mientras todo alrededor se descomponía.

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¿Dónde se sitúa la conciencia? Yo como poeta digo que lo único que podemos saber es que la composición de la palabra conciencia dice: unir y cortar a la misma vez. Con: unir/Sciencia, de scire, cortar. Unir y cortar es la capacidad humana de tener dos pensamientos divergentes a la vez. Eso hace que tengamos posibilidades infinitas, al reconocer que lo humano está por descubrirse,que la consciencia está por ser, está por descubrirse. Cecilia Vicuña, Sol y dar y dad, ca. 1977-79.

Quizás por eso este encuentro tiene más de reconocimiento que de recuperación. No se trataba de reconstruir el pasado, sino de comprobar que algunos vínculos sobreviven a las interrupciones del tiempo.

La memoria, pienso, no funciona como un archivo ordenado. Se parece más a una corriente subterránea que emerge cuando menos se espera. Basta una voz, un libro abierto al azar, una conversación retomada después de décadas para que algo vuelva a encenderse.

Al despedirnos, no hay promesas. Solo una certeza compartida: el tiempo no es lineal. Y hay encuentros que, incluso después de décadas, apenas comienzan.