¿Por qué escribimos los que escribimos? Desde el reconocimiento, la calificación por un grupo, un movimiento o porque no existe otro envite más hermoso que el sacar nuestros impulsos, querellas y emociones.

La búsqueda de premios ha llegado a sentirse como vacíos personales y como una necesidad de la aprobación de los otros. ¿Somos alguien con un premio o sin él?

El valor de escribir por escribir se está perdiendo. Y la mayoría quiere una colección de premios. Especialmente si viene de equis país, por una dotación económica o por la fama que se sostiene al tenerlo. Escribo desde mi neutralidad, lejos de la pretensión. No acuso esos sentimientos, pero ¿hasta dónde estamos cruzando la línea de la ética y de la autovalía para denominarnos autores si tenemos un premio o no?
Tenemos ejemplos de grandes autores que han pasado a la historia sin miras a buscar uno, porque sus motivaciones eran más humanistas al crear situaciones que registraron estaciones como modelos de vivencia y como personajes que acompañaron sus tiempos, o toda una época o un siglo.

El menosprecio hacia los galardones literarios ha unido a diversas plumas magistrales, destacando las de Jean-Paul Sartre, León Tolstói y Emily Dickinson, figuras que escribieron completamente al margen de la validación institucional, llegando incluso a rechazar los premios más importantes del planeta.

Comentemos a Jean-Paul Sartre. El filósofo francés rechazó explícitamente el Premio Nobel de Literatura en 1964. Arguyó que un escritor debe negarse a ser “institucionalizado” y que la distinción limitaba el impacto directo de su obra sobre los lectores. Personalmente, pocos libros premiados me atraen su lectura porque son producto de multitud, beneficio político, o momento circunstancial. Y serán de buena calidad, pero más me aclama la voz, la fuerza de irreverenciar y su desato.

De creatividad, eso, cuando dices, aquí hay arte literario sin imponer sino un deleite para la lectura.

Boris Pasternak: Aunque inicialmente aceptó el Nobel en 1958 por Doctor Zhivago, la intensa presión y persecución del régimen soviético lo obligaron a enviar una carta de rechazo a la Academia Sueca para proteger su vida y su libertad. Y es literatura que perdura no por el connotado premio, sino por lo que se atrevieron a decir.

También hay escritores que rechazaron la competitividad y las glorias.

León Tolstói. El gigantesco ruso jamás buscó el Nobel de Literatura y, cuando supo que era candidato a principios del siglo XX, escribió cartas solicitando prontamente que no se lo dieran. Consideraba que el dinero de los premios solo traía el mal y prefería la humilde riqueza de sus lectores. Fue designado varias veces para el Premio Nobel de Literatura a principios del siglo XX. Nunca lo ganó porque tenía ideas muy distintas a las de la academia. Tampoco le vio ventaja al dinero ni a los concursos.

Son opiniones y, no por ello, se critica a quien lo hace por su propio crecimiento, por traspasar sus límites creativos y darse un valor que personalmente necesita, como terminar una carrera o lograr alguna meta.
Graciano Quintanilla: Aunque menos mediático, representa el prototipo del autor que destruye o esconde sus documentos para evitar el mercadeo, la ansiedad pública de aprobación o cualquier perímetro de idoneidad artística.

Miguel Delibes, uno de los grandes autores de España. Le ofrecieron el prestigioso Premio Planeta en 1962, pero no lo aceptó. Prefirió la tranquilidad de escribir sin presiones comerciales.

Hay casos particulares desde la omisión, o desde las personalidades del autor. Tenemos a Emily Dickinson, que pasó su vida en un retraimiento casi total en Amherst y publicó apenas una docena de poemas en vida, rectificados por los editores. Jamás concibió su arte como una carrera para postular a galardones ni buscar la fama pública.

Franz Kafka fue un autor checo que no solo ignoró el circuito de los premios literarios, sino que ordenó a su amigo Max Brod que quemara todos sus manuscritos inéditos antes de morir, demostrando un desapego total por el reconocimiento póstumo o comercial. Este autor checo nunca buscó fama ni premios en su vida. Su trabajo era muy personal y oscuro. Tuvo su reconocimiento después de muerto, como una gran cantidad de autores.

La pregunta se nos revuelve: ¿por qué escribimos en realidad? Todos somos diferentes y entendemos la ética de muchas formas. Yo abogo por que nuestros escritos demuestren nuestra humanidad, y no como solo humanismo, sino nuestras debilidades e imperfecciones, la paradoja del ser humano, lo controversial que somos, y que cada palabra deje algo, algo que incomode o que apacigüe, que sea realista o nos lleve a otros mundos. Es una decisión personal.

Pero desde el momento en que se escribe para burlar, para engañar lo de otros como nuestro, este es el caso del escritor usurpador, facilista, ladrón, porque no queda otro señalamiento, ya esa falsificación del ser me hace sentir que estamos perdiendo algo. Si bien escribimos para ser leídos o, por lo menos, para que sean escuchadas nuestras voces como un medio liberador, pensemos por qué lo hacemos. Es sanador analizar la pretensión. La escritura es mi compañía y nace cuando ella quiere; no puedo forzarla o disciplinarla. Lo he intentado y me sale más técnica que corazón.

Por eso, ser fieles a nuestros propios deseos de escribir cuando nos sintamos con duende es también otra opción. Que cada uno lo haga feliz hacerlo. Y que los motivos sean los correctos para usted y no para la sociedad que pide a gritos populismo y fama. Al fin y al cabo, sea por la decisión que sea. Dedúzcalo usted.