En 1992 Steve Tesic publicó en la revista The Nation un ensayo donde explicaba cómo, tomando los escándalos de Watergate y la Guerra de Vietnam, la sociedad prefería consuelos reconfortantes antes que hechos incómodos y, a esto, lo llamó la posverdad.
12 años después, el escritor Ralph Keyes publicó el libro La era de la posverdad, en el que ahonda sobre cómo la mentira se había normalizado en los medios de comunicación y en la política. En el 2016 el diccionario Oxford eligió Posverdad como la palabra del año, en función del gran uso que se le había dado durante el Brexit y la campaña de Donald Trump. Oxford la definió como: "relacionado con o denotando circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a las creencias personales".
Transparency international muestra cómo la percepción de la corrupción ha ido subiendo globalmente en la última década. Eventos como los Panamá Papers en el 2016 han colaborado a que la visión sobre los líderes e instituciones políticas haya ido decayendo. Noam Chomsky, en su libro Manufacturing consent habla de cómo los medios de comunicación utilizan un sistema de filtros que distorsionan la información que se entrega, priorizando el rating por encima de la verdad, lo que genera más amarillismo, contenidos que priorizan a ciertos grupos, la fabricación de “enemigos” para justificar algunas políticas y, en general, existe un sesgo mediático profundo que influye en la opinión popular global.
Pero el asunto va más allá de las mentiras, Hannah Arendt habló sobre cómo regímenes totalitarios no buscaban que la gente creyera una mentira sino que querían destruir la noción de verdad hasta lograr que la realidad fuera irreconocible. En su libro Between Past and Future dice: "El resultado de una sustitución constante y total de mentiras por la verdad fáctica no es que las mentiras sean aceptadas como verdades, y la verdad difamada como mentira, sino que el sentido por el cual nos orientamos en el mundo real —y la categoría de verdad vs. falsedad es uno de los medios mentales para ello— queda destruido". Arendt no solo habla, entonces, de dejar de creer, sino que refiere a algo mucho más grave: la pérdida del pensamiento crítico.
Las redes sociales han contribuido mucho a esto. Hubo un estudio, publicado en Science en 2018, que analizó la difusión diferencial de noticias verdaderas y falsas en Twitter desde el 2006 hasta el 2017, tomando más de 126.000 publicaciones, y el peligroso resultado fue que las noticias falsas se difundieron seis veces más que las verdaderas. Esto sucede porque las noticias falsas están diseñadas para generar respuestas emocionales en el público, y la gente suele creer más aquello que conecta con su emocionalidad que la verdad, esto está en el concepto mismo de la posverdad.
Eli Parisier publicó en 2012 el libro The Filter Bubble: How the New Personalized Web Is Changing What We Read and How We Think, donde habla sobre los algoritmos de las redes sociales muestran contenido polarizado para mejorar el engagement de los usuarios, lo que sigue siendo válido en el 2026 y trae como consecuencia que, en lugar de promover la difusión de ideas lo que hace es dejarnos aislados, en una cámara de resonancia1.
Finalmente, la posverdad no solo lleva a conclusiones erróneas basadas en lo que transmiten los medios sino que también tiene una arista peligrosa. En el texto The Psychology of Conspiracy Theories, buscan explicar los sesgos cognitivos que tienen las personas que son arrastradas a creencias de teorías conspiranóicas y sus consecuencias. Esencialmente, todos los elementos que describen pueden reflejarse en las redes sociales, como el sesgo de confirmación (incrementado por los algoritmos), el aislamiento social y la necesidad de control que lleva a buscar justificaciones simples y manejables a eventos importantes, en lugar de buscar la explicación real, que puede ser más compleja y requiere mayor investigación.
Las redes sociales no solo ofrecen explicaciones simples (aunque falsas) sino que potencian que las personas refuercen y reafirmen ideas erróneas e informaciones manufacturadas. Así es cómo se han fortalecido movimientos anticientíficos como los antivacunas y los terraplanistas.
¿Cómo podemos evitar caer en las consecuencias de vivir en la posverdad? ¿Cómo dejamos de ser víctimas de la manipulación mediática? En el mundo actual requiere un esfuerzo activo: antes de replicar cualquier noticia o información recibida en redes sociales buscarla en internet para confirmar, o copiársela a inteligencias artificiales gratuitas, como ChatGPT, Gemini o DeepSeek, que pueden confirmar las fuentes y la información en segundos, e incluso admiten subir documentos completos para verificación. También es importante ejercitar el pensamiento crítico y poner en duda las creencias propias y del grupo cercano, especialmente cuando todas las noticias que aparecen comulgan perfectamente con estas.
El pensamiento crítico es lo que permite que los grupos humanos no se enfrenten por ideas erróneas y que no se tomen decisiones que pueden ser perjudiciales para uno mismo y para los demás. Recordemos que cuando se benefician el amarillismo y las conspiraciones, perdemos todos como sociedad. Cuando se radicalizan las posturas también generamos enemigos donde quizás no los hay, y tendemos a deshumanizar a otros grupos para respaldar la noción de que las ideas que hemos desarrollado en su contra, y que nos han respaldado los algoritmos, son correctas. Ya lo dijo Aldous Huxley, "la propaganda es un monólogo que busca no dialogar, sino dominar", por lo que la principal manera de hacerle frente es el diálogo.
Notas
1 La cámara de resonancia mediática y la falta de objetividad.















