A pesar de las modas, los avances y la velocidad a la que todo avanza hoy en día, Tavira —una pequeña ciudad portuguesa a escasas dos horas de Sevilla— consigue mantenerse fiel a sí misma. Hoy en día es un gusto poder pasar un fin de semana en un sitio así. El tiempo allí, al parecer, no ha pasado. Y es muy fácil, estando allí, traer a la memoria algunas escenas de cuando éramos pequeños. Grupos de niños pasando tardes interminables de juego en plena calle y sin juguetes, creando juegos improvisados usando lo que se tenía a mano. Gente a pie, de camino a sus quehaceres, pero aún así presentes, alzando la mirada y saludando a los vecinos, regalando alguna sonrisa.

Los vecinos de Tavira tienen tiempo para pararse y charlar contigo. A veces en portugués, a veces en español, a veces en inglés o una mezcla de todo. No importa, lo bonito es que son atentos, están pendientes de los demás y dispuestos a ayudarte cuando lo ven necesario. Es agradable esa sensación. Es un sitio donde uno se siente acogido y además relajado. No es necesario arreglarse mucho; puedes ir como quieras. La gente allí pasa mucho de eso. No te sientes mirado ni cohibido, allí la gente anda por la ciudad como por su casa y tú puedes hacer lo mismo. Lo cual, para mí, cuando estoy de vacaciones, es una liberación. Si te gusta improvisar cuando estás de vacaciones, esto te da mucha libertad; puedes ir ajustando tus planes conforme a lo que te va apeteciendo sin estar pendiente de la etiqueta.

En Tavira las mujeres mayores hacen los mandados en sus batas de verano, las mismas que usaban nuestras abuelas. Se sientan al fresquito, sacan sus sillas a la calle y ven a la gente pasar y así echan el ratito juntas al caer de la tarde, cómodamente, como en su casa, aunque sea temporada alta y la ciudad esté llena de turistas.

Los días en Tavira amanecen pronto. El sol sale a eso de las 6 de la mañana. Es verano; la ciudad despierta tranquilamente. Estamos en la Praça República, en pleno centro.

Desde nuestro balcón, una vista fantástica del "Ponte Antiga" (Puente Romano) y del río Gilao y al fondo una hilera de casas y bares con los típicos azulejos de Portugal. ¡De postal!

Las calles empedradas, se empiezan a oír los primeros pasos. Gente haciendo deporte, paseando a los perros o poniendo las primeras mesas para los desayunos.

La temperatura es ideal, corre aire, pero sale un sol radiante. Bajamos a una de las cafeterías a probar sus famosos pasteles. Tienen muchísima variedad, pero yo no puedo resistirme y cada vez que voy a Portugal tengo que pedir el pastel de nata.

Nos gustó mucho la panadería Vila Doce. Allí encuentras dos vitrinas enteras de pasteles, por lo que tienes muchas opciones para probar. Me pareció un sitio totalmente local.

Prácticamente sólo había vecinos del pueblo. Nada de turistas. Veías que se conocían, se saludaban y se paraban a charlar un rato los unos con los otros.

Decidimos coger el barquito y cruzar a la isla de Tavira. Una maravilla, tan sólo a 15 minutos te encuentras en una playa solo para ti. Once kilómetros de playa prácticamente virgen, sin problema de espacio para estar a tus anchas. Increíble en pleno verano. El agua cristalina y la arena infinita blanca.

De vuelta al hotel, vemos cómo la ciudad se va preparando para la noche. Van montando un escenario en la plaza del pueblo. Parece que esta noche hay un concierto; los músicos están ensayando a la vista de todos. Algunos vecinos, curiosos, se sientan en las sillas de plástico que van colocando alrededor del escenario. No pasa nada, interactúan con los músicos. Es un ambiente muy natural. Los artesanos empiezan a abrir sus puestos junto a la orilla del río. Pequeños puestos donde se pueden comprar productos autóctonos de la zona. Miel, aceites, pasteles, azulejos pintados a mano, artículos de mimbre, entre otros.

Salimos a cenar al caer de la tarde. La vista de las terrazas al otro lado de la "Ponte Antiga" es una preciosidad. Cruzamos la "Ponte Antiga”. Las mesas iluminadas con velas. Los edificios, de poca altura, conservan sus fachadas originales, coloridas, con balcones de hierro y azulejos decorativos. El ambiente es tranquilo; se oye música agradable de fondo. Nos sentamos en el Café Bar 22. Un sitio pequeñito pero muy acogedor donde degustar algunos productos locales frescos y de temporada a la vez que te tomas un vinito portugués mirando el río.

Después de la cena todo el pueblo se reúne en la plaza. Va a comenzar el concierto.

Esta noche toca una banda portuguesa que recrea el estilo de los musicales de Broadway. La plaza está repleta; nadie pestañea, todos atentos al espectáculo. Sin entradas, sin reservas, todo el mundo encuentra un hueco en la plaza.

Hay algo mágico en esta espontaneidad. Esa posibilidad de improvisar que ya hoy en día se está perdiendo. Fluir, decidir sobre la marcha. Dejarse llevar y abrirse a lo que pueda surgir. Hoy en día está todo tan estructurado. Todo hay que agendarlo, si no, no cuadra. Hay que reservar con semanas de antelación. Y si consigues una reserva, va por turnos, es decir, tienes un tiempo máximo para estar ahí. Todo está controlado.

Qué estrés, ¿no? Sin duda, fines de semana así como el de Tavira son un bálsamo.

Volver a ir lento, a vivir como se vivía antes. Con tiempo para parar, observar, degustar. Empaparte de lo que tienes a tu alrededor. Disfrutar de lo simple.

Volvimos a casa con una sonrisa. Desconectadas.

Un finde fantástico. Findes así te hacen recordar qué poco realmente necesitamos para sentirnos bien. Muito obrigada, Tavira.