A diez mil pies de altura sobre los Andes, una recién empieza a tomar dimensión de lo inconmensurable que es la cordillera. Era imposible no sentir un escalofrío al ser uruguaya y tener tan presente la historia de la tragedia y películas como “La Sociedad de la Nieve” y “Viven”. Fuera de esos pensamientos, la vista era conmovedora.
Esa fue una de las pocas sensaciones gratas que el viaje a Perú me regaló, en mi primera y única escala en Buenos Aires, comencé a sentir las primeras angustias que apenas se disiparon con la brisa marina de Lima. Esa ciudad tiene un clima lo suficientemente cálido como para caminar cómodamente por el Malecón de Miraflores —el Océano Pacífico contiene una belleza particularmente turquesa—, pero sin invitarme a tocar la playa.
El hostel en el Parque Kennedy sin dudas me agradó, salir del hospedaje y encontrarse con una peatonal segura no tiene precio, sobre todo si debes tomarte un Uber a las dos de la mañana para alcanzar un vuelo a las cuatro cuarenta, con destino a Cusco.
En ese vuelo comenzó la angustia de verdad. Debo aclarar que he tenido problemas serios de depresión, ataques de pánico y crisis de ansiedad —para lo que cuento con medicación—, pero cuando me emprendo en alguna aventura, esas emociones se disipan, me siento más fuerte, segura de mí misma y alineada con los astros. Pero este viaje fue la excepción. Tuve tantas intenciones de que fuera una oportunidad para la introspección, que terminé frente a frente con mis demonios. Ahí mismo los vi, cuando estaba por aterrizar en Cusco y me desperté de una pequeña siesta, observé mi mochila en mis pies, tuve un dejavu intenso y me atacó la paranoia, estaba segura que algo horrible me iba a pasar.
Con esa sensación aterricé en una ciudad a 3300 metros sobre el nivel del mar —nunca estuve tan lejos del Océano y no volveré a estarlo—. Mastiqué coca, caminé lento, me abrigué, observé la maravilla de una montaña nevada por primera vez en mi vida y salí a la calle a tomarme un taxi ilegal de dudosa procedencia por 15 soles hasta la calle Pavitos, donde los graciosos de la empresa de combis fingieron robar mi maleta.
Me decían: “corre que te la llevan” y yo con un mareo y unos nervios horribles. Dos veces me hicieron esa jugarreta que no sé qué tan broma era, porque al parecer esa es una forma común de robar en Perú, alguien se ofrece a llevarte tus cosas sin que lo apruebes del todo y luego desaparecen. Terminé quedándome al lado de mi maleta hasta que la metieron en la combi y cerraron la puerta del maletero, recién ahí me subí y arranqué el viaje a Ollantaytambo, un pueblo hundido en la montaña a 2700 metros sobre el nivel del mar, donde planeaba aclimatarme.
El soroche me dio una paliza, más bien, la montaña me dio una paliza, no me sentí nada bienvenida por esa naturaleza exótica. Hice fiebre y temblé y lloré y llamé a mi novio para hablarle del mal presentimiento que no se me iba con nada, también le hablé a mi seguro médico para que me dieran algo, pero terminé solucionándolo durmiendo en el piso frío del baño.
Ese día recorrí el centro con una punzada en el pecho, casi cancelo mi reservación en el hostal porque mi tren de Machu Picchu volvía cerca de la media noche y para entrar a la casa, había que tocar timbre, llamar a la dueña del lugar y rezar para que estuviera despierta y me abriera la puerta. Yo no me iba a arriesgar a quedarme afuera y procedo a explicar por qué antes de continuar el relato:
Dos semanas antes de irme, tuve una pesadilla en la que en una parada de bus a la noche, habían tres personas malintencionadas. Yo iba desnuda y uno de ellos me quiso tocar. Tuve problemas para abrir y cerrar la puerta, la tranca no funcionaba bien y una vez que la abrí y logré entrar, ya no pude cerrarla bien. En eso escucho a lo lejos su idea de forzar la puerta y aprovecharse de mí. Al final, logré encerrarme en un baño y ahí desperté.
Hubiese pensado que eran paranoias mías, pero mi novio esa noche soñó que alguien intentaba forzar la puerta de mi casa y que él tenía que salir con un arma. Soy lo suficientemente supersticiosa como para tomar eso como una señal de alarma.
Continúo. La dueña del lugar, tuvo que darme todas las llaves de la casa para que accediera a quedarme ahí —ningún otro huésped tenía llaves de la puerta principal, una medida anti borrachos—. Yo ya estaba a nada de irme, pero me convenció la confianza que tuvo en mí.
La noche fue tranquila, dormí con música de meditación, todo bien, pero en la madrugada volvieron los demonios a hablarme de todas las cosas horribles que podrían pasar. No quería levantarme de la cama ese día, no quería salir a la calle y cuando bajé a desayunar en ese comedor oscuro y hostil —muy rico el desayuno, de todas formas— tuve un intenso ataque de pánico y no me quedó de otra más que tomarme un cuarto de alprazolam.
Cuando volví a subir a mi dormitorio, con baño privado, vista a la montaña y la marencoche, ya estaba decidida a que ni por asomo iba a aguantar trece días más en Perú. Renuncié con mucho dolor a la idea de ir a la Selva Amazónica, mi mayor sueño, de escribir un artículo y voluntariar allí, de recorrer el Lago Sandoval tomando fotografías de animales exóticos, de sentir el calor y la humedad del pulmón del mundo revitalizando mi piel. No me importó nada, estaba segura de que si no me iba, todo iba a ir de mal en peor, y me quedé con el consuelo de al menos ver Machu Picchu y la ceja de la Selva.
