En los últimos años, la criminalidad transnacional ha tomado tal dimensión que se ha transformado en uno de los grandes problemas en el mundo y muy especialmente en la región latinoamericana. Se apreciaba como un problema localizado y de competencia de las fuerzas de orden de cada país, y que aumentaba o disminuía alternadamente. Nada extremadamente novedoso pues siempre ha existido, practicado por mafias y cárteles en muchos países, en ocasiones, sumamente peligrosos y bien organizados, pero casi siempre eliminados o por lo menos controlados para evitar su propagación. La literatura policial, series televisivas o películas sobre pandilleros se popularizaron y fueron seguidas con entusiasmo.
Al mismo tiempo se podía constatar que, en ciertos casos y regiones, se hacía más presente con creciente violencia. Tanto en Europa como en Centroamérica, poco a poco fueron adquiriendo más notoriedad, al extender su campo delictual fuera de las fronteras de cada Estado, hasta alcanzar una dimensión transnacional, vastamente extendida. Por lo tanto, se debió actuar a un nivel mucho mayor, y con la necesaria coordinación entre los gobiernos afectados y autoridades competentes.
El problema, igualmente, empezó a formar parte de las agendas internacionales, cada vez con más urgencia, hasta transformarse en otra de las motivaciones invocadas para intervenir, no sólo para la mejor coordinación policial entre los involucrados, sino para hacerlo de manera más eficaz.
El caso reciente de Venezuela y las operaciones de la flota y acciones norteamericanas frente a sus costas internacionales, y destrucción de embarcaciones calificadas como narco-traficantes, son la prueba de que se ha creado una nueva realidad militar, por su intensidad. Ha sido por ello que el combate a estos delitos, igualmente ha servido de medio para intervenir directamente en el gobierno venezolano, sustraer a Maduro, y aumentar el control sobre el régimen, directamente por Estados Unidos y ampliamente publicitado por el propio Trump.
Hace muy poco, el 7 de marzo en curso, estas nuevas acciones para combatir la actividad criminal de los cárteles, fueron el objeto de una reunión convocada por Trump, en Miami, donde se adoptó una Declaración suscrita por 12 presidentes en ejercicio: Argentina, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Honduras, Guyana, Panamá, Paraguay, Trinidad y Tobago y, el recién elegido presidente de Chile. Se le denominó “Iniciativa Escudo de las Américas”. Asimismo, el Secretario de Guerra norteamericano suscribió con unos veinte países de la región un acuerdo militar en apoyo a la iniciativa. La proclamación de Trump se basa en:
a. Los cárteles criminales y las organizaciones terroristas extranjeras en el hemisferio occidental deben ser demolidos en la mayor medida posible, de conformidad con la legislación aplicable.
b. Estados Unidos y sus aliados deberán coordinarse para privar a estas organizaciones de todo control territorial y de acceso al financiamiento o a los recursos necesarios para sus actos de violencia.
c. Estados Unidos entrenará y movilizará a los ejércitos de los países socios para lograr la fuerza de combate más efectiva necesaria para desmantelar los cárteles.
d. Estados Unidos y sus aliados deben mantener a raya las amenazas externas, incluidas las influencias extranjeras malignas procedentes de fuera del hemisferio occidental.
Leída con cuidado, la proclamación es bastante explícita para aquellas potencias foráneas al mundo occidental, por sobre el combate a los crímenes de los cárteles.
En su intervención Trump profundizó y juntó algunos temas. Por ejemplo, expresó que la acción diplomática anunciada combate “un crimen transnacional en sistemático ascenso, la profunda relación que une a los cárteles de la droga de América Latina con células encubiertas del grupo terrorista Hezbollah, que operan en la región por cuenta y orden de Teherán”. Aquí se une a la acción militar en Irán.
De manera enfática subrayó: “Durante décadas, los líderes de esta región han permitido que grandes extensiones de territorio en el hemisferio occidental caigan bajo control directo de las pandillas transnacionales que se apoderaron de áreas de sus países”. Y añadió: “No vamos a permitir que eso suceda”, “la única forma de derrotar a estos enemigos es desatando el poder de nuestros ejércitos”, “usaremos el nuestro y ustedes el suyo”.
Así se acordó en la reunión de Miami, y es bastante ambicioso, al mismo tiempo que estamos bien advertidos de sus alcances como de los compromisos acordados. Es decir, no estamos frente a una de las tantas coordinaciones policiales del pasado. Ahora la confrontación al crimen organizado, los cárteles y el terrorismo alcanzan una dimensión mucho más amplia, y con múltiples alcances para el campo internacional, no sólo el habitual político o diplomático, sino ahora con directa participación militar norteamericana y con la activa participación de los ejércitos de los países firmantes.
Si todo ello se materializa y se pone en acción, entraremos en una nueva era con dimensiones que van más allá de la lucha al narcotráfico, cárteles o terroristas conocidos, para proyectarse hacia campos de acción estratégica y de seguridad, mucho más explícitos, más amplios, y en directa relación con las áreas de interés de las grandes potencias no occidentales, que han quedado advertidas.















