Aquellos valientes barbudos que bajaron de la Sierra Maestra en 1959 llevan décadas dominados por el miedo a introducir los cambios que demanda a gritos un sistema que no funciona.

Las nuevas medidas de Trump contra Cuba, que incluyen un inhumano “bloqueo de combustible” al prohibir a Venezuela y México exportar petróleo a la isla, atentan contra el derecho internacional desde cualquier perspectiva. Trump se ha erigido en un emperador que puede intervenir en los asuntos internos de cualquier país cuando no se pliega a su voluntad. En Cuba, además de hacerle pagar cara su Revolución, busca dejar el camino libre para que el capital norteamericano se haga con propiedades, empresas y negocios. Y no vacila en infligir un severo sufrimiento a la población cubana cuando ésta ya sufre una situación de penurias insostenible derivada, en buena parte, del acoso al que EE.UU. ha sometido a la isla durante décadas.

Pero las tremendas dificultades que atraviesa la isla no se explican sólo por ese acoso. “De sabios es equivocarse y de necios persistir en el error”. Esta frase, que preside en grandes caracteres el aula magna de la Universidad de La Habana, llama poderosamente la atención cuando se piensa en que aquellos valientes barbudos que bajaron de la Sierra Maestra en 1959, revolucionarios que poniendo en riesgo sus vidas se enfrentaron y vencieron a la dictadura de Batista, se comportaron después como verdaderos cobardes negándose a introducir los cambios que pide a gritos un sistema que no funciona sólo por miedo a perder sus privilegios.

Cuba, o mejor dicho, la dirigencia cubana, tuvo tres grandes ocasiones para optar por políticas que habrían encaminado a la isla hacia un país más próspero. Tres “momentos estelares”, como los denominaba Stefan Zweig, que podrían haberse aprovechado para convertir la isla caribeña en un modelo exitoso de desarrollo y que fueron desdeñados.

  • El primero se dio con el triunfo de la Revolución. Librarse de la tutela norteamericana y construir un nuevo país en plena Guerra Fría entre EE.UU. y la URSS no era tarea sencilla y Fidel optó por lo más sensato: ante el acoso yanki y la mano tendida de la URSS, se juntó a la Patria del socialismo.

Pero, ¿podría haber elegido otra ruta? La respuesta no es fácil, pues el jefe revolucionario apostó desde el principio por el socialismo y desestimó otras vías. Seguramente acertó al adelantarse a lo que el gobierno de EE.UU. no tardaría en decidir: hacer la vida imposible a aquel pequeño país que pretendía independizarse de su influencia. La prueba: enseguida vendría la invasión de Playa Girón, organizada por la CIA.

Pero lo cierto es que el primer golpe lo asestó Fidel con la Ley de Reforma Agraria, la que afectó las propiedades de los latifundios estadounidenses en la isla. Y no sólo eso: el segundo golpe también provino de Castro cuando, en octubre de 1959, una nueva Ley de minas otorgó al Gobierno el derecho a cobrar impuestos a las empresas extractivas y a controlar la explotación de los minerales; una ley que también afectó a compañías estadounidenses. Fueron dos afrentas que el soberbio imperio no podía dejar pasar. Y llegó la respuesta: la reducción en 700 mil toneladas de la cuota de azúcar que Cuba tenía asignada en EE.UU. Un golpe demoledor, si no fuera porque la URSS se ofreció a quedarse con ellas.

Era muy probable que cualquier medida de Castro, por justa que fuese, fuera inaguantable para los yankis y ello hizo dar por buena su decisión: afianzar lazos con la URSS, país que ayudaría generosamente a la isla durante tres décadas.

  • El segundo momento de encrucijada se dio en 1989, cuando cayó el Muro de Berlín. El mundo cambió para siempre y el campo socialista se derrumbó. El PIB cubano se contrajo nada menos que en un 35% y la isla vivió lo que se denominó “Período especial en tiempo de paz”. Aquella crisis, dentro de su gravedad, ofrecía también la oportunidad de hacer cambios de calado en el sistema, de “reconvertir” el socialismo de tipo soviético y de cuestionar el poder político, económico e ideológico altamente centralizado en la cúpula cubana. De avanzar, en suma, hacia un sistema que dejara espacio y no encorsetara, hasta la asfixia, a la iniciativa privada, como el que ya experimentaban con éxito China y Vietnam. Un sistema que “liberará el desarrollo de las fuerzas productivas”, utilizando la terminología marxista. Pero Fidel se empecinó y afirmó que si la isla tenía que hundirse en el mar, se hundiría, eso sí, sin renunciar a sus principios.

Fidel, siempre a regañadientes, llegó a permitir en aquellos años el turismo, la inversión extranjera, con numerosas restricciones, y el trabajo por “cuenta propia”, también con muchas condiciones —por ejemplo, los “paladares” no podían ofrecer determinados platos ni superar un número máximo de mesas—; la empresa privada nacional siguió prohibida y se evitó de nuevo la liberalización de la economía. Hugo Chávez acudió entonces en ayuda del régimen cubano ofreciendo petróleo subsidiado y, ya “sin el agua al cuello”, las reformas en la isla quedaron prácticamente congeladas.

  • La tercera oportunidad surgió cuando Obama visitó Cuba en 2016 y suprimió no pocas de las restricciones que EE.UU. había levantado contra la isla a lo largo del tiempo, como la prohibición del turismo a los norteamericanos o el envío libre de remesas. Entonces se crearon nuevos “paladares”, emergieron nuevos hostales, se abrillantaron los Cadillac y los Chevrolet para transportar a los turistas, floreció la artesanía y el comercio y se dispararon las esperanzas.