En vez de quedarme 18 días, cambié mi itinerario a siete días por el costo de 345 dólares y de perder el vuelo de vuelta a Uruguay y también el pasaje de Puerto Maldonado a Lima. Ninguna pérdida de dinero me pareció en vano, sino un mínimo costo a pagar comparado con mi salud y bienestar. Además, al acortar tanto mi viaje, todo ese gasto extra entraba dentro de mi presupuesto.
Así que saqué boletos para volverme en cuatro días, aunque de haber sabido lo que me iba a pasar, hubiese sacado el boleto para esa misma tarde.
Me relajé y subí a hacer un trekking, medité en la montaña, la pasé de maravilla sabiendo que pronto iba a terminar el viaje, pero honestamente, aún estaba bajo los efectos de la pastilla y esos efectos implican estar más distraída. La voy a hacer corta: perdí mi celular. Y ahí vino una ola de miedo y pánico que me paralizó.
Como toda buena viajera, había empacado el IPhone 6 de repuesto por si llegaba a pasar algo, pero no pensé que en serio iba a necesitarlo, ese teléfono no tiene WhatsApp ni nada útil, a no ser por el mail. Para ser justa, una muchacha del centro me ayudó, me prestó su celular para avisarle a mi madre que iba a estar incomunicada y me llevó al ciber donde pude usar una computadora y borrar casi todos los datos de mi celular y dejar una dirección por si alguien lo encontraba. Luego fui a la policía, también me prestaron un celular e intentaron ayudarme a localizar mi celular, pero no podía acceder a mi cuenta de Samsung.
Nunca me sentí tan sola y por primera vez en mi vida experimenté lo que es el miedo a la muerte. En mis estados de pánico rogaba a lo que fuera que me estuviera escuchando, que por favor me dejara salir de Perú y volver a mi casa, pero mi voz se perdió en la nada. Desde que llegué a ese país, sentí como las entidades protectoras, y no tan protectoras, que siempre andaban cerca mío se habían ido. Es extraño para mí, porque siempre siento como hay algo que está viéndome en la penumbra, para bien o para mal. Pero allí no había nadie. Quizás esa capacidad mía de sentir seres de otro plano se bloqueó por mi estado mental alterado. Nunca lo sabré.
Lo cierto es que estaba en otro país, mal emocional, física, espiritual y mentalmente, incomunicada, sola y con mucho miedo. En Lima, una extranjera puede obtener un chip por un par de días con datos de forma semi ilegal, pero en Ollantaytambo no tenía esa opción. Mi novio, a través de mail, me hizo llegar toda su consternación de por qué no intentaba comprarme un celular barato para al menos no estar a la deriva en mi viaje hacia Cusco, de donde saldría mi primer vuelo de regreso. Para cuando le hice caso, ya había perdido mis boletos a Machu Picchu. Otro golpe bajo.
Entré a una farmacia a retirar dinero en efectivo, porque una señora solo me iba a sacar un chip a su nombre si yo le compraba un celular con dinero en mano, me pareció tan sospechoso, que le pregunté a la gente de la farmacia si eso estaba bien. Justo había un guía turístico con su ayudante, me escucharon y accedieron a sacar un chip a su nombre para que yo lo pueda usar. Me dio tanto miedo que fuera ilegal, que tuve que ir a la policía a preguntar si no iba a tener ningún problema por usarlo y antes de tomarlo, le pedí los datos al buen hombre certificando su consentimiento.
Seguí los consejos de mi novio, quien me dijo que solo necesitaba un celular para apaciguar el pánico. Él tenía razón, a los diez minutos de comprarmelo llegué a un oasis mental.
Como una señal de que había hecho las cosas bien, enseguida un desfile de Qhapaq Qolla con sus tradicionales máscaras Waq'ollo iluminó la calle oscurecida por la noche. Esta danza era algo que me obsesionaba a los seis años, cuando veía el video de Gloria Estefan “Hoy” en HTV. El desfile terminó en el patio de una casa. Me dieron agua de Chicha caliente —Api—, una bebida típica andina a base de maíz. No me pidieron nada a cambio, lo cual fue reconfortante en un lugar donde ven al turista como un billete con patas —frase repetida por varios viajeros—.
Esa fue la despedida que se merecía Ollantaytambo, donde a pesar de que la persona que encontró mi celular no quiso devolverlo e intentaron sacarme tanto dinero como les fue posible, hubo personas muy humanas que me dieron cierta sensación de calidez en el frío de la montaña y la soledad, teniendo una mano en momentos de desesperación.
Sin celular, nerviosa, cansada, con el periodo en su máximo esplendor, la nariz sangrando después de una larga noche de soroche en Cusco y con mis auriculares rotos, pude tomar el último vuelo a mi país. Me fui con mucha experiencia en la mochila y la certeza de que soy una costeña sin ánimos de alejarse del Océano. Ni las alturas, la montaña, el frío ni Perú son para mí y en otra oportunidad escribiré todo lo que tiene que saber alguien que pretenda aventurarse a esas latitudes, pero para ser clara: Perú no es ni cerca lo que nos quieren vender a los turistas.















