En pocos años ha cambiado radicalmente el eje de personalidades que dominan la agenda mundial, el líder chino Xi Jinping y el Presidente Donald Trump son hoy sin dudas los polos de la realidad mundial. Con o sin cumbres, o a pesar de los violentos movimientos comerciales, políticos y económicos de Trump.

Los líderes de la Unión Europea o de sus principales países miembros han pasado al nivel de un eco, sin ninguna importancia en sus posiciones o declaraciones. La crisis en el Medio Oriente es el último escalón de ese lastimoso descenso. Que no tiene ninguna contención, ni siquiera cultural.

Vladimir Putin está encerrado en su propia guerra con Ucrania, que está consumiendo su imagen mundial y ha demostrado de manera muy clara que el ejército ruso, no tiene ningún punto de comparación, a pesar de las armas más modernas con el ejército rojo, los soviéticos.

La lentitud del avance, el empantanamiento en el frente del Donbass, el nivel de las pérdidas comparadas con los soviéticos, lo acerca mucho más a Afganistán que a Kursk, en la Segunda Guerra Mundial, ciudad que incluso fue amenazada por una contraofensiva ucraniana. Todo eso no se explica solamente con la enorme ayuda europea, quemada en los campos de batalla por Zelensky.

El nuevo eje de Xi Jinping y Trump enfrenta a dos personas totalmente diferentes, pero que obligatoriamente debe ser analizada con cuidado y profundidad.

Por un lado el líder de un país que ha tenido en los últimos 40 años los más altos índices de crecimiento económico, político y militar. Las cifras son abrumadoras.

En la era de Deng Xiaoping (1978–2012) marca un salto impresionante.

En 1978, el PBI de China era de apenas $150 mil millones (equivalente al de países pequeños de la época). Para cuando Xi Jinping asumió en 2012, el PBI había saltado a unos $8.5 billones ($8.5 trillion).

Crecimiento promedio: Cerca del 10% anual durante tres décadas.

La Era de Xi Jinping (consolidación y madurez: 2012–2026)

Bajo Xi, China pasó de un crecimiento explosivo a uno más de mucho más valor tecnológico ("la nueva normalidad").

El PBI de China creció de los $8.5 billones (2012) hasta alcanzar estimaciones de $20.8 billones para este año 2026.

Estados Unidos, en el mismo periodo, pasó de un PBI de $2.3 billones en 1978 a unos $16.2 billones en 2012. Crecimiento promedio: Aproximadamente 3% anual.

A nivel militar las cosas no son diferentes.

Entendido, ajustamos el foco. El año 1978 es el verdadero punto de inflexión porque marca el inicio de la política de "Reforma y Apertura" de Deng Xiaoping. Es el momento en que China decide dejar de ser una economía cerrada para integrarse al mundo.

La comparación de la evolución del poder militar en este periodo específico (1978–2026), donde pasamos de la Guerra Fría a la actual competencia tecnológica.

En 1978 las Fuerzas Armadas chinas eran masivas pero tecnológicamente obsoletas, estancadas en tácticas de la era de Corea.

Tenía un ejército de tierra gigante (más de 4 millones de soldados), pero su equipo era mayormente copias de tecnología soviética de los años 50. Su fuerza aérea volaba aviones antiguos y su marina no podía alejarse de la costa.

Mientras que Estados Unidos, estaba en plena fase de modernización post-Vietnam. Introducía los "Big Five": el tanque Abrams, el helicóptero Apache, el misil Patriot, el Bradley y el Black Hawk. Era una fuerza profesional y altamente tecnológica.

Comparación de la transformación (1978 vs. 2026)

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La Frontera Actual es el Espacio y la IA, en 2026, la pelea ya no es solo por quién tiene más tanques, sino por quién domina el "cerebro" de la guerra:

Ha integrado la Inteligencia Artificial en sus sistemas de mando y es líder en misiles hipersónicos (difíciles de interceptar).

Estados Unidos: Mantiene la ventaja en experiencia de combate real y en una red de aliados (OTAN, AUKUS, Japón), algunos como la OTAN una alianza muy debilitada.

En 1978, EE. UU. podía operar con total impunidad frente a las costas chinas. En 2026, China ha construido un "muro de acero" tecnológico que hace que cualquier intervención militar de EE. UU. en el Pacífico sea extremadamente costosa y arriesgada. La brecha se ha cerrado más en estos 48 años que en cualquier otro periodo de la historia militar.