Fidel, quien, aquejado de una enfermedad, ya había traspasado a su hermano la Jefatura del Estado, no tardó en reaccionar. A los pocos días de la visita, publicó un artículo en Granma: "No necesitamos que el imperio nos regale nada”, afirmó. También criticó las “palabras almibaradas" del presidente Obama y sus olvidos, como la invasión de Playa Girón o el “bloqueo despiadado que ha durado ya 60 años”. Raúl, ante aquella declaración de Fidel, el “Gran hermano”, no se atrevió a ir más lejos en la pretensión de acabar con las “prohibiciones absurdas”, como él mismo las había bautizado; entre ellas, las de vender la propia casa o viajar al extranjero. Así que la economía siguió centralizada, las pequeñas y medianas empresas prohibidas y la oportunidad de adaptar el sistema al nuevo entorno internacional quedó, una vez más, desaprovechada.

Asistimos ahora a la cuarta y última ocasión de reformar el régimen cubano, pues la economía de la isla ha tocado fondo. Pero ahora con tres grandes dificultades: la primera, el acoso redoblado de Trump; la segunda, una crisis económica profunda con apagones, escasez de bienes de primera necesidad, reducción de la producción, pobreza, suciedad, derrumbes de edificios, mendicidad, deterioro del sistema de salud y del educativo … Y la tercera, la ausencia de carisma y de credibilidad del liderazgo actual y el consiguiente hartazgo y desencanto de la población. Esta situación trágica, que se muestra bien en la emigración —se podría hablar de “huida”— de dos millones de cubanos en los últimos años, sobre todo jóvenes, lo cual compromete aún más el futuro de la isla.

Es cierto que en los últimos tiempos el actual gobierno de Diaz Canel autorizó el funcionamiento de las pequeñas y medianas empresas privadas pero, podría decirse, no como un sector económico aliado que ayudaría a la economía a salir del desastre —y que debería ser sujeto de apoyo técnico, económico o crediticio—, sino como un sector ajeno al sistema, indeseado y casi maldito al que habría que “soportar”.

Y es en este contexto en el que aparecen las nuevas amenazas de Trump acompañadas de la promesa de 100 millones de dólares en ayuda humanitaria si el régimen cambia. Trump ha visto su oportunidad, como la vio en Venezuela, porque una parte numerosa de la población cubana —como sucedía con la venezolana— está harta de su gobierno. En paralelo, ha abierto un diálogo con este y no resulta difícil adivinar qué se negocia: el futuro de los intereses económicos de la cúpula militar cubana, aglutinados en torno al conglomerado GAESA —un holding propietario de buena parte de las empresas estatales—, a cambio de garantías al capital norteamericano y al del lobby cubano-americano de quedarse con una buena tajada de la economía cubana.

La pregunta es: ¿qué deberían hacer las autoridades cubanas? Permítanme, para responder, que me remonte a comienzos de los 90, cuando tuve el privilegio de vivir en La Habana. Numerosos eran los y las economistas que ya entonces propugnaban los cambios liberalizadores que nunca llegaron. Treinta años más tarde, aquellas reformas liberalizadoras siguen siendo más necesarias que nunca, pero ahora, ya no son suficientes. El régimen cubano, en lo económico, en lo social y en lo político, está agotado. La dirigencia cubana, nucleada en torno a la cúpula del Partido Comunista, ha perdido toda legitimidad para permanecer en el poder. Son herederos de quienes cercenaron las libertades políticas para construir un modelo de desarrollo económico y justicia social que resultó un fracaso. La población no disfruta ahora ni de libertades, ni de bonanza económica ni de equidad social. Las protestas en las calles son y serán cada vez mayores y la necesidad de un relevo político es incuestionable.

Así que los dirigentes cubanos actuales tendrían que demostrar una valentía similar a la de los revolucionarios en 1959 y ser capaces de renunciar a sus privilegios, liberar a los presos políticos, sentar las bases de un cambio en el funcionamiento económico, preparar una transición ordenada a otro modelo y convocar elecciones. En paralelo, deberán negociar con EE.UU. una salida honorable, recabando, si fuera posible, el apoyo de países cercanos, como España, Brasil y México. Esas son sus tareas, pero no porque las ordene Trump, sino porque es lo mejor para el pueblo cubano.

Las dificultades serán muchas. La reciente decisión del fiscal general de EE.UU. de imputar a Raúl Castro por el derribo de dos avionetas de “Hermanos al Rescate” hace 30 años es un palo más de los que se introducirán, por una parte y por otra, entre las ruedas de ese necesario diálogo. Pero no hay alternativa. Mejor no pensar en que Cuba pueda acabar como Haití.

Queda desear que esa nueva Cuba encuentre un equilibrio entre el papel del mercado y el del Estado. Un Estado regulador, redistribuidor y garante de la provisión de bienes públicos, como la educación, la salud, los cuidados o la investigación. Sería muy triste que la isla oscilase desde el fracasado centralismo exacerbado que ha padecido en estas décadas, hacia un capitalismo salvaje como el que exhibe la potencia del Norte que tampoco resolverá las necesidades de la maltratada población. Ojalá que en esta cuarta ocasión, la población cubana se libre, de una vez por todas, del acoso norteamericano y de la voluntad de sus propios dirigentes de persistir en el error.