Como un lector más, me atrevo a afirmar, a adentrarme en las farragosas tierras; quizás por temeridad o quizás por pecado, que Mort Cinder es una de las historietas más importantes de la historieta nacional argentina.
Juan Sasturain escribió que: “más un mecanismo que un personaje: siendo todos no es nadie”. Y con esa frase ubica al protagonista como un ser sempiterno, que no se cansa de morir y de que cada una de sus muertes no tiene ningún final.
En sus casi trescientas páginas, guionizadas por Héctor Oesterheld y dibujadas por Alberto Breccia, publicadas por episodios, dan muestras de una magnitud de haber sido una sola obra, pensada como una unidad. Pero en realidad es al revés. La manera en que está particionada, en retazos aislados. Pero no solo es eso, sino más bien es la manera en que está narrada, nosotros, como lectores, nos vamos hundiendo en la narrativa con los dibujos oscuros, sombreados, por momentos lúgubres y por otros macabros de esos que le impregna el estilo de Breccia: la oscuridad convertida en lucidez, la confusión de las batallas expuesta con claridad, lo real transformado en irreal, pesadillas convertidas en realidad gráfica.
Casi por descuido no he mencionado un poco más de su guionista y de su dibujante. Ambos aclamados, éstos hicieron escuela de sus formas. Con la superproducción de otra de las obras de Oesterheld, como El Eternauta, su imagen ha sido revalorizada y sus obras reeditadas en papel, y muchas volvieron a ver la luz para ser leídas y releídas. Un hombre de postura política, como muchos de su época, fue desaparecido junto a sus cuatro hijas por la última dictadura militar en Argentina.
Alberto Breccia es considerado uno de los mayores representantes de la historieta argentina y uno de los iconos por antonomasia de la historieta mundial y su extensa obra lo ubica como un referente del arte vinculado con los derechos humanos y con la resistencia al autoritarismo.
Juntos trabajarían en obras como Sherlock Time, de finales de los años cincuenta. Mort Cinder llegaría en el 62; a la que sigue Vida del Che Guevara de 1968, una obra póstuma donde también Enrique Breccia participa.
Dentro de sus diez episodios tenemos un personaje que es el ancla a la realidad o lo creemos que es, que hace de nexo entre un Mort Cinder etéreo. El compañero es Ezra Winston, un anticuario, que posee su negocio una inmensidad de objetos antiguos que rememora en una viñeta del segundo episodio: “Anticuarios de antes tenían reliquias, casi siempre algún trozo de la cruz de Cristo. Yo me les parezco: ahí tengo un trozo de la primera cruz plantada en una tumba fuera de la tierra. Ahí está junto al recorte del diario donde por primera vez leí el nombre de Mort Cinder…”. Que en el fondo de su ser espera la inminente llegada del protagonista que llega envuelto en una bruma de una noche fría, dentro de un cementerio de Londres.
Mort Cinder tenía una manera para anunciar su llegada y era moviendo y deteniendo las manecillas de un reloj de la tienda de antigüedades de Ezra. La cita era los alrededores de un pantano donde las sombras se entremezclaban con el bosquecillo y la niebla, con los dibujos de Breccia el pasaje es imperceptible de un pantano, en unas cuantas viñetas, con Mort Cinder llegando y luego en un laboratorio a punto de realizarles una lobotomía. ¿Cómo es que escapan de allí? Lo mejor sería que lo descubra, usted lector.
De pasar de reconocer a la madre de un amigo de Mort, en una muerte lejana de la primera gran guerra. La secuencia narrativa de ese episodio brinda una transición espectacular donde el personaje se muestra cavilante mientras se aleja de la compañía de Ezra, atraviesa un bosque y saltamos a una trinchera en un bombardeo y estamos inmersos en Francia, más precisamente en Chemin-Des-Dames.
De todas sus muertes narradas, todas están dispersas en el tiempo, no hay cronología. De un episodio donde Cinder es un trabajador en la Torre de Babel donde el terror de la pérdida de comunicación instala el caos, todo previo a la destrucción.
Las siguientes historias tampoco respetan un orden específico, vamos de una penitenciaria en Norteamérica en mil novecientos treinta al descubrimiento de una tumba en Egipto, luego a un barco negrero, donde el miedo, el hedor y la desesperanza se mimetizan con el terror de no poder escapar en medio del océano, aun así, salir vivo en altamar para morir en tierra.
De una Londres invadida por la niebla, la humedad y el frío a la Batalla de las Termopilas y ser uno de los trescientos que ofrendaron vida, amores y odios, sangre, vergüenzas y honor. Terminar con los pies intactos y una frase en los sesos que da fin a la historieta: “Yo estuve en las Termopilas, amigo. Duele tanta muerte, pero un hombre de Esparta no se queja”.