Es en la situación social donde es mayor el contraste. China ha producido la mayor revolución social de toda la historia de la humanidad.

Es una afirmación que muchos historiadores y economistas sostienen con datos en la mano. Lo que ha ocurrido en China entre 1978 y 2026 no tiene precedentes, no solo por la magnitud, sino por la velocidad.

Para dimensionar por qué se considera la mayor revolución social de la humanidad, hay que mirar los pilares que la sostienen:

Nunca antes tantas personas habían salido de la miseria en tan poco tiempo.

China sacó a más de 800 millones de personas de la pobreza extrema. Es como si toda la población de Europa hubiera pasado de no tener qué comer a tener casa, salud, educación y capacidad de consumo en apenas dos generaciones. Esto representa el 70% de la reducción de la pobreza global en ese periodo. Podríamos seguir con muchos ejemplos.

Pero el cambio en la agenda global no surge de estos datos solamente, sino de elementos políticos y de visiones estratégicas de ambos líderes.

Creo que Trump tiene claras señales de padecer problemas mentales, lo han afirmado destacados médicos norteamericanos, pero soy enemigo a reducir todo a esa triste realidad. Hay que analizar a fondo su desorden, pero también sus objetivos y sus resultados.

Nadie puede negar que Trump está pagando un precio muy alto, pero la batalla todavía está en pleno desarrollo y nunca hay que sacar conclusiones antes del final.

En su prioridad que era y es dominar las rutas de abastecimiento del petróleo por parte de EE.UU. La guerra contra Irán fue muy cara, pero es otro episodio –que es clave no analizarlos por separado– de su obsesión por el control del movimiento de los energéticos. Venezuela fue descaradamente lo mismo, ahora con el delirio de transformarla en la estrella 51 de los EE.UU. Groenlandia tiene el mismo sello y México y Canadá son grandes productores de crudo.

Canadá, es actualmente el 4.º mayor productor de petróleo del mundo. En enero de 2026, la producción alcanzó un promedio de 5.23 millones de barriles por día (mb/d). Gas Natural: es el 5.º mayor productor mundial. La producción comercializable alcanzó un récord de 18.8 mil millones de pies cúbicos por día (Bcf/d) a finales de 2025 y se mantiene en niveles similares en el primer trimestre de 2026.

México, ocupa aproximadamente el puesto 12.º a nivel global, la producción se ha estabilizado en torno a los 1.80 - 1.85 millones de barriles por día (mb/d) en lo que va de 2026. Aunque lejos de su pico histórico de 2004 (3.4 mb/d)- , ha logrado frenar la caída libre gracias a campos nuevos como Quesqui e Ixachi. En el gas natural la producción ronda los 4.3 mil millones de pies cúbicos por día (Bcf/d). Sin embargo, México consume mucho más de lo que produce. La presión sobre México es mucho más de carácter político, como sobre Cuba.

Este es el segundo capítulo de sus aparentes obsesiones, las presiones políticas.

Trump tiene una fría y premeditada estrategia hacia la OTAN, debilitarla al máximo y dejar de cubrir los costos de su defensa, como en la época de la guerra fría. Y dejarla que se desgaste en su relación con Rusia, mientras los EE.UU. se enriquece con la venta de combustibles con precios siderales.

La carrera contra el tiempo es si Trump logrará superar las elecciones de medio tiempo. Por ahora los Demócratas, realmente muy timoratos vienen obteniendo buenos resultados en las elecciones internas y en la relación de los votos entre los Republícanos y Demócratas y más importante aún si logra consolidar la revolución de los idiotas, es decir de esa franja de la población de los EE.UU. con un nivel cultural, cívico y político muy bajo y que han sido su base de apoyo. Este frente interno es el más débil.

Por su parte Xi Jinping no solo aplica con extremo cuidado la virtud de la paciencia, proveniente del taoísmo, el Wu Wei que es la base de la paciencia china. No significa no hacer nada, sino no forzar las cosas.

El agua es el elemento más paciente; no lucha contra la roca, simplemente fluye alrededor de ella o la desgasta con el tiempo mediante la persistencia, no la fuerza bruta. Y mientras tanto se refuerza económica, militarmente, tecnológica y científicamente. Y también en sus lazos internacionales.

También la visión histórica de la unidad nacional y del Partido en torno a grandes esfuerzos y objetivos.

La visión de China sobre el esfuerzo nacional y la unidad no es solo una política de gobierno, es una cosmovisión colectiva que fusiona el nacionalismo moderno con valores confucianos milenarios. En este 2026, esta mentalidad es lo que les permite movilizar recursos a una escala que el resto del mundo a menudo encuentra incomprensible.

El Concepto de "Gran Rejuvenecimiento de la Nación" que desde que Xi Jinping asumió el poder ha sido el eslogan central. No se trata solo de crecer económicamente, sino de devolver a China al lugar que consideran que le corresponde históricamente.

La superación total del "Siglo de la Humillación": Existe una memoria colectiva muy fuerte sobre las invasiones y la pobreza del pasado. Esto genera una unidad basada en el "nunca más", donde el esfuerzo individual se ve como un ladrillo en la construcción de la fortaleza nacional.

No solo acumula, sino que avanza con constancia y paciencia y sobre todo un plan estratégico que ya ha demostrado sus resultados y que además tiene la flexibilidad para adaptarse a los cambios necesarios o ser protagonistas de ellos. Por eso siempre hay que recordar también la historia reciente.

Trump impuso aranceles del 145 por ciento a China hace un año, la prensa china convocó a la población a leer el artículo de Mao Zedong (para mi generación sigue siendo Mao Tse Tung) que se publicó hace 90 años en el “Beijing Daily”. El texto es fundamental para comprender las respuestas de China a los ataques «caóticos» de Estados Unidos y por qué China logrará, en última instancia, una «victoria final» contra su rival geopolítico.

Era «Sobre la guerra prolongada» de Mao, un tratado de 1938 que exponía su estrategia para derrotar a las fuerzas japonesas que habían invadido China. En esencia, es una reflexión sobre cómo China puede remontar la desventaja en una contienda a vida o muerte contra un adversario más fuerte . Xi Jinping ha utilizado sin citas estridentes la visión estratégica, la disciplina y la paciencia promovidas por Mao, el cual ha surgido como un marco rector para la forma en que China aspira a enfrentarse a Estados Unidos. Ha señalado específicamente la descripción que hace Mao de una lucha dinámica y a largo plazo que se desarrolla en tres fases: una China más débil adopta inicialmente una defensa tenaz, seguida de un periodo de estancamiento entre fuerzas igualadas, para culminar finalmente en una contraofensiva china poderosa y victoriosa.

Los líderes chinos han dejado atrás la fase defensiva y han pasado a la Fase dos de la teoría de Mao.

China es mucho más fuerte de lo que era, tanto en manufactura como en tecnología, poder militar e influencia diplomática. A pesar de la desaceleración económica y las persistentes tensiones con Estados Unidos y sus aliados, se ha vuelto más resiliente frente a la presión de Washington.

Xi Jinping superó con creces al Sr. Trump en el enfrentamiento comercial del año pasado, respondiendo a los aranceles estadounidenses con controles a las exportaciones chinas de minerales críticos —necesarios para las tecnologías modernas—, lo que obligó a Trump a dar marcha atrás.

El mandatario chino ofreció una suntuosa bienvenida a. Trump en Pekín el jueves 14 de este mes; sin embargo, es casi seguro que el líder chino perciba la visita —y el estado actual de la relación en un sentido más amplio— no como un momento para la conciliación y la reconciliación duradera, sino como una tregua temporal en una prueba de voluntades de mayor duración.

El objetivo principal de Xi en este nuevo periodo de estancamiento estratégico es ganar tiempo para aumentar la fortaleza de China en relación con la de Estados Unidos, al tiempo que busca obtener concesiones de Trump, incluyendo la limitación de los aranceles y controles a las exportaciones estadounidenses, así como la suspensión de la venta de armas de Washington a Taiwán. Resulta improbable que se produzcan concesiones de gran envergadura durante la visita del Sr. Trump. No obstante, el presidente estadounidense llega con una posición debilitada. La costosa guerra con Irán —que obligó al Sr. Trump a posponer su viaje a Pekín durante varias semanas y ha mermado sus índices de aprobación de la población en el ámbito interno— lo llevará, sin duda, a querer presentar la visita como una victoria, lo cual otorga una ventaja estratégica a Xi Jinping, porque tiene el presidente estadounidense exactamente donde quería tenerlo.

La perdurable resonancia de «Sobre la guerra prolongada» en la China actual refleja la máxima de Mao de «hacer que el pasado sirva al presente». Referencias históricas e ideológicas de hace décadas siguen siendo fundamentales en la forma en que el Partido Comunista legitima sus objetivos políticos, económicos y estratégicos, y moviliza al país para alcanzarlos.

Xi Jinping parece ver la competencia con Estados Unidos a través del mismo prisma de lucha a largo plazo que Mao desarrolló para guiar la estrategia china hace casi un siglo. Él y otros altos funcionarios han invocado este ensayo como guía para responder a los desafíos económicos y estratégicos. Destacados académicos chinos, que actúan como portavoces de las posturas del partido, hacen referencia reiterada a este tratado al enmarcar la rivalidad con Estados Unidos; asimismo, las espectaculares conmemoraciones celebradas en Pekín el pasado septiembre para marcar el 80.º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial incluyeron abundantes alusiones al texto de Mao. Esto para ver que la relación con el pasado, con el propio Mao, no es algo tan simple en la China actual.

Trump, por el contrario, se centra en la imagen pública y en las victorias rápidas. Desea que China se comprometa a adquirir más productos estadounidenses y a cerrar nuevos acuerdos comerciales con empresas de EE. UU., y ha elogiado efusivamente el grandioso ceremonial que China preparó para él durante su última visita, en 2017. Sin embargo, parece —en el mejor de los casos— desinteresado en los temas que más importan para la seguridad de Estados Unidos y sus aliados, tales como la presión de China sobre Taiwán, sus agresivas reivindicaciones territoriales en el mar de la China Meridional y los ciberataques contra objetivos estadounidenses que Washington atribuye a actores radicados en China. Estados Unidos posee poderosas herramientas de presión que puede utilizar contra China —desde el acceso a semiconductores avanzados hasta el dominio global del dólar—, pero el Sr. Trump parece hoy mucho menos dispuesto a hacer uso de ellas.

La miopía de Trump favorece directamente los objetivos más ambiciosos del Xi Jinping. El líder chino cree que el orden internacional liderado por Estados Unidos está llegando a su fin y que el escenario que le sucederá está abierto a la disputa. Por primera vez, es posible que ahora vislumbre un camino para alcanzar metas clave, tales como desestabilizar las alianzas de Estados Unidos en Asia y debilitar tanto el apoyo estadounidense a Taiwán como la capacidad de Washington para frenar el ascenso de China mediante restricciones a la exportación de tecnología y sanciones económicas.

Tras haber dejado atrás la fase puramente defensiva para entrar en una situación de estancamiento, Xi Jinping trabaja ahora con constancia china a la espera del día en que su país sea lo suficientemente fuerte como para lanzar una contraofensiva que le permita alcanzar los objetivos mencionados anteriormente. En marzo, el gobierno aprobó un nuevo plan quinquenal para potenciar las ya considerables capacidades industriales, tecnológicas y militares de China.

China está estrechando lazos con Rusia y en toda el sudeste asiático, América Latina y el Sur Global; relaciones que pueden ayudar a Pekín a contrarrestar a Estados Unidos, al tiempo que aprovecha el distanciamiento de los aliados estadounidenses provocado por Trump. En los últimos meses, el Xi Jinping ha recibido en Pekín a los líderes de Canadá, el Reino Unido y Alemania, programando sus visitas antes de la llegada de Trump para subrayar el aislamiento de Estados Unidos. Asimismo, países de todo el mundo están recurriendo a China —dada su posición dominante en tecnología verde— para reforzar su seguridad energética en medio de las perturbaciones causadas por la guerra con Irán.

Por el contrario, la guerra que Trump ha elegido librar contra Irán está dilapidando fondos y material que se aprovecharían mejor si se destinaran a la competencia a largo plazo con China; además, su administración está socavando otras fuentes de la fortaleza estadounidense mediante acciones como el recorte drástico de la financiación pública para la ciencia y la tecnología.

China enfrenta importantes desafíos internos: una población envejecida, elevados niveles de endeudamiento de los hogares y un consumo interno débil. Sin embargo, sus líderes parecen creer que es Estados Unidos —y no China— quien es más débil de lo que aparenta. Tal como escribió en diciembre Chen Yixin, ministro de Seguridad del Estado de China: la democracia de Estados Unidos «está mutando, su economía se está deteriorando y su sociedad se está fracturando a un ritmo acelerado». A escala global —añadió— la «credibilidad» de Estados Unidos «está cayendo rápidamente en bancarrota, su hegemonía se está desmoronando y su mito se está derrumbando».

Es posible que los estadounidenses desestimen tal retórica, considerándola mera propaganda. No obstante, debemos afrontar la posibilidad de que muchos países coincidan en que China Xi Jinping y su país está ganando.